La reciente interceptación de la Flotilla
Global Sumud por parte de Israel en aguas
internacionales no es un incidente aislado,
sino un síntoma de una arquitectura de
poder que sigue negando a Palestina el
derecho a existir con dignidad. Más de 500
activistas de 40 países, entre ellos
latinoamericanos, europeos y figuras como
Greta Thunberg, fueron detenidos mientras
transportaban ayuda humanitaria a Gaza.
El mensaje es claro: incluso la
solidaridad es criminalizada cuando desafía
el bloqueo.
Israel sostiene que la flotilla intentaba
“romper el bloqueo naval legal”. Pero ¿qué
legalidad puede justificar el hambre de
medio millón de personas, la destrucción
sistemática de infraestructura civil, y la
negación de auxilio humanitario? La
Convención de las Naciones Unidas sobre
el Derecho del Mar prohíbe este tipo de
abordajes en aguas internacionales, y el
Cuarto Convenio de Ginebra condena el
castigo colectivo. Lo que ocurrió fue un
secuestro, y lo que se perpetúa es una
ocupación.
En paralelo, el presidente Donald Trump ha
presentado un plan de paz que incluye una
“Junta de Reconstrucción” presidida por él
mismo y por figuras como Tony Blair. Este
último, ex primer ministro británico,
representa una tradición política que
históricamente ha favorecido los intereses
israelíes en detrimento de la
autodeterminación palestina. Desde el
Mandato Británico hasta su rol como
enviado del Cuarteto, Blair ha sido más
gestor de estabilidad para Tel Aviv que
mediador imparcial.
¿Puede alguien con ese historial dirigir la
reconstrucción de Gaza? ¿Puede la paz
ser administrada por quienes han
contribuido a su negación? La historia nos
enseña que los británicos no han sido
neutrales en Palestina. Y la narrativa que
se impone ahora —tecnocrática,
despolitizada, gerencial— busca reconstruir
sin reconocer, invertir sin reparar,
estabilizar sin liberar.
La paz no es una operación logística. No se
decreta desde Washington ni se gestiona
desde Londres. Requiere justicia, memoria
y soberanía. Requiere que la ayuda
humanitaria no sea interceptada como
amenaza, que los palestinos no sean
tratados como rehenes de la geopolítica, y
que la reconstrucción no sea una nueva
forma de tutela colonial.
Lo que está en juego no es solo Gaza. Es
el derecho de los pueblos a resistir el
olvido, a narrar su historia sin
intermediarios, y a reconstruir desde sus
propios escombros. La flotilla no llevaba
armas. Llevaba esperanza. Y eso, para
algunos, es lo más peligroso de todo.