En su discurso del 27 de febrero, el presidente presentó cifras que, en apariencia, marcan récords: inversión extranjera directa histórica, crecimiento sostenido y expansión de sectores estratégicos. El mensaje oficial busca proyectar estabilidad macroeconómica y confianza internacional.
Pero los números, por sí solos, no responden la pregunta esencial.
Si la inversión privada ha crecido como se afirma, ¿por qué el empleo privado formal no avanza al mismo ritmo según los datos del Banco Central? ¿Qué tipo de inversión está llegando al país que no logra traducirse proporcionalmente en más puestos de trabajo formales?
El debate no es si la economía crece. El debate es cómo crece.
Una economía puede expandirse con sectores altamente capitalizados, intensivos en tecnología o concentrados en pocas manos, sin que eso implique una expansión significativa de la base productiva nacional. Si la inversión no se integra a cadenas de valor locales, si no activa proveedores nacionales, si no impulsa manufactura con valor agregado ni fortalece a las PYMES formales, entonces el crecimiento se queda en los agregados macroeconómicos mientras el empleo formal avanza con lentitud.
Y cuando el empleo no acompaña la narrativa oficial, la brecha entre cifras y realidad cotidiana comienza a sentirse.
La gente no vive de récords históricos de inversión. Vive de salarios, estabilidad y oportunidades reales. El éxito económico no puede medirse únicamente en millones de dólares captados, sino en cuántas familias dominicanas mejoran su calidad de vida gracias a empleos formales y sostenibles.
Para Santo Domingo Oriental, esta discusión no es teórica: es estratégica.
Nuestro territorio no puede seguir dependiendo del supuesto “derrame” del crecimiento nacional. Necesita una agenda de desarrollo económico territorial propia, articulada alrededor de tres ejes concretos: formación técnica alineada con sectores dinámicos, integración efectiva de proveedores locales a grandes proyectos e incentivos reales para el emprendimiento y la formalización.
Si el empleo privado no se convierte en el eje del desarrollo, terminaremos dependiendo del presupuesto público como única válvula de compensación social. Y ese modelo no construye autonomía productiva ni futuro para nuestra juventud.
Porque al final, el desarrollo verdadero no se mide en anuncios, sino en oportunidades reales.
Y en medio de un discurso cargado de cifras macroeconómicas presentadas con creatividad y optimismo, queda una pregunta concreta que interpela el futuro tecnológico del país y, especialmente, de Santo Domingo Oriental:
¿Dónde quedó el ITLA en el discurso del presidente?
Si aspiramos a una economía basada en innovación, tecnología y mayor valor agregado, el fortalecimiento del Instituto Tecnológico de Las Américas no debería ser una nota marginal, sino una prioridad estratégica nacional.
Sin capital humano altamente capacitado, no hay transformación productiva posible.
Sin transformación productiva, no hay empleo formal sostenible.
Y sin empleo formal sostenible, no hay desarrollo real.
Ahí está la pregunta pendiente del 27 de febrero.