Se inaugura el Cementerio Municipal de Santo Domingo, con el primer entierro, el de Juana Flores, quien se convirtió así en la baronesa del cementerio. El mismo se estableció en una pequeña llanura llamada Ejido de la Sabana (la actual Ciudad Nueva), lugar de pastoreo y potrero localizado en las afueras de la ciudad amurallada, y donde se fusilaba a los delincuentes.