Hablan los hechos

El país que encontró Juan Bosch y los sueños que truncó el golpe de Estado de 1963

En 1963, la República Dominicana tenía una población aproximada de 3.5 millones de habitantes. Una gran parte vivía en condiciones de pobreza o pobreza extrema, especialmente en las zonas rurales, donde residía la mayoría de la población.

El país acababa de salir de una dictadura que asesinaba, torturaba, desaparecía personas y mantenía a la población sumida en la más profunda ignorancia. La tiranía había borrado del sistema nacional de educación las huellas de la escuela hostosiana, concebida como uno de los cimientos de la sociedad del futuro.

Las calles de la mayoría de los pequeños poblados eran de tierra y, en el mejor de los casos, estaban cubiertas de caliche extraído de nuestro preciado Carso. Muchas viviendas rurales eran bohíos con techos y paredes de yagua. Las familias con una posición económica un poco mejor utilizaban cana para los techos y tablas de palma real para las paredes. Los sectores medios, por su parte, empleaban zinc.

Las escuelas rurales llegaban apenas hasta tercero o cuarto curso de primaria, mientras que los liceos se encontraban únicamente en las principales ciudades.

El servicio de agua potable en los hogares era casi inexistente. Lo habitual era buscar el agua en los ríos, en los ojos de agua o en las casimbas cercanas a las viviendas. Se transportaba en calabazos hechos de higüero, latas o bidones. También se utilizaban pequeños recipientes de higüerito para beberla. Incluso las casas con techo de zinc solían tener tanques de cemento para almacenar el agua de lluvia.

Para cocinar se utilizaban hornallas hechas de barro, piedra o ladrillos. Las familias más pobres colocaban tres piedras en el suelo y, sobre ellas, preparaban el fogón.

La electricidad era escasa o inexistente en el campo. Las lámparas de queroseno, las “jumiadoras” y las velas eran las principales fuentes de iluminación.

Muchos adultos andaban descalzos. Los zapatos se reservaban para asistir a misa en el pueblo o participar en algún encuentro importante. Era común que las personas caminaran con el calzado en las manos y se lo pusieran cuando llegaban al pueblo o cuando iban a encontrarse con alguien considerado importante.

Por esa razón, mucha gente tenía los pies llenos de niguas. También era frecuente ver personas con las uñas deformadas o destruidas.

Los niños, con pocas excepciones, tenían piojos. Era común ver a los hermanos mayores, a la madre o a la abuela despiojándolos.

Este fue el país que encontró Juan Bosch. Ante esa realidad, juró realizar las transformaciones necesarias para que la gente viviera en libertad y pudiera satisfacer sus necesidades básicas.

El pueblo quería eso. Necesitaba recuperar la dignidad que le había sido negada durante siglos por quienes gobernaron tiránicamente la República Dominicana.

Aquellas esperanzas de libertad, justicia social y progreso comenzaron a encontrar respuesta en el gobierno constitucional de Juan Bosch, que impulsó reformas económicas y sociales y promovió una nueva Constitución, en abril de 1963, que reconocía derechos fundamentales de la población.

Sin embargo, el 25 de septiembre de ese mismo año, cuando apenas habían transcurrido siete meses desde su juramentación, un golpe de Estado militar derrocó al gobierno elegido por el pueblo e interrumpió aquel proceso de transformaciones

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Con el derrocamiento de Bosch se frustró la oportunidad de dar continuidad a un proyecto que aspiraba a transformar las condiciones de vida de millones de dominicanos. La Constitución de 1963 fue anulada y el Congreso disuelto.

Los campesinos que esperaban tener acceso a la tierra, los trabajadores que aspiraban a mejores condiciones laborales y las familias que soñaban con educación, salud y una vivienda digna vieron interrumpido un proceso político que pretendía atender sus necesidades históricas.

El golpe de Estado no hizo desaparecer la pobreza, el atraso ni las profundas desigualdades que Bosch había encontrado al asumir la Presidencia. Por el contrario, dejó pendientes muchas de las transformaciones que el país necesitaba y abrió una nueva etapa de inestabilidad política, que desembocaría en la Revolución de Abril de 1965.

Los sueños de progreso de aquella generación quedaron truncados, pero la aspiración de construir una República Dominicana más justa, democrática y próspera sobrevivió al derrocamiento de su gobierno.

Juan Bosch representó aquella utopía y continúa siendo la utopía de quienes creen que un mundo mejor es posible.

Quien quiera conocer de primera mano la realidad que vivía nuestro país debe leer al propio Juan Bosch. Esta invitación está dirigida, sobre todo, a la juventud que delira con alcanzar el poder como una manera de resolver su propia vida, sin detenerse a pensar en las necesidades de los demás.

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