Por: Carlos Rodríguez | La realidad que enfrentamos en la República Dominicana es una bomba de tiempo que no podemos seguir ignorando. Según la Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples (Enhogar), más del 66% de nuestra gente considera que la delincuencia es el principal problema del país. La situación es tan grave que muchos prefieren quedarse en casa, evitar salir de noche y abstenerse de las actividades que antes disfrutaban, todo por miedo a que un atraco o un acto violento les arranque la vida o la tranquilidad. Pero lo más lamentable de todo esto es que, a pesar de ser víctimas frecuentes, más del 66% no denuncia nada a las autoridades, alimentando así un ciclo de impunidad y complicidad que solo favorece a los delincuentes. Como bien dijo el profesor Juan Bosch en su obra “La política y la nación”: “La justicia sin autoridad no es justicia, y la autoridad sin justicia no es autoridad”. La justicia en nuestra tierra está ciega, sorda y muda ante el clamor de un pueblo que clama por seguridad y respeto.
El problema no es solo la delincuencia, sino también la manera en que las instituciones del Estado han fallado en su tarea de proteger a la ciudadanía. La percepción de que la policía está comprometida o es incapaz de actuar, sumada a la desconfianza que genera el sistema judicial, crea un caldo de cultivo donde la delincuencia florece sin control. La violencia, en sus múltiples formas, se ha convertido en una constante, y los victimarios se sienten respaldados por un sistema que los deja libres para seguir haciendo de las suyas. Como dijo Bosch, “la sociedad enferma produce delincuentes”, y esa enfermedad social se alimenta de desigualdad, corrupción y falta de oportunidades. La obra “El oro y la paz” nos recuerda que “el país que no lucha por su justicia, termina siendo víctima de su propia injusticia”.
El descontrol en los barrios, las calles y las oficinas públicas es un reflejo de un sistema que ha permitido que la delincuencia crezca sin freno. La corrupción, la impunidad y la indiferencia de quienes están en el poder han convertido a la seguridad en un privilegio de unos pocos, mientras la mayoría vive con un miedo constante. Es hora de que los que tienen el poder despierten y entiendan que no basta con discursos, sino con acciones concretas. La historia de nuestro país, como bien señala Bosch en “Cuentos escritos con el agua del río”, nos enseña que “la verdadera fuerza de un pueblo radica en su organización y en su capacidad de exigir justicia”. La República Dominicana necesita una reforma profunda, que pase por fortalecer nuestras instituciones, acabar con la impunidad y devolverle la dignidad a un pueblo que ya no aguanta más tanta injusticia. Porque si seguimos así, no solo estaremos condenando a nuestras futuras generaciones a vivir en la violencia, sino que también estaremos firmando nuestra propia acta de defunción como nación.