Por: Luis García | El gobierno del Partido Revolucionario Moderno (PRM) mantiene una profusa campaña de connotación propagandística, en los medios de comunicación y las plataformas digitales, gracias a los fondos del erario, en la que narra elementos de las incipientes vidas de un niño y una niña, Salvador y Esperanza; dirigida a la construcción de una percepción favorable en el sentido de que a partir de agosto de 2020 surgió la República Dominicana del bienestar que soñaron los fundadores de la Patria.
Desde el punto de vista técnico, la campaña luce bien realizada y representa un buen prototipo de progresos para la minoría de dominicanos que ha dado el salto económico y de movilidad social, no así en lo referente a la inmensa mayoría que se encuentra en una situación de desesperanza y sin perspectivas de mejoría a corto y mediano plazo. Hay que reconocer que, incluso, el guiño de los ojos de Salvador y Esperanza luce bonito.
Esa minoría no piensa en el deterioro de los servicios públicos, especialmente de la salud, la educación y de la energía eléctrica, porque dispone de los recursos para financiarlos, de mayor calidad, por otras vías. Tampoco piensa el peso del servicio de la deuda pública, que solo en intereses se deben erogar cerca de RD$1,000 millones cada que día que el sol alumbra la isla. En cambio, muchos de la mayoría de que hablamos, ni siquiera quisieran que amaneciera para no tener que afrontar las dificultades cotidianas.
En contraste a la campaña de Salvador y Esperanza, existen otras historias, duras, que a la actual administración no le interesa contar; por el contrario, prefiere ocultarlas, como la de Cristhofer Carlos Belliard, alias “Cri Cri”, de apenas 18 años, muerto por la Policía en Villa Vásquez. Luego se conocería un video que contradice la versión de las autoridades y en el que se evidencia la rendición del jovencito. Los primeros nacieron con el bienestar que propala el gobierno del cambio, pero al segundo, con solo 12 años en agosto de 2020, lo mató la falta de oportunidades.
Un buen gobierno no está en las narrativas, sino en ejecuciones que conlleven bienestar. El difícil arte de gobernar a una nación requiere de las autoridades gobernantes un ejercicio basado en capacidad y ética para la implementación de políticas públicas que proporcionen bienestar colectivo a sus habitantes.
El instinto, la improvisación y la conducción estatal en función de por dónde se dirigen las olas de las redes sociales y los medios de comunicación en el día a día no son opciones adecuadas para garantizar mejoras en las condiciones materiales de vida de la población. El buen gobierno se planifica con eficiencia y eficacia; el azar no produce dividendos, mucho menos la saturación con narrativas de una bonanza que colide con la realidad.
Hay que contar con técnicos cualificados que diseñen y ejecuten iniciativas que proyecten futuros promisorios, que sean capaces de afrontar exitosamente las crisis, al margen de que sean exógenas o endógenas. Además, de los conocimientos, destrezas y habilidades de los gobernantes de esta época, otro elemento indispensable, que lo constituye el aspecto ético.
La sociedad dominicana forma parte del mundo hiperconectado. Una enorme cantidad de ciudadanos tiene a su alcance plataformas digitales en las que expresa libremente sus ideas. A los ciudadanos se les podrá mentir un buen tiempo, pero no para toda la vida.
La gente puede discernir con claridad el contraste entre las vidas de Salvador y Esperanza y la de “Cri Cri”. Esperemos a mayo del año 2028.