La política dominicana atraviesa momentos que invitan a la
reflexión sobre la calidad del debate público, los límites de la
confrontación y, sobre todo, la responsabilidad ética de quienes
participan en la competencia por alcanzar posiciones de liderazgo.
En una sociedad cada vez más expuesta a la influencia de las
redes sociales y al poder de las nuevas tecnologías, resulta
indispensable preservar el respeto a la verdad como uno de los pilares
fundamentales de la convivencia democrática.
Sin embargo, comienzan a observarse prácticas que merecen una
profunda preocupación. El uso de herramientas digitales y de
inteligencia artificial para distorsionar mensajes, alterar discursos y
construir versiones ficticias de declaraciones públicas constituye una
amenaza para la credibilidad del debate político.
En ese contexto, lo ocurrido con Gonzalo Castillo debe llamar
nuestra atención. La edición malintencionada de un discurso suyo,
alterando su contenido para poner en su boca expresiones que
realmente no pronunció, representa un ejemplo de hasta dónde puede
llegar la manipulación cuando se pierde de vista la responsabilidad y la
ética en la actividad política.
Editar deliberadamente un video para atribuirle a un precandidato
palabras que nunca pronunció, con el propósito de ridiculizarlo,
desacreditarlo y deteriorar su imagen pública, merece el más enérgico
cuestionamiento.
La desesperación de quienes adversan a Gonzalo Castillo no puede
llevarlos a semejantes extremos. Ninguna rivalidad política, ninguna
diferencia de criterio, ni ningún interés particular justifican semejante
comportamiento.
En política se puede discrepar, cuestionar, criticar y confrontar con
firmeza, pero hay una línea que nunca debe cruzarse: la línea de la
decencia, la responsabilidad y el respeto a la verdad. La política debe
sustentarse en valores, principios, propuestas y un alto sentido de
responsabilidad ética.
La inteligencia artificial debe ser una herramienta al servicio del
desarrollo, la innovación y el fortalecimiento de la sociedad, no un
instrumento para desinformar, confundir y desacreditar a quienes
participan legítimamente en la actividad política.
Y hay algo todavía más delicado: estamos entrando en una época
en la que cualquier ciudadano puede ser víctima de un video
manipulado, una declaración fabricada o una imagen alterada mediante
inteligencia artificial.
Si no establecemos límites éticos desde ahora, mañana será
mucho más difícil distinguir entre la verdad y la mentira. La tecnología
puede transformar nuestras sociedades, pero jamás debería utilizarse
para pervertir la verdad y destruir la reputación de las personas.
Si alguien tiene cuestionamientos sobre la trayectoria y
propuestas de Gonzalo, que los plantee. Ese es el terreno legítimo de la
política. Pero fabricar un video, alterar un discurso y atribuirle palabras
que nunca pronunció es cruzar una frontera ética que no debería
traspasarse.
La grandeza de un proyecto político no se demuestra destruyendo
al adversario, sino exponiendo ideas, propuestas, defendiendo
convicciones y ganándose la confianza de la gente.
Cuando se sacrifica la verdad por intereses particulares, pierde la
política, pierde la democracia y pierde la sociedad dominicana.
La República Dominicana merece una política de mayor altura. Una
política donde se gane con argumentos, no con mentiras; donde se
compita con propuestas, no con manipulaciones; donde se respete al
adversario, aunque se discrepe profundamente de sus posiciones.
Porque cuando la mentira se convierte en estrategia política, no
solamente se intenta destruir la imagen de un precandidato, se afecta la
confianza en la democracia misma.
¡La desesperación no puede justificar la mentira, ni la ambición
política puede estar por encima de la decencia!
¡La política debe tener límites, y el primero de ellos es el respeto a
la verdad!