Opinión

El profesor en la vorágine de una paradoja

El profesor se encuentra inmerso en un gran remolino, cuyo origen moderno se registra en la década de los años ochenta. Esa fue la época del surgimiento de una gran fuerza, con intensidad de huracán y que se ha ido fortaleciendo en los últimos 30 años, colocando al profesor en una situación calamitosa ante la opinión pública. No es un asunto fortuito, se trata de la existencia de una peligrosa corriente de pensamiento anárquico, que se ha montado sobre el resabio de la gente contra los gobiernos en sentido general, en una especie de aprovechamiento de una oportunidad para dañar a la escuela pública.

Lo que se ve es una aparente rebeldía de la familia frente al papel de la escuela y que ha estado dañando la imagen del profesor durante las últimas décadas. Es así que ha venido a suceder -que con el tiempo- aquel personaje respetado de antaño, cuando los padres creían en la escuela y el alumno veía al profesor como su segundo padre y a la escuela como su segundo hogar, ha ido desapareciendo en forma paulatina, para dar paso a una relación crispada entre padres de alumnos y profesores.

Esa turbulencia intensa tiene atrapada a la sociedad en una vorágine naufragante que aletarga y enajena empatías, propósitos y cohesión entre la escuela y la familia.

Es lamentable, pero el profesor -como paradigma social- se ha ido alejando de la familia y de la relación interpersonal con los padres de sus alumnos. Esa falta de relación se transformó en falta de comunicación efectiva, la que se fue acrecentando conforme pasaba el tiempo, la que se ha mantenido inalterable frente a la apatía del Ministerio y por lo tanto nos ha conducido hasta la presente crisis relacional, que perjudica no solo en lo que respecta a la calidad de los aprendizajes, sino a la formación ciudadana de los alumnos.
Es una crisis silente que se ha convertido en perenne y que viene fortaleciéndose desde hace décadas ante nuestros ojos y nuestra inercia. Desde su génesis la hemos estado obviando como variable perturbadora de la calidad y de la buena ciudadanía, porque afecta no solo de los resultados en matemática y otras ciencias, se traslada a la conducta de los alumnos y a una hecatombe en cuanto a los modales y las buenas costumbres.

¿Por qué aseguramos esto últimos? Lo hacemos porque sabemos la importancia que tiene el binomio familia-escuela en la formación de los niños, adolescentes y jóvenes. La familia forma en buenas costumbres y en la escuela esas acciones se cristalizan sobre los valores éticos, las normas de referentes cívicos, la cortesía como rasgo de elegancia y la necesaria decencia cotidiana -las que se erigen desde los entes sociales en desarrollo- en un proceso complejo de relaciones padre-profesor, escuela-familia, en donde el profesor debe ser concebido como un actor importante en la construcción de ciudadanía, urbanidad y humanismo.

Para que ese ciclo formativo funcione a cabalidad, es necesaria una relación de respeto mutuo entre la escuela como conglomerado educativo y la familia como núcleo social por excelencia. Estamos padeciendo un proceso en donde perdemos todos y eso solo tiene remedio en un espacio de dialogo inteligente, porque la sociedad necesita la construcción de una nueva ciudadanía, con capacidad cognitiva y cívica para hablar bajo, pedir permiso, excusarse, pararse en el Semáforo en luz roja, entre otras decenas de cualidades que adornan a un ciudadano decente. ¡¡Ya con esa actitud iríamos cambiando de marca ciudadana!!

El profesor que yo disfruté en la escuela y en el liceo se desvaneció en sus particularidades. Es una lástima, porque se ha convertido en víctima de una sociedad aberrante. La sociedad ha ido perdiendo su norte ético y en ese camino ha sido abandonada por el pensamiento lógico del profesor crítico, reflexivo y coherente del que aprendí tanto en mis etapas de desarrollo como niño, adolecente y joven con inquietudes repletas de curiosidades.

El profesor se ha dejado colocar en un estercolero social. La sociedad agrede con todas sus fuerzas al profesor y lo hace no solo en la escuela y en presencia de los alumnos -lo hace por los medios de comunicación- cuyo poder sobre la población es descomunal, en cuanto a la construcción de percepción. Esta situación ha ido colocando al magisterio del profesor de escuela, en una especie de mezcla de sentimientos muy intensos, los que se han venido manifestando en forma desenfrenada en su contra. Han venido desdibujando al profesor, como poseído por el demonio de la insensibilidad social, que ha venido alejándole de su pasión por la justicia y el espíritu solidario. Ha venido vendiendo la idea, de que el profesor ya no está interesado en el bienestar de sus alumnos, aquellos hijos e hijas de los chiriperos y obreros que no saben nada de lo que es importante para su porvenir, si no aparece un maestro que los concientice.

Lo que estamos describiendo son hechos que parecen contrarios a la lógica, pero creo que no estamos lejos de la verdad, sobre lo nos preocupa y que planteamos en este artículo en forma responsable.

El MINERD quiere mejores egresados a través de los niveles y ciclos educativos que ofrece, pero maltrata al profesor por todas las vías posibles, minimizando sus competencias, negándole las destrezas y las habilidades con que se enfrasca a situaciones de trabajo muy complejas en el dinamismo de sus funciones. Al profesor no se le reconoce nada, pero quieren que la escuela cambie. Esto parece contrario a la lógica.

¿Cómo se puede perseguir cambio de actitud en el profesor si le agredimos al desnudar sus supuestas incompetencias? Estamos buscando calidad escolar en forma extraña. Es una paradoja.

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