Hablan los hechos

Afganistan: Un agujero negro geopolítico (1 de 2)

En términos astrofísicos los agujeros negros son conocidos como abismos estelares, formados a partir del vacío generado por la implosión de enormes estrellas, en cuyo interior alberga una fuerza gravitatoria de tal magnitud que nada puede escapar a su peligrosa atracción. Su capacidad de absorber todo a su paso, incluyendo la luz, los ha convertido en uno de los fenómenos estelares más temidos de los últimos tiempos.

Lo curioso es que en el ámbito geopolítico también hemos tenido nuestros propios agujeros negros, comenzando por la guerra de Vietnam, que durante su desarrollo (1955-1975) se saldó más de 4 millones de víctimas mortales y se convirtió en el lado más oscuro de la política exterior estadounidense durante las administraciones de John F. Kennedy, Lyndon B.Johnson y Richard Nixon. Este conflicto sería junto a la Guerra de las Coreas, la Crisis de los misiles en Cuba, y la Guerra de Afganistán (1979-1989) la mayor expresión de la Guerra Fría escenificada durante la segunda mitad del siglo XX.

Sin embargo, a pesar de haber transcurrido varias décadas, al día de hoy todavía es posible palpar las consecuencias de aquellos violentos episodios, algunos de los cuales se mantienen vigentes luego de haber mutado a una nueva clase de conflicto, conocido como la guerra contra el terrorismo. Ese es el caso de Afganistán, que desde el 2001 está envuelta en la que es considerada la “guerra más larga de este siglo”, que tras 18 años no proyecta un final prometedor a la vista.

El origen del escenario actual puede rastrearse hasta la ocupación soviética a finales de los 70´s, en cuyo proceso Moscú trató de implantar un gobierno favorable a sus intereses en Afganistán, lo que representaba una amenaza geopolítica para Estados Unidos. Esto así, pues además de comprender una clara expansión de la influencia de la URSS, también dejaba cada vez más precaria la posición estadounidense en la zona, que veía con preocupación cómo la popularidad de su auspiciado gobierno del vecino Irán perdía apoyo popular.

Como reacción inmediata, las autoridades en Washington, en colaboración con Reino Unido y la monarquía saudí, promovieron la formación de combatientes islámicos que adversaran al ejército ruso. Estos combatientes, muchos de los cuales fueron preparados militar e ideológicamente en Pakistán, fueron llamados públicamente “guerreros de la libertad” o “Muyahidines”.

A pesar de que estos no lograron ganar la batalla en el terreno, dada la superioridad soviética en preparación y equipamiento, lo cierto es que al igual que la guerra de Vietnam, el conflicto en Afganistán resultó ser política y económicamente insostenible para la Unión Soviética. De hecho, la retirada del ejército ruso en 1989 fue uno de los últimos golpes (junto a la caída del Muro de Berlín) que daría al traste con la disolución de la URSS.

A partir de aquel momento, en Afganistán comenzó a gestarse dos enfoques contrarios de islamización y antiimperialismo, siendo el Talibán el reconocido durante los años 90´s. Esta agrupación surgida de veteranos de la guerra de Afganistán, se hicieron con el poder para el 1996 de la mano de una estricta interpretación del Corán, en un proceso durante el cual recibieron el apoyo de la inteligencia pakistaní.

La otra vertiente del antiimperialismo lo encarnaría Al Qaeda, cuyos integrantes en su mayoría provenían de Arabia Saudí en Medio Oriente, quienes de la mano de su máximo líder, Osama Bin Laden, fueron señalados como los responsables del ataque del 11 de septiembre del 2001 contra Estados Unidos. Los Talibanes, quienes para ese momento llevaban cinco años gobernando sin mayor oposición, vieron amenazada su existencia cuando se negaron a entregar a Bin Laden y las células de Al Qaeda que se escondían en su territorio.

Sucede que a pesar de que el Talibán se define como una agrupación con ambición local, sin aspiraciones de expandir su dominio más allá de las fronteras de Afganistán, lo cierto es que el hecho de que Estados Unidos representara una seria amenaza imperialista, les llevó a hacer causa común con Al Qaeda, que promovía el terrorismo internacional. No obstante, como era de esperar, tal actitud negativa hacia los designios de Washington, llevó al gobierno de George W. Bush a ordenar la invasión a Afganistán.

A pesar de que la invasión presentó problemas logísticos inicialmente, lo cierto es que aquella guerra significó una aplastante derrota tanto para Al Qaeda, como para los Talibanes. O al menos así se pensó. Y es que dada la debilidad que acompañó durante los años subsiguientes al gobierno afgano, la agrupación comenzó a implementar la guerra de guerrillas que le reportaría beneficios con los años.

Este nuevo resurgir coincidiría con el nacimiento en Irak y Siria de una nueva agrupación yihadista, autodenominada el Estado Islámico, que desviaría toda la atención internacional hacia Medio Oriente, toda vez que la misma prometía instaurar un califato que desafiaba la supremacía e intereses estadounidenses en la región.

De hecho, fue para finales del 2014, año en que el Estado Islámico irrumpió en la guerra civil en Siria, cuando justamente la coalición internacional anunció su retiro de las tropas terrestres de Afganistán, dejando esta tarea a un cuestionado ejército afgano. Atendiendo a las posibles consecuencias de un vacío de poder, el entonces presidente Barack Obama accedió a dejar una tropa de 9,800, en calidad de asesores, un número muy ínfimo en comparación con los 129,000 soldados que la coalición internacional tenía sobre el terreno para el 2012.

La idea de la administración Obama, era dejar la lucha contra los Talibanes en manos del ejército afgano, y crear las condiciones para un retiro definitivo con el cambio de mando a finales del 2016, pero los hechos resultaron totalmente contraproducentes. En efecto, desde aquel momento, las zonas bajo el control de ésta agrupación han incrementado notablemente, llegando a tener presencia en casi un 70% del territorio afgano para finales del 2017.

En términos llanos, las cifras demuestran que actualmente los Talibanes han recuperado casi la totalidad de los territorios arrebatados tras la invasión estadounidense, al tiempo que sus filas han registrado una notable recuperación. Específicamente, la agrupación pasó de tener 15,000 miembros en el 2006, a unos 60,000 al día de hoy.

Lo anterior pasó a ser un dolor de cabeza heredado por la presidencia de Donald Trump, a quien ha correspondido continuar la búsqueda de una salida estratégica a este agujero negro, que seguiremos analizando en la siguiente entrega.

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