Soy de los millones de dominicanos y dominicanas quienes el viernes (9 agosto) hicimos una pausa en las responsabilidades diarias para colocarnos frente a la pantalla del televisor para disfrutar de la exhibición de la gacela, Marileidy Paulino.
Mucho menos de un minuto, solo 48.15 segundos, suficientes para unificar a República Dominicana ante una joven atleta de origen humilde.
Al cruzar la meta el cronómetro marcaba el tiempo señalado, que motivó una emoción tal en República Dominicana y en Latinoamérica también al escuchar los narradores de la competencia.
Orgulloso, el país celebró el triunfo de Marileidy en la carrera y por imponer un nuevo récord olímpico.
Batió el récord olímpico y se convirtió en la primera mujer dominicana en hacerse con un oro en la difícil competencia mundial.
La velocista literalmente paralizó el país y concentró todas las miradas hacia la competencia y al finalizar la celebración, sobre todo en Don Gregorio, en el municipio de Nizao, provincia Peravia, su lugar nativo, que fue el centro de atención mundial.
Al escucharse el disparo de salida era como si República Dominicana estuviera junto a la atleta en París.
Similar a Don Gregorio, los barrios de la capital y otras ciudades celebraron; los jóvenes desafiaron el calor de inicio de la tarde exhibiendo banderas, fotografías de Marileidy, caravanas de motores y declaraciones de funcionarios públicos, políticos y deportistas.
Rápidamente se hizo el cálculo en metálico de lo que percibirá estipulando las promesas del Gobierno, la de un Senador de la República y de empresas del sector privado.
Ante esos comentarios la atleta consiguió una nueva medalla por su desprendimiento y humildad.
“Soy de las personas que no vienen a competir por dinero sino porque me gusta el atletismo”, comentó Paulino. “Lo hago para que los jóvenes salgan adelante. Es una puerta que se abre para los dominicanos y me hace feliz ver que muchas niñas se refugian en el deporte”.
La rápida reacción del gobierno, las celebraciones anunciadas por las autoridades, contrastan con el desastroso estado de las instalaciones deportivas del país.
Quien así lo dude que se dé una vuelta por el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte y visite la pista de entrenamiento de los atletas, en total abandono y destrucción y un entorno lleno de basura, con una desatención absoluta, sin instalaciones sanitarias y servicios de agua, justo en el lugar donde se entrenaba a la elogiada atleta.