Hablan los hechos

Clima, factor geopolítico y su impacto económico

Por Roberto F. Campos

El clima constituye hoy un factor geopolítico con fuerte impacto económico, ejemplo de lo cual se refleja en 2026 en criterio sustentado por los especialistas.
El verano de 2026 quedará registrado como un punto de inflexión en la relación entre el clima y la economía global.

Lo que antes era una amenaza futurista se convirtió en una realidad tangible y cuantificable que está redefiniendo las reglas del comercio, la producción y las finanzas internacionales.

Los eventos climáticos extremos, que los científicos atribuyen al calentamiento global, pasaron de ser una preocupación medioambiental a un shock macroeconómico de primer orden.

Se trata de pérdidas que se cuentan en cientos de miles de millones de dólares y un impacto directo en el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de las principales economías.

El reasegurador Swiss Re, con sede en Zúrich, estimó en su informe de agosto que las pérdidas económicas globales solo en el primer semestre de 2026 ascendieron a los 100 mil millones de dólares.

Aunque inferior a los 152 mil millones del mismo periodo en 2025, la organización advirtió que el riesgo no ha disminuido, ya que los huracanes y otros fenómenos suelen concentrarse en la segunda mitad del año.

“Un gran huracán, terremoto o incendio forestal puede cambiar el panorama rápidamente”, declaró el director de Catástrofes de Swiss Re, Balz Grollimund.

El impacto en Europa resultó particularmente severo.

Según un estudio del banco Triodos Bank citado por Euronews, las pérdidas económicas en la Unión Europea (UE) por las olas de calor e incendios forestales podrían alcanzar los 180 mil millones de euros.

Esa cifra equivale a casi uno por ciento del PIB de la región y amenaza con anular el crecimiento esperado para el año, que era de solo 1,1 por ciento.

Greenpeace, por su parte, calculó que solo en Alemania, el calor extremo y la sequía le costaron a la economía al menos 36 mil millones de Euros (unos 42 mil millones de dólares al cambio), lo que representa de 0,8 a 0,9 por ciento de su producción económica.

El impacto no se limita a una estadística general, sino que golpea con dureza sectores productivos clave.

La agricultura es, quizás, el más vulnerable.

Oxford Economics señala que, en un escenario de desastres físicos como el actual, el sector agrícola es uno de los más expuestos con una caída estimada de 41 por ciento en el precio de las acciones de las empresas cotizadas del sector.

Los cultivos de maíz y girasol sufrieron solo en julio pasado pérdidas de seis a siete por ciento.

La industria manufacturera tampoco se libra. Los daños a infraestructuras y el aumento de los costos de los insumos provocaron un fuerte descenso en su producción.

En Alemania, la interrupción del tráfico en el río Rin, crucial para el transporte de materias primas, reducirá el PIB alemán en 0,3 puntos porcentuales, según estimaciones de ING. Los sectores químico, siderúrgico y petrolero, que dependen del transporte fluvial, se vieron especialmente afectados.

EL COSTO OCULTO: PRODUCTIVIDAD Y SALUD

Más allá de los daños tangibles, el calor extremo está erosionando la productividad laboral.

Los estudios citados por Allianz Research indican que la productividad por hora puede disminuir tres por ciento por cada grado Celsius por encima de los 30 °C cuando el calor se prolonga varios días.

Greenpeace estima que, solo en Alemania, los 25 días de calor extremo provocaron pérdidas de productividad y tiempo de inactividad por valor de 10 mil 800 millones de euros.

El costo en vidas humanas es el más trágico. Se estima que el verano europeo causó más de 25 mil muertes relacionadas con el calor.

Solo la ola de calor de junio causó aproximadamente 20 mil 400 muertes en Francia, Alemania, España e Italia, un costo social que, aunque difícil de cuantificar en términos del PIB, supera con creces los mil 500 millones de euros en años de vida perdidos.

El Banco de Francia resulta especialmente claro en su advertencia sobre los riesgos para la estabilidad financiera.

Según un escenario de la Red de Bancos Centrales y Supervisores para la Ecologización del Sistema Financiero (NGFS), una serie de desastres climáticos como los vividos podría provocar una corrección de 14,5 por ciento en el valor de las acciones a nivel global, un impacto cinco veces mayor que el de una transición climática abrupta.

Para los bancos, aseguradoras y fondos de inversión franceses, las pérdidas totales en sus carteras de acciones y bonos ascenderían a 196 mil millones de euros, cuatro por ciento del valor de sus activos.

Los mercados ya están reaccionando. Análisis de Bloomberg indican que las empresas con un mayor riesgo de daños en sus activos físicos ven incrementado su costo de capital en un promedio de 22 puntos básicos.

Por el contrario, las empresas enfocadas en la resiliencia y la preparación ante desastres, como las del índice “Prepare & Repair” de Bloomberg, superaron al S&P 500 en 7,2 por ciento anual en los últimos cinco años.

Ante esta realidad, el discurso cambia. La Coalición de Ministros de Finanzas para la Acción Climática, en su declaración de abril de 2026, señaló que el cambio climático es una “amenaza microcrítica para el crecimiento, la estabilidad fiscal y la reducción de la pobreza”.

Sin embargo, también destacaron la oportunidad económica que representa la transición ecológica.

La economía verde global ya supera los cinco billones de dólares anuales (un billón equivale a un millón de millones) y se encamina a los siete billones para 2030.

Ello implica un crecimiento de los ingresos verdes que duplica al de los ingresos convencionales. Invertir en energías renovables y eficiencia energética no solo es más barato que los combustibles fósiles en muchos mercados, sino que genera más empleo por dólar invertido.

Las Cumbres del Clima (COP) de 2026, conocidas como el “triple COP” por reunir las convenciones de cambio climático, biodiversidad y desertificación, se perfilan como foros cruciales para coordinar la respuesta empresarial y gubernamental.

El desafío es mayúsculo: la degradación de la tierra, la desertificación y la sequía ya cuestan a la economía global 878 mil millones de dólares anuale

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