Estados Unidos y sus aliados de la OTAN terminaron formalmente el 31 de diciembre pasado la ocupación militar de Afganistán.
En un mensaje dirigido al mundo desde Honolulu, donde se encontraba de vacaciones con su familia, el presidente Barack Obama hizo el anuncio formal: “Nuestra misión militar en Afganistán ha terminado, y la guerra más larga en la historia de Estados Unidos llega a una conclusión digna”.
Para el presidente estadounidense constituye un motivo de júbilo el hecho de que la presencia militar en Irak y Afganistán haya pasado de los casi 180,000 militares cuando asumió el cargo en el 2008, a menos de 15,000 en la actualidad.
Lo que se anuncia como fin de la misión estadounidense en Afganistán, que se inició en el 2001 luego de los atentados terroristas del 11 de septiembre, en modo alguno significa el fin de la amenaza terrorista. La lucha contra los talibanes será en lo adelante una tarea del ejército afgano, que contará con la ayuda de una “misión de capacitación y apoyo” militar de la OTAN, integrada por unos 12,500 soldados, de los cuales 10,000 son norteamericanos.
Esta misión, denominada “Operación de Apoyo Resuelto” no está autorizada para participar directamente en combate y se limitará a entrenar y asesorar a las fuerzas militares afganas hasta finales del 2016. Su presencia allí constituye un elemento disuasorio y en caso de un fuerte deterioro de la situación en el país se encargaría de repeler a los talibanes por “medios técnicos”, o sea, bombardeos, ataques con cohetes, etc.
Conforme a un acuerdo entre Estados Unidos y Afganistán, las unidades aliadas tendrán derecho a realizar operaciones de combate independientes sin el consentimiento de las fuerzas armadas afganas, un punto respecto del cual se produjeron serios desacuerdos entre Washington y el gobierno de Karzai.
Los 13 años de intervención militar les costaron solamente a Estados Unidos un billón de dólares. El número de soldados muertos, según cifras oficiales, es de 3,485, de los cuales 2,300 son norteamericanos.
En su mensaje desde Honolulu, el presidente Obama admitió que Afganistán sigue siendo “un lugar peligroso”. De hecho en el 2014 se produjeron varios ataques contra las principales bases militares de la OTAN por parte de los talibanes, como el de la provincia de Helmand, en el suroeste del país. Las pequeñas operaciones militares y los ataques suicidas, sobre todo en Kabul, estuvieron a la orden del día, con un saldo de más de tres mil muertos.
Las tareas de los militares norteamericanos y sus aliados en Afganistán resultaron más difíciles de lo esperado. Hoy, al anunciarse formalmente el fin de su misión, los talibanes siguen siendo una fuerza militar importante en este país y, a pesar de la muerte de Osama Bin Ladem en el 2010, tampoco puede decirse que se ha alcanzado el objetivo de reducir al mínimo la capacidad de movilización de Al Qaeda.
Al contrario, una rama de esta red terrorista conocida como el Estado Islámico logró penetrar Siria e Irak, alzándose con el control de una vasta franja territorial entre los dos países y acumulando una fuerza tal que le permite actualmente operar según esquemas de guerra regular.
Igual que en Irak, donde Estados Unidos se peleó con el presidente Nuri al Maliki, en Afganistán Hamid Karzai abandonó la presidencia del país seriamente disgustado con Washington. Luego de las elecciones para sustituir a Karzai, el país centroasiático ha vivido una crisis de poder que se prolonga hasta nuestros días.
Tras meses de disputa en torno a los resultados de esas elecciones, Abdulá Abdulá, ex ministro de exteriores, accedió a reconocer a Asharf Ghani Ahmadzai, ex funcionario del Banco Mundial y ex ministro de Finanzas, como nuevo presidente, a cambio de su designación como Primer Ministro.
El acuerdo fue el producto de intensas negociaciones en las que intervino directamente el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry. Sin embargo, Abdalá y Ghani han sido incapaces de ponerse de acuerdo para escoger el gabinete ministerial.
La fragilidad del gobierno afgano, con muy poco poder fuera de Kabul, junto al creciente problema del narcotráfico constituyen las dos principales amenazas a la estabilidad del país asiático, además del accionar insurgente.
Según la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODOC), la superficie cultivada de amapola creció un 7% en el 2014, mientras la producción de opio lo hizo en un 17%. La superficie cultivada alcanzó las 224, 000 hectáreas.
De acuerdo a la encuesta Opio en Afganistán 2014, el país asiático genera el 90 % de los opiáceos ilícitos mundiales y sigue a los crecimientos que establecieron marcas en el 2013. En ese año el área cultivada de amapola creció 36 por ciento en relación al 2012, mientras que la producción creció casi 50%.
Según la UNODOC, la relación entre inseguridad y cultivo de amapola que se observa desde el 2007 se mantiene, ya que el 89% de los campos sembrados con amapola se concentra en nueve de las provincias afganas consideradas más inseguras.
Al presidente Barack Obama le tocó conducir una guerra que no inició y con la que nunca estuvo de acuerdo. Le tomó seis años poder anunciar lo que consideró una conclusión “digna” de la misión militar de su país en Afganistán. Pero el hecho mismo de que el lugar de celebración de la ceremonia de cesión del mando de todas las operaciones a las fuerzas militares del país asiático por parte de la OTAN se manejara como si se tratase de un secreto militar por temor a un atentado, es sumamente revelador. Trece años de afanar militar, un billón de dólares gastados y más de 600,000 muertos no han sido suficientes para sentirse seguro.
Irak y Afganistán demuestran claramente que el poder militar no lo resuelve todo. Por tanto, conviene pensarlo bien antes de lanzarse a cualquier aventura.