Opinión

20 años después de la Cumbre de las Américas

¿En que han quedado las relaciones comerciales de “las Américas” después de aquella “Cumbre de las Américas” de diciembre de 1994 celebrada en Miami a instancias del Presidente Bush padre? Los Estados Unidos tomaron la iniciativa de proponer extender el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA en inglés) surgido de la incorporación de México en 1994 al TLC entre Canadá y Estados Unidos de 1988, y el lanzamiento ese mismo año del nuevo Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT 94) y la Organización Mundial del Comercio (OMC), luego de una larga Ronda de Negociaciones Comerciales Multilaterales en el marco del GATT, llamada Ronda Uruguay. Fue sin duda el último intento mayor de Estados Unidos de proponer una política de conjunto para América Latina, a través de un acuerdo de comercio continental, excluyendo a Cuba.

20 años han pasado desde ese 1994 que generó esperanzas y decepciones en muchos partes del continente. Desde entonces podemos decir que Estados Unidos ha abandonado toda pretensión de una política de conjunto hacia América Latina y El Caribe. Por el contrario, en lugar de un Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) terminado, tenemos un vacío total de propuesta continental por parte de Estados Unidos, y por el contrario, se ha verificado el surgimiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), antitesis de la política de norteamericana en la región, que apunta a separar aún mas las instituciones comunes continentales, como es el caso de la desprestigiada y falta de liderazgo Organización de Estados Americanos (OEA) y el conjunto del llamado “derecho panamericano” y sus instrumentos, heredera del panamericanismo de la Doctrina de Monroe y la llamada “Unión Panamericana”, que hizo de la sumisión de la mayoría de los países de América Latina a los “dictaks” de Washington, la realidad continental.

Tal y como fue formulada por el Presidente Georges Bush padre en 1994 y las subsiguientes discusiones por casi 10 años, el ALCA, versión estadounidense, hubiera significado la colonización total de las economías latinoamericanas y caribeñas por el gran gigante del norte. América Latina y El Caribe serían hoy una especie de México a escala continental. Definitivamente, la intransigencia de Washington en sus propuestas comerciales, negándose a eliminar los masivos subsidios a la agricultura que perduran hasta el día de hoy, y abriendo los sectores de servicios, bienes e imponiendo una sumisión a su versión de la propiedad intelectual, hizo imposible un acuerdo con el líder regional, Brasil, que propuso un acuerdo mas básico, no incluir los temas de servicios y propiedad intelectual en al acuerdo –que deberían ser solucionados en el marco de las negociaciones globales multilaterales de la OMC-, y abolir totalmente los masivos subsidios agrícolas que hacen inviable la competencia leal de la producción agrícola del continente. Para solo un ejemplo tomemos el caso de los subsidios al maíz y como el compromiso de México de abrir su mercado a esas importaciones subsidiadas americanas no ha podido ser implementadas hasta la fecha so pena de quebrar todo el sector agrícola mexicano encabezado por la producción de maíz. Sin embargo, México aceptó firmar un Acuerdo Comercial que no implica ninguna concesión en materia migratoria, y que mantiene a los mexicanos como parias en los Estados Unidos.

Ante el entierro final del ALCA en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata en 2005 y ese previsible desenlace años antes, Washington optó por dividir la región e imponer su versión del libre comercio a países o grupo de países bajo su control y donde los grupos dominantes no pudieron oponer un proyecto regional más coherente al aperturismo neoliberal de Washington, el Banco Mundial, el BID y el FMI. ¿Cuál fue esa respuesta a la muerte el ALCA? Dividir en pequeños trozos el mercado de América Latina y El Caribe. Después del NAFTA entre México-Canadá-Estados Unidos en 1994, fueron firmados los siguientes TLC’s que impusieron la “pax americana” en materia comercial: El TLC Chile-Estados Unidos en 2004; El DR-CAFTA entre República Dominicana, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala, un “Bananas Republic TLC” de agosto de 2004; El TLC con Colombia en 2011; El TLC con Panamá en 2007, dilatado por el alegato norteamericano de que el presidente del Congreso panameño había matado un soldado norteamericano en la invasión a ese país años antes; y el TLC con Perú que entró en vigencia en 2009. Aunque todo el norte de América Latina y parte del Caribe fue asimilado por Estados Unidos a su política comercial (DR-CAFTA, NAFTA, Panamá, Colombia y Perú), incluyendo penosamente a nuestra República Dominicana que ha sido un perdedor nato de su “adhesión” al DR-CAFTA, los principales mercados, Brasil, Argentina, Venezuela, el MERCOSUR y el CARICOM, han quedado fuera de la colonización económica de los Estados Unidos, por lo que el gobierno de Washington ha abandonado toda política colectiva hacia la región.

Sorprendentemente, el primer gobierno de Barack Obama y el tramo que lleva del segundo, parece que sería el mas proactivo con respecto a América Latina de los últimos 60 años de los Estados Unidos desde la presidencia de Eisenhower. Pero ha sido todo lo contrario. Ni siquiera la reforma migratoria interna en Estados Unidos que toca a millones de latinoamericanos y caribeños parece que será esbozada o aprobada bajo la administración del que parecía sería el presidente más comprensivo hacia América Latina.

Por el contrario, desde fines de la década de los 90, América Latina inició un giro hacia gobiernos de izquierda electos democráticamente: Hugo Chávez en Venezuela inició en 1999. Luis Ignacio Lula da Silva en Brasil por el Partido de los Trabajadores, dio un giro total a Brasil a partir de su elección en 2002. En 2005 fue el turno al indígena dirigente sindical boliviano Evo Morales, que dio otro giro a la política regional y a Bolivia. En 2006 le tocó a Rafael Correa, un brillante economista y de condiciones políticas excepcionales que ganó las elecciones en Ecuador. En mayo de 2003 había ganado las elecciones presidenciales el peronista de izquierda Nestor Kirchner que también dio un giro a Argentina. En octubre de 2009 ganó las elecciones en Uruguay el mítico dirigente de los Tupamaros, José “Pepe” Mujica, a quien antecedió Tabaré Vázquez también del Frente Amplio de izquierda. Incluso en América Central, en 2007 regresa al poder el anterior presidente del Frente Sandinista de Liberación Nacional, Daniel Ortega, y en El Salvador, gana las elecciones presidenciales el candidato del FMLN Mauricio Funes, victoria reeditada recientemente por el candidato del FMLN, Salvador Sánchez Carcelen, un ex comandante guerrillero en los 80 del Frente Farabundo Marti. Más recientemente ganó las elecciones en Costa Rica el candidato de centroizquierda, Luis Guillermo Solís, del Partido de Acción Ciudadana y quien cuestiona mucho los efectos en Costa Rica del DR-CAFTA. Recientemente también ganó las elecciones en Chile, la ex presidenta Michel Bachelet, con un programa de cambios importantes en un país conservador como Chile.

Por otra parte, todos los países de la región, a pesar de tener opiniones distintas en materias de comercio o política internacional acordaron crear en 2011 la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), que integró a todos los países de la región, excepto a Estados Unidos y Canadá. Cuba recibió un merecido desagravio, siendo electa sede de la última cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, y ostentando la Presidencia anual de la Comunidad.

Si bien en la región queda un enorme cúmulo de deudas históricas y conflictos por resolver, ya no necesitamos del padrinazgo neocolonial de los Estados Unidos. América Latina, con todas sus diferencias, ha decidido ponerse los pantalones largos e integrarse sin padrinos de foráneos, y tener voz propia en la comunidad internacional. Los 20 años transcurridos desde aquel diciembre de 1994 a los tiempos actuales, ha cambiado la cara y el relacionamiento de América Latina y El Caribe entre si y con el mundo. Solo nos resta esperar que nuestro país asuma esa política y vea mas allá de los viejos temores y miedos históricos para ser respetado a nivel continental e internacional.

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