Un encuentro cara a cara entre Barack Obama y Vladimir Putin para coordinar acciones en Oriente Medio era el segundo paso lógico después de la firma del acuerdo nuclear con Irán.
Consciente del cambio sustancial que se ha producido en la correlación de fuerzas a nivel regional como consecuencia de la intervención militar en Irak, la Casa Blanca ha querido adaptarse a las nuevas circunstancias, aunque se le ha hecho muy difícil.
Esa intervención militar, que duró diez años, terminó provocando una guerra entre chiitas y sunitas debido a que las fuerzas de intervención no pudieron evitar que los grupos chiitas se alzaran con el poder y desataran una tenaz persecución contra las demás sectas religiosas, incluidos los sunitas que soportaron el régimen de Saddam Husein.
La conformación de ese gobierno chiita en Irak modificó la correlación de fuerzas en la región, pues las autoridades iraquíes no tardaron en pactar alianzas con Irán (chiita), lo cual fue visto con mucha preocupación por los países árabes del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), todos dominados por sunitas, salvo Omán, coalición que junto a Estados Unidos e Israel ha intentado por todos los medios derrocar al régimen sirio de Bashar al Asad.
Pudiera parecer un disparate, pero lo cierto es que la dinámica de la lucha tribal a lo interno de Irak llevó a los jefes chiitas en el poder a pactar con un enemigo de Estados Unidos para afianzarse en el poder. Y esto poco a poco fue alejando al país de la influencia norteamericana. Ese proceso lo describimos en un artículo que escribimos hace casi dos años.
Pues bien, los yihadistas del grupo terrorista Estado Islámico (EI) son sunitas reclutados para combatir a Asad.
Muchos de ellos son antiguos soldados del ejército de Saddam Hussein, también sunita, que se incorporaron a esta antigua rama de Al Qaeda, que aprovechó la estrategia de Occidente para crecer y armarse. En el contexto de la guerra entre facciones, que no solo es de tipo religioso, sino que es también una lucha por el poder, el EI apuntó sus armas también contra el gobierno chiita de Irak, con la meta de formar un califato del islam en una amplia porción territorial que incluye este país y Siria.
El conflicto en Yemen, que comenzó como parte de lo que se dio en llamar “primavera árabe”, no tardó en convertirse también en una extensión de esta guerra de facciones religiosas por el predominio regional, dado el temor de los estados árabes sunitas e Israel a lo que denominan como “iranización” de Irak y de Oriente Medio.
Los países del CCG llevan a cabo en Yemen una campaña de bombardeos aéreos contra las posiciones de las milicias huties, chiitas aliados de Irán. Con su propia agenda se mueven también en este territorio los yihadistas de Al Qaeda en la Península Arábiga, sunitas que también combaten a los huties.
La lucha entre facciones ha creado un ambiente propicio para el fortalecimiento del terrorismo. Y lo que es peor, Estados Unidos experimenta crecientes dificultades para dictar el curso de los acontecimientos. Esto explica su comportamiento caótico, incoherente, contradictorio.
Expresión de estas dificultades, para citar solo unos ejemplos, fueron los encontronazos entre Tel Aviv y la Casa Blanca a propósito de las negociaciones del acuerdo nuclear con Irán y el inicio de los bombardeos aéreos en Yemen por parte de Arabia Saudita sin consulta previa con Washington. Más recientemente causó mucha sorpresa en Occidente la negativa del gobierno Iraquí a la petición de Washington de prohibir los vuelos de aeronaves rusas sobre su territorio para evitar que Moscú prestara ayuda al gobierno de Asad en Siria. Más aún, Bagdad se permitió firmar un acuerdo de intercambio de información militar con Rusia, Irán y Siria, el cual fue anunciado por el presidente Vladimir Putin en los días previos a su encuentro con Barack Obama.
A Israel, uno de los jugadores más importantes de la región, le preocupa enormemente la creciente influencia de Irán en la zona. Tel Aviv llegó a amenazar, incluso, con bombardear las instalaciones nucleares iraníes so pretexto de evitar que el país persa logre desarrollar armas atómicas. Estados Unidos y sus aliados, que saben del tremendo peligro de añadir un componente como ese a la explosiva situación regional, se inclinó por la solución negociada.
La administración Obama ha querido dar un giro en su política hacia Oriente Medio, colocando en el centro de las prioridades la lucha contra el terrorismo, hoy en franca expansión, pero sin desmedro de sus objetivos geopolíticos esenciales. Pese a su retórica, Washington parece ir entendiendo que una eventual barrida del gobierno secular de Asad en Siria puede tener un efecto dominó y afectar a los demás gobiernos seculares, incluido el de Turquía. Por eso ha propuesto a Rusia mantener en Siria los fundamentos del régimen, pero sin Asad, una fórmula que busca llevar tranquilizar a Israel y a los países del CCG, pero que no es del agrado de Moscú.
Como ha reconocido el propio Barack Obama, la lucha contra el terrorismo es una tarea que Estados Unidos no puede realizar solo, pese a su gran poderío militar. Lo que se impone, por tanto, es la negociación, la conformación de una amplia coalición para combatir al enemigo común. Sin embargo, la práctica demuestra que la desconfianza, las contradicciones entre sectas y los intereses geoestratégicos pesan más que la amenaza que representa el yihadismo.
A las dificultades para acercar posiciones entre todos los actores regionales y extraregionales se suman los problemas propios de la política interna de cada país. Barack Obama, por ejemplo, tiene que vérselas en medio de la precampaña electoral con la presión que ejercen los republicanos, que actualmente controlan el Congreso y que reclaman una política exterior similar a la del gobierno de George W. Bush.
El acuerdo nuclear le ha quitado el pretexto a Israel para el inicio de acciones unilaterales contra Irán y ha creado las condiciones para un involucramiento más activo del país persa en los asuntos regionales. Gracias al mismo, la lianza Moscú-Irán-Irak-Siria, que se expresó en la firma del pacto de intercambio de informaciones militares antes mencionado no despierta mayores alarmas.
Estados Unidos y sus aliados sabían que eso ocurriría, porque en la práctica esa colaboración se venía dando. Lo novedoso aquí fue la incorporación de Rusia a las negociaciones con Irán, lo cual se hizo no solo para generar un mayor nivel de confianza y facilitar el entendimiento con un país tan complicado como el persa, sino también porque Rusia podría servir de facilitador de un eventual entendimiento entre el bloque de países ya mencionados y los demás actores dentro y fuera de la región con miras al inicio de una cruzada contra el terrorismo.
Abramos aquí un paréntesis para explicar que el solo hecho de iniciar conversaciones con Irán, lo que necesariamente tenía que conducir a un relajamiento de las relaciones con este país, contra el que existían hasta expedientes por practicar el terrorismo, era algo tan impactante que fue necesario incorporar a las negociaciones a todos los países miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, más Alemania. Con ello se quería tranquilizar a Israel y los países árabes enemigos de Irán.
Pues bien, Rusia es el único país en condiciones de liderar el bloque chiita, darle voz y mantenerlo en el terreno de la sensatez. Y como además tiene buenas relaciones con la contraparte en la región, eso la convierte en un jugador de primer orden en la situación actual de Oriente Medio.
El problema que se plantea aquí es cómo quedarían las cosas una vez vencido el enemigo común. Ponerse de acuerdo sobre eso es tan complicado como hacer un asado de mantequilla, porque todos los actores tienen sus intereses particulares.
Se supone que los frutos cosechados por el accionar de una coalición de este tipo habrían de repartirse en función de los aportes de cada quien. Pero es justamente el bloque chiita el que se encuentra en mejores condiciones de aportar sobre el terreno, lo mismo que los kurdos. Difícil es imaginar a sunitas combatiendo a otros sunitas con los que han compartido objetivos comunes.
Israel, la potencia regional más poderosa, tiene como principal interés contener a Irán y destruir al régimen de Asad en Siria. En eso coincide con los países del CCG, hoy en pie de lucha contra el chiismo. Para Turquía el problema no es ni el EI, ni Asad. Son los kurdos, que ya tienen un Estado independiente de facto en Irak y que aspiran a existir como Estado independiente en lo que hoy es el Kurdistán Sirio y también en el sudeste de Turquía o Kurdistán turco.
El gobierno turco de Erdogan rompió la tregua pactada con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán e inició acciones contra los grupos armados de esta organización dentro de su territorio y en el Kurdistán iraquí. Erdogan teme que los kurdos, que juegan actualmente un importantísimo rol en la lucha contra el EI en Irak y Siria, resulten incontenibles, por el poder de fuego que están acumulando, en caso de que se lanzaran a una guerra total por su independencia en territorio turco. Además, la ruptura de la tregua con los kurdos se produjo luego de que trascendiera una propuesta hecha por Estados Unidos a los rusos de dividir a Siria en varios Estados, como se hizo en el pasado. Eso incluiría, lógicamente, la conversión del Kurdistán sirio en un Estado independiente.
De todos modos, el acuerdo nuclear, insisto, luce una fórmula con la que se quiso legitimar la incorporación formal del país persa, a quien el gobierno de George W. Bush incluyó en la lista de las naciones del “eje del mal”, a los esfuerzos por atajar al EI. Recuérdese que luego de alcanzado el acuerdo el presidente Obama visitó Arabia Saudita como parte de los esfuerzos para conseguir el apoyo de los países árabes a lo pactado y acto seguido se celebraron varias reuniones de los cancilleres de Estados Unidos, Rusia y algunos países integrantes de CCG. El encuentro entre Obama y Putin celebrado recientemente en Nueva York, según reveló la prensa rusa, fue uno de los puntos acordados entonces por Serguéi Lavrov y John Kerry, aunque en ese momento no se le puso fecha.
Pero la administración Obama terminó inclinándose por apretar más a Rusia tomando como pretexto lo de Ucrania, mientras al mismo tiempo intentaba ablandar su postura sobre Oriente Medio, particularmente en lo que tiene que ver con el gobierno de Asad y el interés norteamericano de crear varios estados en lo que actualmente es Siria.
Así de zigzagueante ha sido la política exterior del gobierno de Barak Obama. Apenas días después de todos estos esfuerzos diplomáticos conjuntos, se ampliaron las sanciones económicas contra Moscú y luego, del 31 de agosto al 12 de septiembre, la OTAN llevó a cabo ejercicios militares conjuntos con Ucrania. Además, se llegó a hablar hasta del posible despliegue en Alemania de armas nucleares de última generación que apuntarían a Rusia.
Rusia, que amenazó con dar la correspondiente respuesta a tal despliegue nuclear negado por Alemania, optó por seguir la estrategia contraria, o sea, presionar a Estados Unidos en Oriente Medio para quitarse de encima la presión por lo de Ucrania.
A finales de septiembre la armada rusa iniciaba ejercicios militares próximo a las costas de Siria, al tiempo que Moscú anunciaba el envío de ayuda humanitaria y admitía por primera vez la presencia en este país de instructores militares suyos.
Fue entonces cuando se le puso fecha al encuentro entre Obama y Putin. Con ese encuentro en mente, Rusia inició una ofensiva diplomática aprovechando el contexto de la gran conmoción mundial provocada por el drama de los cientos de miles de refugiados, sobre todo sirios, que arriesgan la vida emprendiendo largos y peligrosos viajes para llegar a Europa y otros destinos seguros, así como la falta de iniciativa de Occidente para llevar tranquilidad a la convulsionada región de Oriente Medio.
Como parte de esa ofensiva Putin expuso en Naciones Unidas su propuesta de conformación de una coalición contra el terrorismo con la participación de Irán, Irak, Siria y los kurdos. Para demostrar que la conformación de esa coalición es posible, el presidente ruso anunció el acuerdo de intercambio de información de seguridad firmado con Irak, Irán y Siria a que hemos hecho referencia.
La administración norteamericana quiso cuidarse al reaccionar negativamente frente a una iniciativa encaminada a combatir un peligro que la comunidad internacional entera reconoce como tal, pero no pudo ocultar el peso de los intereses geoestratégicos que comparte con sus aliados de la zona.
El presidente Putin manejó inteligentemente argumentos de tipo legal, al señalar que los ataques aéreos de Estados Unidos y sus aliados en Siria se llevan a cabo sin la autorización del gobierno legítimo de ese país, con representación legal en la ONU, y sin un mandato expreso del Consejo de Seguridad de la organización mundial.
La diplomacia norteamericana fue incapaz de presentar una alternativa a la iniciativa rusa, servida por Putin como opción frente al evidente fracaso de la estrategia occidental de lucha contra el terrorismo aplicada hasta ese momento. Fue esta incapacidad la que abrió las puertas al retorno del oso al gran juego político de Oriente Medio con una ofensiva en el plano militar contra las posiciones de los yihadistas en territorio sirio.
Lució muy mal Washington cuando tuvo que oponerse a un proyecto de resolución presentado por Rusia ante el Consejo de Seguridad. Moscú proponía que se declarara como un peligro para la paz la presencia de Al Qaeda en territorio sirio. Con esa propuesta el país euroasiático pretendía poner en evidencia a Estados Unidos, que venía tolerando la evidente colaboración entre los grupos de la oposición “moderada” siria, armados y entrenados por el Pentágono, con el grupo Al Nusra, una rama de la organización fundada por Osama Bin Ladem. Moscú pretendía también legitimar de esta forma los ataques aéreos contra las posiciones de estos grupos que ya tenía en mente.
Washington rechazó la propuesta de Moscú. Días antes combatientes de la denominada División 30 entrenados por Estados Unidos en Turquía entregaran voluntariamente sus armas y pasaron a formar parte de la guerrilla de Al Nusra. La Casa Blanca tuvo que ordenar la suspensión del programa de entrenamiento militar de la oposición siria.
La ofensiva rusa no ha podido ser objetada en su legalidad ni legitimidad porque se produjo a petición del gobierno sirio y porque el blanco de ataque son los mismos grupos terroristas que la coalición que lidera Estados Unidos ha estado bombardeando durante más de un año sin resultado alguno. Moscú tiene la iniciativa, al menos por el momento.