Recientemente está en debate la música urbana, sus ritmos y bailes y, más que nada, sus letras, líricas y estribillos. Se trata, principalmente, de un cuestionamiento hacia el llamado “dembow”, una música que, sin dudas, ha encantado a los jóvenes y adolescentes de nuestra época, principalmente en los sectores más populares.
La realidad es que las letras de estas melodías — que hablan de “chapear”, de darle “con tosh”, de “I wanna get high” o de mujeres que quieren “máquina” — son el gran problema de este género. No aporta a una mejor educación de nuestra sociedad, al contrario, invita a la promiscuidad, al consumo de sustancias controladas, a la avaricia y el deseo de dinero, al irrespeto a la mujer, a la violencia, a aislarse de la sociedad y refugiarse en todo aquello que destruye a la familia y a la sociedad.
Los recientes reportajes publicados por este prestigioso periódico que acoge nuestra columna, plantean varios aspectos a tomar en cuenta cuando se habla del problema de la música urbana. Algunos comunicadores hablaron de reformar la Comisión de Espectáculos Públicos, que dirige el amigo JM Hidalgo, para que pueda regular la exposición de esta música en los medios. Sin embargo, al estudiar el comportamiento de este género musical, su principal medio de difusión es el internet, así como las redes sociales, espacios que, como sabemos son difíciles de regular, lo que facilita que esta música se comparta entre nuestros jóvenes directamente.
A pesar de ello, hay que felicitar la iniciativa del decano del periodismo dominicano, al firmar un pacto con los Directores de las principales radiodifusoras de este género, para que eviten la colocación de música con contenido negativo.
Otros han planteado que la música urbana refleja la realidad de lo que sucede con nuestros jóvenes. Pero yo me pregunto, a pesar de que los exponentes de este género son jóvenes de las clases más humildes, cuyas letras reflejan lo que es vivir en el barrio expuestos a la violencia, los vicios y las necesidades: ¿Por qué el resultado es consumido en todos los sectores de la sociedad, instruidos o no, con niveles de educación altos, medios y bajos?
Muchos jóvenes, al ser cuestionados por los que somos más adultos, dicen, con mucha propiedad, que en nuestro tiempo también hubo “música con doble sentido” y letras que eran “cuestionadas” por la clase política y los medios de comunicación de entonces y que, a pesar de ello, estudiamos, trabajamos y salimos adelante. Pero lo cierto es, que se trataba de un doble sentido muy fino, sutil y hasta inteligente; libre de groserias, malas palabras e incitaciones expresas y dañinas como las de ahora.
Para abordar esta problemática tenemos que aliarnos con los exponentes de este género y, sobre todo, escuchar a los que consumen este producto. Cambiar esta música requiere persuadir a sus jóvenes en su propio idioma y con sus propios medios, a la vez que accionamos la capacidad del Estado de regular.
Desde la Vicepresidencia hemos tenido una experiencia interesante abordando esta problemática, que inició con el Pacto que hicimos con algunos expositores hace unos años y que he fructificado por segundo año consecutivo en la realización exitosa del Concurso Nacional de “Música Urbana por los Valores”, desde los cuales promovemos y logramos que los jóvenes utilicen los ritmos y las letras de este género, para promover valores como la solidaridad, el respeto, el amor, la humildad. En la segunda edición se planteó como tema la lucha contra la violencia hacia la mujer.
De esa experiencia he visto la buena disposición de algunos de los exponentes del género urbano; así como los principales promotores de esta música, quienes apoyaron el concurso que creamos. Ellos reconocen la necesidad de mejorar la letra y lo que promueve esta música.
¿Qué los detiene? Hay una oferta que responde a una demanda de un negocio lucrativo. La música urbana que promueve valores y una visión positiva de la sociedad, no ha encontrado terreno fértil en quienes financian la colocación de estos artistas y, más que nada, en quienes les escuchan.
El Estado, sus instituciones y el marco legal, existen para viabilizar la vida en sociedad, para velar por el bien común y proteger el interés colectivo. Y como autoridades nuestra función es cumplir y hacer cumplir las leyes, independientemente de si es o no agradable o lesiona intereses particulares.
Como Estado tenemos la capacidad coercitiva para transformar la oferta de este tipo de música. Por ejemplo, la Ley de Drogas establece sanciones para la promoción del consumo de estupefacientes; la ley de Espectáculos Públicos establece sanciones para la incitación a la violencia a través de los medios de comunicación; el Ministerio Público puede motorizar la acción pública para prohibir aquella música lesiva a la moral y las buenas costumbres.
Además de esto, para que sea exitosa, la acción coercitiva debe ir acompañada de una alternativa para nuestros jóvenes. El Estado tiene el deber de contrarrestar esta oferta negativa de música, con una oferta de calidad, bien concebida, promovida por el gobierno a través de su Ministerio de Cultura, con incentivos económicos y de colocación, si fuere necesario; así como con la preparación de presentaciones para estos artistas, para que la sociedad los conozca, aprecie su talento y demande sus composiciones porque nadie ama lo que no conoce.
En las últimas décadas, paulatinamente, nos hemos dejado arropar de la promoción de estos anti-valores. Y esto no puede continuar así, porque estamos cayendo en una autodestrucción social, que va más allá del cambio y la transformación propios de los avances sociales.
La sociedad, como un todo, necesita ver y rechazar estas letras, como un mal que afecta sus intereses. El problema no está en el género, no está en los ritmos, está en lo que dice, en el estilo de vida que promueve, que puede lucir atractivo a nuestros jóvenes pero que, a todas luces, no es lo que les conviene, sólo conlleva a la deformación de los menos conscientes y vulnerables.
La música es una de las herramientas que forja formas de pensar, sentir y actuar. Necesitamos que cada melodía que escuchen nuestros jóvenes y cada letra que interpreten nuestros artistas, tenga un mensaje positivo o de reflexión, de amor o desamor, un mensaje que alimente el espíritu y propicie acciones que nos hagan crecer como seres humanos y como sociedad.
Nuestro mejor ejemplo lo tenemos en nuestro gigante Juan Luis Guerra, quien con su música pone en alto el nombre de nuestro país, entusiasma con fervor a jóvenes y adultos en todo el mundo y promueve el diseño y la construcción de una sociedad forjada en Valores. Entonces, Sí se puede. ¡Manos a la obra! Trabajemos por una música urbana, pero con valores.