Una anécdota ayudaría a comprender el planteamiento respecto a la Ley de movilidad y Seguridad Vial que se debate en la Cámaras Legislativas.
Recreemos en el Malecón de Santo Domingo, la ruta del “Obelisco Macho” a Sans Soucí, yendo por la Avenida del Puerto y el Puente Flotante, en cuyo trayecto asumimos grandes riesgos, incidentes de tránsito cada vez mayores con una gran cantidad de víctimas, a lo que se añade un considerable tiempo perdido, los gases tóxicos e incomodidades que generan los taponamientos, además de los daños a la salud de los vecinos y usuarios de la vía.
Se plantean dos alternativas para llegar seguros: que nos vayamos nadando o que construyamos un puente.
Si es a nado, no tendríamos que invertir mucho dinero, y un puente sería muy costoso; de manera que todos optamos por ir nadando.
Pero a nado, muchos se quedan en medio del mar, los más diestros podrán cruzar al igual que aquellos que logren obtener salvavidas, pero todos llegan cansados, mojados y sin posibilidad inmediata de seguir caminando.
Otros, que serán los menos, tendrán las posibilidades de emprender la ruta en una embarcación.
Nos dieron dos alternativas y escogimos la más económica, pero no la más factible y viable, pues demasiada gente sigue muriendo y perdiéndose mucho tiempo.
Esto es precisamente lo que esta ocurriendo con el tema de seguridad vial en el mundo.
La OMS, Organización Mundial para la Salud, Naciones Unidas y los organismos colaboradores han dado dos alternativas para disminuir los traumatismos causados por los “accidentes“ de tránsito.
Asumir el tema de la Seguridad Vial mediante un órgano rector único, con liderazgo y autonomía financiera, gerencial y administrativa, responsable de las políticas de seguridad vial; o por el contrario, crear una instancia subordinada a uno de los ministerios u órganos existentes en la estructura del Estado, siendo la seguridad vial uno de los tantos temas de su competencia.
La gran mayoría de los países escogieron la opción aparentemente más económica, y la siguen prefiriendo sin mayores éxitos: los muertos continúan en aumento.
En la práctica, los resultados de las investigaciones sobre los avances en seguridad vial en el mundo son como en la anécdota de ir a Sans Soucí: los países desarrollados cruzan el mar en embarcaciones con salvavidas, mientras los de bajos y medianos ingresos, nadan.
Por eso, encontramos que desde 2004 a la fecha, las víctimas mortales no descienden de 1.27 millones por año. Lo que quiere decir, que estamos fallando.
De manera que las recomendaciones de los organismos internacionales dieron pié a crear dos corrientes de pensamiento en la aplicación institucional de políticas de seguridad vial.
Es evidente que en los actuales momentos en el mundo se está produciendo un estancamiento en el desarrollo de los objetivos por mermar las estadísticas de percances y de víctimas por incidentes viales.
Entre las causas de este bloqueo para algunos tratadistas está la mala decisión de ir por lo más fácil y en principio más económico; agravada por la incipiente decadencia del modelo de gestión en las naciones avanzadas, al contaminarse de politiquería, corrupción, recortes económicos, pretensiones de perpetuidad en los cargos e incomprensión del tema.
Nos inscribimos en la corriente para que la seguridad vial sea un tema de Estado, basado en una ley que cree un órgano rector único, autónomo, autosuficiente y con autoridad. Que promueva en su esencia la seguridad vial sostenible y sustentable.
La misma ley que lo origine debe crear las condiciones para vincularse como eje transversal a la Estrategia Nacional de Desarrollo, y cuya ejecución sea en la realidad integral, nacional, transparente, objetiva, aplicable, justa e inclusiva, producto de debates sociales, políticos, económicos, religiosos y culturales.
Esta es la razón por la que no es tan fácil bajar los indicadores de siniestralidad.
En conclusión, la ley de movilidad y seguridad vial concebida actualmente compromete el éxito de los objetivos de reducir de manera sostenible los factores que ponen en riesgo a las personas y comunidades, al tratar de cruzar el mar a nado para llegar a Sans Soucí.