El fenómeno socioeconómico de mayor preocupación en las última dos décadas es la creciente desigualdad que se está viendo en los ingresos de las personas alrededor del mundo y de algunos impactos resultantes de esa creciente desigualdad, cuyos efectos ha sido reconocer que la miseria se incrementa en tiempo donde el crecimiento económico mundial ha sido el logro de mayor exhibición. Sin embargo, el aumento de la desigualdad global a la que asiste tiene mayor trascendencia cuando se trata de la desigualdad del ingreso en sentido general.
La advertencia del efecto de la desigualdad sobre el crecimiento económico ha tenido mayor trascendencia a partir del 2014 cuando el economista francés, Thomas Piketty, hizo público sus contundentes conclusiones sobre la desigualdad, en su libro “Capital in the Twenty-First Century” o el Capital en el siglo XXI. A partir de esta sesuda publicación es que se ha tenido que admitir que la brecha entre ricos y pobres está en su nivel más alto desde hace 30 años, donde el 10% de la población más rica gana 9.5 veces el ingreso del 10% más pobre, lo que es más grave si se pondera que esta relación era 7 veces en el 2011.
La trascendencia de reconocer la existencia de esa brecha entre países, es que la desigualdad juega un papel central en la determinación de la tasa de crecimiento y sus prototipos. A diferencia de la ambigüedad de efectos que el crecimiento puede tener sobre la desigualdad de los ingresos, la desigualdad puede ser un freno al crecimiento económico, el cual se traduce en un pronunciado deterioro de las condiciones de vida de la población, lo que en la práctica se interpreta en una inefectividad de los objetivos de la política económica, en su componente de lo que es la política publica.
Las causas de la desigualdad tienen explicaciones multifactoriales que la explican, entre las que se encuentran la brecha entre salarios altos y bajos-medios, que se amplía por la fuerte elevación de los salarios altos. Por igual, la concentración social de las rentas del capital, el cambio social, la marginación social, en algunos casos promovida por el Estado, con la exclusión, el nivel elevado de desempleo, la mala distribución de la riqueza, entre otros.
Es importante destacar que el crecimiento económico tiene efectos prácticamente inevitables sobre la desigualdad, aunque el signo e intensidad de tales efectos son el fruto, por un lado, de la velocidad y de los aspectos estructurales del crecimiento, en tanto, muy en particular, del mecanismo equitativo dominante, que está determinado en buena medida por la calidad de las instituciones políticas y económicas. Es por tales razones que el efecto negativo de la desigualdad sobre el crecimiento esta explicado en una alta proporción por la dificultad de acceso a los medios económicos que posibiliten el desarrollo, la cohesión social y las expectativas de confianza que generen las políticas económicas ejecutadas.
Las evidencias empíricas han demostrado que la desigualdad influye sobre el crecimiento a través de la existencia del deterioro institucional, clientelismo político, las imperfecciones en los mercados de capitales, ausencia de incentivos a las iniciativas individuales y la falta de oportunidades. También se precisa que existe cierta evidencia de que la desigualdad de los ingresos tiende a limitar el crecimiento y la efectividad de políticas contra la pobreza.
La desigualdad predominante es algo inentendible si se parte de que los datos muestran un mundo tan rico y con tantas posibilidades como desigual, pero lo más terrible no es el número de personas que sufren, sino lo fácil que sería acabar con ese sufrimiento si hubiese voluntad política para hacerlo. La desigualdad mundial es la enfermedad del siglo XXI, ya que la mitad de las riquezas del planeta está en manos del uno por ciento de la población mundial, como si la riqueza fuera un pastel partido en dos y el uno por ciento más rico se apropia de una mitad mientras la otra corresponde al 99 por ciento de los habitantes del mundo.
Para entender mejor la dimensión de la desigualdad en el mundo, es muy útil partir de indicadores que permiten la cuantificación de este flagelo, en tal sentido, la herramienta del índice de desarrollo humano, IDH, del PNUD muestra numerosas variables como el PIB, alfabetización, esperanza de vida, las cuales permiten conocer y estudiar la situación del mundo. En efecto, de acuerdo a los datos extraídos de esta entidad se tiene la precisión de que el 40% de la población mundial vive con menos de 2 dólares por día, que la esperanza de vida en África Subsahariana es 31 años, y cada año siguen muriendo 10,7 millones de niños y niñas por causa de la pobreza.
Las cifras estadísticas nos muestran la terrible realidad que vive el mundo rodeado de una desigualdad espantosa, en el cual la pobreza es el elemento más significativo para explicar y entender dichas desigualdades; por ejemplo, la esperanza de vida en los países ricos es veinte años mayor que en los pobres, y la alfabetización que es casi del 100% en los primeros es el 60,8% en los segundos. En adición, se está consciente que la mayoría de la población mundial es pobre, pues si se parte de que la pobreza se mide en tres niveles, las cifras frías arrojan que en el primer nivel está la pobreza extrema, el cual vive con menos de 1 dólar por día, y la sufren 1.000 millones de personas; en el nivel moderada, con menos de 2 dólares por día, hay 1.500 millones de personas; y en la pobreza relativa 2.500 millones de personas, esto es que, poco más de 1.000 millones de personas viven al margen de la pobreza, el cual es equivalente a decir que tan solo el 16% de la población mundial no sufre de las desigualdades económicas vigentes.
Una foto de las desigualdades en el mundo puede arrojar una realidad todavía más dura, ya que 850 millones de personas pasan hambre, acompañada con enfermedades, sufrimiento y muertes prematuras. Por igual, 800 millones de personas no saben leer ni escribir, los gastos en salud per capita solo es significativo en EEUU, 5.274 dólares, sin embargo, esta sólo se coloca dos puestos por delante de Cuba, que tiene un gasto de 236 dólares, con la desventaja que en EEUU a pesar de que es el país que más gasta, no tienen ninguna cobertura sanitaria. La mortalidad materna por cada 100.000 nacimientos es un ejemplo del efecto de las desigualdades, más terrible cuando se sabe que de las 530.000 mujeres muertas al año durante el embarazo o parto, la mayoría, ¾, se podrían evitar con intervenciones de bajo coste.