¿Qué es Alepo? Preguntaba con evidente desorientación a principios de septiembre el candidato presidencial estadounidense, Gary Johnson, en respuesta a una interrogante de especial relevancia sobre política exterior, que le destinara un periodista. Es obvio que el tópico subyacente en la pregunta del periodista, iba acorde con la vitalidad que estos asuntos representan para una nación que hace alarde de su peso en el mundo.
Aunque inesperada, esta ignorancia en materia internacional, o geopolítica si se quiere, mostrada por un postulante al máximo puesto de mando de Estados Unidos, refleja una realidad incomoda pero presente en gran parte de la población a nivel mundial. Esto así, debido a que a pesar de la cobertura fluida que se le ha otorgado a la guerra civil en Siria a través de los años, el manejo de los medios refleja un claro contraste entre los eventos bélicos en Medio Oriente y aquellas tragedias puntuales que tienen lugar en nuestro terreno (occidente), a pesar de que esto último sea consecuencia directa de lo primero.
Entrando en materia podemos indicar que, previo al inicio del conflicto sirio, el cual tuvo lugar en el 2011 como una derivación de las protestas enmarcadas dentro de la Primavera Árabe, la ciudad de Alepo estaba consignada como la más grande, poblada (2,3 millones al 2010) e industrializada de Siria. Por si fuera poco, su valor arqueológico y cultural ha sido de escala mundial, contando con ciudades antiguas y mezquitas que datan de los siglos XII y XIII, lo que le valdría el reconocimiento de ser declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.
En un inicio, la guerra solo se había estado desarrollando en las ciudades de Daraa (epicentro de las protestas del 15 de marzo del 2011), Hama, Homs durante el primer año, por lo que sería en el 2012 cuando Alepo finalmente se ve inmersa en la lucha entre rebeldes u oposición siria, y las fuerzas armadas estatales. Esto terminaría por crear una división casi simétrica de la ciudad (este y oeste de Alepo) que generaría a su vez una guerra estática en la cual, tras casi 5 años de conflicto, no se había podido vislumbrar un sector beligerante predominante en la zona.
Sin embargo, luego de una notable ausencia en las portadas de los medios, como resultado del punto muerto en que se encontraba el conflicto a raíz de los desacuerdos entre potencias mundiales y regionales con intereses en Siria, el panorama daría un giro inesperado. De ahí que, con la precisión cronológica que demandan las estrategias en materia internacional, el gobierno sirio apoyado por Rusia e Irán, iniciaron una fuerte ofensiva el 15 de noviembre que ha cambiado por completo el escenario.
En un claro provecho del éxtasis y desconcierto post electoral de Estados Unidos, la coalición pro gubernamental logró en base a una coordinada ofensiva, consistente en fuertes bombardeos aéreos y avance terrestre, ingresar a zonas previamente controladas por grupos rebeldes y yihadistas, haciéndose con el 90% de las mismas.
Ante el desconcierto generado por esta nueva ofensiva, la cual por su intensidad y avance trae al recuerdo la táctica de “Guerra Relámpago” (Blitzkrieg), ideada por los Nazi en diferentes batallas durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, parte de la Comunidad Internacional se ha unido al llamado de la ONU para buscar una salida al consecuente drama humano que se deriva de los enfrentamientos. En efecto, se estima que la población civil que reside en las zonas contraladas por rebeldes y que hoy se encuentran bajo asedio suman unas 250,000 personas, de las cuales se presume que 100,000 serían niños.
Tal realidad llevó a que desde la Unión Europea y la Organización de las Naciones Unidas, apoyados en Estados Unidos presionaran para que se llevara a cabo un alto al fuego que permitiera la evacuación de civiles atrapados en el fuego cruzado. No sería sino hasta el jueves de la semana pasada, cuando finalmente se establecerían las condiciones para la tregua humanitaria que, por desconfianza mutua entre las partes enfrentadas, terminaría por ser disuelta menos de 24 horas después.
A la fecha el Observatorio sirio de Derechos Humanos indica que se han podido evacuar unas 130,000 personas, lo que representa una válvula de escape si se toma en cuenta las condiciones mínimas para los habitantes, al juzgar por los considerables daños a la ciudad en materia de infraestructura, carencia de alimentos y, sobre todo, la precaria asistencia en hospitales debido a la muerte de médicos y destrucción de los mismos. Con el alto al fuego del jueves, se preveía la evacuación de más civiles e incluso combatientes heridos, los cuales serían transportados a provincias aledañas.
Es justamente en esta coyuntura en la cual el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, uno de los principales actores externos en la larga guerra siria, ha buscado sacar capital político y diplomático al ofrecer asilo a los civiles victimas de batalla en Alepo, a la vez que dirige fuertes críticas a la Mancomunidad europea por su pasividad para con los refugiados en sentido general. Dicha iniciativa se produce en provecho de la captación de potenciales evacuados que están siendo trasladados principalmente a Idlib, provincia que posee cruces fronterizos con Turquía y actualmente bajo el control rebelde, lo que a su vez le convierte en una vía predilecta para el contrabando.
Son las características citadas de Idlib, las que para muchos analistas la hacen pasible de convertirse en el próximo epicentro del conflicto, tras una eventual y casi segura conquista total del Alepo por parte del régimen de Al Asad. Sucede que con anterioridad al inicio de la actual ofensiva gubernamental, el presidente sirio había proyectado que la misma sería la punta de lanza de otros enfrentamientos que permitirán la “liberación” de zonas bajo control rebelde. A estos les dejaría como única opción huir a Turquía o morir en combate.
Con la toma de Alepo, Al Asad y sus aliados se anotarían una clara victoria en términos geopolíticos, además de mostrarse re oxigenados al conseguir el dominio de las cuatro principales ciudades sirias. Por un lado Rusia ha resurgido como un actor predominante dentro del ámbito internacional, lo cual se acentúa ante las claras y para muchos preocupantes muestras de afinidad con el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump; por otra parte, Irán busca consolidarse como un claro rival de Arabia Saudí en la región, toda vez que esta iniciativa tiene el objetivo final de desplazar al régimen monárquico Saud como el líder hegemónico del Islam ortodoxo en Medio Oriente.
No obstante las victorias exhibidas, las fuerzas gubernamentales están lejos de contar con la fuerza que mostraban al inicio de la guerra civil, lo cual quedó evidenciado con la perdida de la histórica y emblemática ciudad Palmira, a manos del Estado Islámico.
Habrá que esperar a que terminen los enfrentamientos, para poder pasar un balance objetivo del coste humano y el peso propagandístico que, como consecuencia de los resultados, puedan sacar las partes en conflicto.
Durante el transcurso de la guerra civil, Alepo se ha constituido en una especie de termómetro a escala menor, tanto en términos de correlación de fuerzas, como en la intensidad de las batallas que en ella han tenido lugar. Hoy en día el dedo acusatorio no tiene un actor exclusivo, y el sentido de mea culpa por la falta de soluciones a las víctimas humanas ya ha sido asumido por el presidente saliente Barack Obama, en una forma de aceptar parte de la responsabilidad de su gobierno.
El futuro de Siria sigue siendo incierto, mientras las negociaciones y entendimiento entre las potencias siguen estando a la merced de los intereses y posturas de una que otra administración. Mientras tanto Alepo sigue siendo un ejemplo de que los intereses suelen con frecuencia anteponerse a la capacidad de convivencia y a la razón, cuando lo que está en juego es el poder y la búsqueda desenfrenada de su consolidación…