Los pronósticos de que se estaba reduciendo el ritmo de un 2,4 % el crecimiento mundial en 2016, respecto de las proyecciones del 2,9 % que se sostenía, es la bienvenida al 2017. Situación derivada del lento crecimiento de las economías avanzadas, fruto de que los precios constantemente produjeron en los bajos de los productos básicos, el flojo comercio mundial y la disminución de los flujos de capital que se desplazaban en los mercados financieros internacionales.
Pero es que el contexto dinámico de los mercados emergentes y las economías en desarrollo exportadores de productos básicos han tenido dificultades para adaptarse a la disminución de los precios del petróleo y otros productos básicos clave. Al cierre del 2016 se ha podido contrastar que estas economías crecieron, en promedio, a un ritmo del 0,4 %, lo que representa una baja de 1,2% respecto de las perspectivas que se tenía previsto.
Hay que resaltar que este crecimiento lento sugiere las razones por las cuales es crucialmente importante que los países apliquen políticas orientadas a impulsar el crecimiento económico y mejorar el nivel de vida de las personas que subsisten en la pobreza extrema. Pues el crecimiento económico sigue siendo el motor más importante de una reducción de la pobreza, y por eso debe ser una prioridad la preocupación profundamente la marcada desaceleración del crecimiento en los países en desarrollo exportadores de productos básicos ocasionados por la caída de los precios de esos productos.
En un contexto de debilidad del crecimiento, la economía mundial enfrenta graves riesgos, entre lo que se destacan una desaceleración más profunda en los principales mercados emergentes, cambios pronunciados en la actitud de los mercados financieros, estancamiento en las economías avanzadas, riesgos geopolíticos en diversas partes del planeta y preocupación respecto de la eficacia de la política monetaria para impulsar un crecimiento más sólido.
Las mediocres perspectivas de crecimiento en los mercados emergentes y las economías en desarrollo podrían ralentizar o incluso invertir los avances que han realizado para llegar a los niveles de ingresos de las economías avanzadas, el cual es más preocupante si se observa que se proyecta un crecimiento de la economía mundial del 3,4% en 2017.
En adición, se observa que la desaceleración en China, el fortalecimiento del dólar en los mercados de divisas, la inestabilidad de los precios del petróleo y las tensiones geopolíticas son algunos de los principales factores de riesgos significativos que corren las principales economías de mercado y rebaja la previsión de crecimiento económico mundial para este 2017. Por igual, Uno de los riesgos más importantes que observa el FMI, es una escalada de las tensiones geopolíticas actuales en una serie de regiones, lo que puede afectar a la confianza y perturbar el comercio mundial, los flujos financieros y el turismo, fruto de que los nuevos choques económicos o políticos en los países que actualmente ya experimentan dificultades económicas podrían hacer descarrilar sus planes de aceleración.
La preocupación por el crecimiento de la economía es mucho mayor si se pondera que al cierre del 2016 se tiene la certeza de que la población global se ha situado en 7.295.889.256 personas, lo que supone un aumento en un 1,08% frente al de 2015. Y donde China es el país más poblado del mundo, con 1.374 millones de habitantes, pero las proyecciones indican que la población mundial podría llegar a 9500 millones en el año 2050 y 10,900 millones en el 2100.
Hay que destacar que el crecimiento demográfico constituye uno de los grandes problemas que enfrenta la humanidad, dada su complejidad y a que esencialmente se origina de manera natural, la reproducción, que además constituye uno de los derechos elementales de todo ser humano, resulta de difícil solución. Esto así, ya que las mayores tasas de crecimiento demográfico se observan, en general, en los sectores más pobres y marginales, sobre todo del llamado tercer mundo, sumergidos en una pobreza estructural que perturba su futuro.
Este crecimiento ilimitado de la población mundial conduce inexorablemente al deterioro del ambiente, que sí es limitado en tiempo y espacio y produce, como nos muestra la realidad, profundas asimetrías sociales en cuanto a condiciones y calidad de vida que son cada día más graves e inaceptables éticamente. Esto es más preocupante ya que las evidencias empíricas ponen de manifiesto que la mayoría de las personas que sufren de hambre en el mundo viven en países en vías de desarrollo y que hay 895 millones de personas que padecen de hambre en el mundo y un 98% de estas viven en países en vías de desarrollo.
Es en ese contexto que hay que destacar que la clave para poner fin a la pobreza está no solo en el crecimiento económico, sino también en la importancia de reducir las desigualdades entre los que tienen más y los que menos tienen, el 40% más pobre. Pero es que si bien el crecimiento económico ha sido clave para mejorar la vida de los más pobres y ha permitido que los ingresos del 40% más vulnerable de América Latina hayan mejorado más que el total de la población, no ha sido del todo equitativa.
Es a raíz de esa realidad que el índice de desarrollo humano, IDH, se creó para hacer hincapié en que las personas y sus capacidades, y no el crecimiento económico por sí solo, deben ser el criterio más importante para evaluar el desarrollo de un país. El IDH, que abarca 185 países, es un indicador sintético de los logros medios obtenidos en las dimensiones fundamentales del desarrollo humano, a saber, tener una vida larga y saludable, adquirir conocimientos y disfrutar de un nivel de vida digno, lo que aun resulta rezagado.