Para una buena compresión de la temática en análisis, debemos iniciar estableciendo que todas las economías del mundo están basadas en bienes y servicios derivados de los recursos naturales en el cual la vida humana depende de la capacidad que tengan los ecosistemas para proporcionar múltiples beneficios y que la explotación de los recursos naturales han conducido a una situación de disminución de la capacidad de los ecosistemas para producir bienes y servicios. Por igual, hay que precisar que la economía crece, pero tambien crece más la destrucción del medio ambiente.
En esa misma dirección sabemos que a partir de 1980 hasta la actualidad el tamaño de la economía mundial se triplicó y la población ha aumentado en más de 30%, esto es, 6,500 millones más de habitantes y se estima que en los próximos 50 años el tamaño de la economía mundial se quintuplique, y la población llegará a más 9.000 millones habitantes. En adición, se espera que la demanda de alimentos básicos, arroz, trigo y maíz, aumente en 40% para el 2020, en tanto, que la demanda de agua se incremente en un 50% y que el consumo de madera se duplique en el 2025, tambien que en todo el mundo los gobiernos gastan más de US$700.000 millones anuales para subvencionar prácticas relacionadas al uso del agua, energía, transporte, agricultura y silvicultura.
Esa realidad pronosticada implica que estaremos asistiendo a una mayor presión sobre el medio ambiente y más notorio serán las huellas ecológicas, entendiendo por esta el área de territorio ecológicamente productivo necesario para producir los recursos utilizados y para asimilar los residuos producidos por una población dada que permite cuantificar aproximadamente estos límites. En efecto, se estima que en la actualidad la huella ecológica media por habitante es de 2,8 hectáreas, lo que multiplicado por los más de 6700 millones de habitantes supera con mucho, incluyendo los ecosistemas marinos, la superficie ecológicamente productiva o biocapacidad de la Tierra, que apenas alcanza a ser de 1.7 hectáreas por habitante, por lo que puede afirmarse que, a nivel global, estamos consumiendo más recursos y generando más residuos de los que el planeta puede generar y admitir, produciéndose así un déficit ecológico, es decir, la diferencia entre huella ecológica y biocapacidad.
Hay que destacar que una sociedad será sostenible sólo si lo es en un triple sentido:
económico, social y ambiental. Estos tres ejes son indisociables, pero económicamente, hace falta que el sistema cubra las necesidades de las personas, por tanto, para que sea viable a largo plazo hace falta que se haga explotando los recursos de una forma que no lleve a su agotamiento y que permita, además, mantener todos los servicios ambientales básicos que proveen los ecosistemas, regulación del clima, autoregeneración y mantenimiento de la biodiversidad.
La economía ambiental ha intentado proporcionar indicadores que simplifiquen la compleja información cuantitativa. Pero desde un punto de vista objetivo, y dada la complejidad de cálculo y obtención de los datos, los indicadores de desarrollo sostenible deben servir para permitir realizar un diagnóstico de los problemas, analizar su evolución y ayudar a determinar los objetivos a conseguir, en el entendido que la economía ambiental tiene como característica el hecho de que realiza un análisis del medio ambiente en términos económicos y cuantitativos, es decir, en función de precios, costes y beneficios monetarios.
Pero resulta que migrar hacia una economía verde a nivel mundial es un paso fundamental para alcanzar el desarrollo sostenible, y los países en desarrollo están bien posicionados para contribuir a catalizar este cambio, dado que en las últimas dos décadas, el comercio continuó desarrollándose y generando progreso y crecimiento económico para erradicar la pobreza en los países en desarrollo. Bajo estas premisas, entonces, la economía verde es la que mejora el bienestar del ser humano y la equidad social, a la vez que reduce significativamente los riesgos ambientales y las escaseces ecológicas, pues en su forma más básica, una economía verde es aquella que tiene bajas emisiones de carbono, utiliza los recursos de forma eficiente y es socialmente incluyente.
Hay que poner de relieve que las presiones y tensiones ambientales son ahora fenómenos omnipresentes que aparecen en todos los sistemas económicos y que el conjunto de las herramientas básicas que el análisis económico utiliza para abordar el estudio agregado de una determinada realidad económica es el derivado de la llamada contabilidad nacional. Mientras los indicadores económicos como la producción o la inversión han sido, durante años, sistemáticamente positivos, los indicadores ambientales están resultando cada vez más negativos, mostrando una contaminación sin fronteras y un cambio climático que degradan los ecosistemas y amenazan la biodiversidad y la propia supervivencia de la especie humana.
La asignación de un valor de mercado a bienes y servicios ambientales permite que esta variable se considere en función de cuatro elementos básicos entrelazados entre si, como son la sostenibilidad ambiental, la cual se refiere a la capacidad de poder mantener los aspectos biológicos en su productividad y diversidad a lo largo del tiempo, la sostenibilidad económica, que se refiere a la capacidad de generar riqueza en forma de cantidades adecuadas, equitativas en distintos ámbitos sociales que sea una población capaz y solvente de sus problemas económicos, la sostenibilidad política, se refiere a redistribuir el poder político y económico, que existan reglas congruentes en el país, un gobierno seguro y establecer un marco jurídico que garantice el respeto a las personas y el ambiente y la sostenibilidad social, la cual se refiere a adoptar valores que generen comportamientos como el valor de la naturaleza, principalmente mantener niveles armónicos y satisfactorios de educación y concientización ya que así apoyas a la población de un país puede superarse y mantener un buen nivel de vida.