En los años 90, Bilbao, en el Norte de España, era una ciudad muy sucia y descuidada.
Generaba y acumulaba mucha contaminación y sus infraestructuras estaban en pésimas condiciones y obsoletas.
Para colmo, Bilbao era azotada para entonces por una terrible ola de delincuencia. La situación de inseguridad era insoportable para residentes y visitantes.
El Ayuntamiento de Bilbao lanzó un ambicioso programa para renovar la urbe. Un verdadero megaproyecto, que incluyó limpiar la ría, instalar una línea de metro y la construcción de obras de gran envergadura.
El resultado fue que las propiedades privadas se revalorizaron, es decir que las casas y el suelo aumentaron de precios, la ciudad tomó auge y generó mayores ingresos para el ayuntamiento, que pudo así saldar a tiempo sus empréstitos.
Hoy Bilbao es una de las ciudades de España más prósperas y con mejor calidad de vida para sus habitantes.
Esto viene a cuento porque la República Dominicana, en particular la Capital, carece de instalaciones adecuadas para la presentación de grandes espectáculos deportivos, artísticos y de otra índole, incluyendo políticos y religiosos.
A menudo, los cronistas deportivos se quejan de este problema, y dicen que mientras en otros asuntos se gastan millones, el deporte dominicano está huérfano de estadios y canchas.
Pero por qué hay que hacer ver a las autoridades y al empresariado que construir recintos estandarizados a nivel mundial constituiría una inversión altamente rentable con beneficios económicos y de imagen para la nación.
Para el año 2013 nuestro país ganó el Clásico Mundial de Béisbol, y ni en aquella ocasión, ni para defender el título en el primer trimestre de este 2017, pudimos montar como local siquiera una pata de ese torneo tan importante y lucrativo.
A pesar de la estatura internacional de nuestro béisbol, no contamos con estadios en condiciones y capacidad para ser homologados por la Mayor League para celebrar partidos con tales exigencias.
Homologar un estadio significa que tenga condiciones de calidad estandarizas por Grandes Ligas en materia de capacidad y comodidades para el público, un primer lugar en áreas de alimentación y bebidas, seguridad, parqueos.
También condiciones técnicas adecuadas, de iluminación para transmisiones de televisión, facilidades eléctricas y tecnológicas.
En realidad, por la importancia que reviste el béisbol en la idiosincrasia y la economía del país, deberíamos tener varios estadios aptos para competencias de alto nivel. Al menos dos en Santo Domingo y uno más por cada región.
Tomemos en cuenta que muchos turistas, incluso de países sin tradición beisbolera, como España, cuando vienen al país en temporada de pelota les piden a sus anfitriones que les lleven al play para tener la experiencia de ver un partido profesional.
Gestionar los recintos de deportes profesionales en esta época presenta oportunidades de marketing que lo hacen más factible, por las diversidades de opciones para actividades a celebrar en ellos.
Incluso, en estos tiempos es muy usual que los estadios de grandes ciudades se presten para llevar nombres de las principales marcas comerciales que pagan sumas jugosas por la proyección publicitaria que obtienen así.
La Selección Nacional de Voleibol Femenino se ha convertido en la más genuina representación deportiva de nuestro país, un orgullo, y está tan cotizada que se sitúa entre las seis primeras clasificadas en el ámbito mundial.
Acabamos de disputar el primer lugar de la XVI Copa Panamericana de Voleibol Femenino en Perú, donde nuestra Reinas del Caribe obtuvieron una meritoria medalla de plata frete a la Selección de Estados Unidos.
Este partido fue llevado por televisión a todo el país gracias a la iniciativa del Gobierno dominicano.
Pero el llamado Palacio del Voleibol de Santo Domingo acoge poco más de cuatro mil fanáticos, lo que no está a la altura de la trascendencia del Equipo Nacional Femenino y su capacidad de atracción de público.
El Palacio de los Deportes Virgilio Travieso Soto está completamente deteriorado, y el diagnostico de expertos es que lo mejor sería demolerlo y sustituirlo con una instalación similar a la Arena del Cibao, ubicada en Santiago.
La Arena del Cibao fue reconstruida y modernizada por la gestión del presidente Leonel Fernández que la convirtió en la instalación más apropiada y confortable para deportes y espectáculos de que dispone el país.
Al Palacio de los Deportes o “Media Naranja”, de la Capital, en cambio, se la ha adaptado aire acondicionado, pero esa aclimatación solo funciona en los primeros días de ser reparado, por lo que la humedad acumulada producto del calor convierte el lugar en una sauna y torna resbaloso el tabloncillo en los partidos de baloncesto, donde los atletas corren riegos de lesiones.
La Federación Internacional de Baloncesto (FIBA) decidió que las jornadas clasificatorias se jueguen en partidos de ida y vuelta, como en el Futbol, pero la verdad es que fuera de la Arena del Cibao, que tiene también sus limitaciones, este país tendría dificultades muy serias para montar esos encuentros bilaterales.
Igualmente, se ven afectados los espectáculos artísticos que se realizan allí, con el agravante de que el Palacio de los Deportes presenta condiciones acústicas terribles, que impiden disfrutar a plenitud de la música.
El Estadio Olímpico Juan Pablo Duarte, el principal para atletismo y futbol en el país, tiene un deterior evidente en su pista para campo y pista y del terreno para balompié.
Mientras que el Coliseo Teo Cruz para Boxeo y Lucha Libre no tiene condiciones para albergar ninguna de esos dos deportes-espectáculos.
La gimnasia, donde en los últimos años hemos tenido algunos avances en competencias mundiales, tampoco cuenta con instalaciones para que el público criollo pueda disfrutarla.