Los desastres naturales por su magnitud e impacto en las pérdidas de vidas humanas y en la economía han ocupado la atención de los diferentes organismos multilaterales y gobiernos del planeta. En tal sentido, las naciones unidas en su área especializada lo interpreta como aquellos sucesos en los que mueren más de cien personas o el costo económico de los mismos cuando supera el 1% del PIB del país en el cual se produce.
En igual dirección, la estrategia internacional para la reducción de desastres (EIRD), enfoca que un desastre es la interrupción seria del funcionamiento de una comunidad o sociedad que causa pérdidas humanas y/o importantes pérdidas materiales, económicas o ambientales, que exceden la capacidad de la comunidad o sociedad afectada para hacer frente a la situación utilizando sus propios recursos. Pues estos pueden ser múltiples y diversos que ocurren de manera espontánea.
Estos sucesos naturales van desde un terremoto, un Ciclón, Tsunami o epidemia de salud de manera catastrófica, pero en todo caso impacta en la vida de seres humanos y la economía en sentido general. Pero resulta que en los últimos años hemos asistido aturdidos a una sucesión de fenómenos naturales en distintas partes del planeta con consecuencias devastadoras en términos de pérdida de vidas humanas, destrucción de viviendas e infraestructuras y calamidades para las poblaciones afectadas.
El proceso de deterioro ambiental, acelerado en las últimas décadas, es el blanco perfecto como factor explicativo de muchos de los eventos desencadenados. Pero es que la fuerza imprevisible, incontrolable e inconmensurable de la naturaleza se rebela, aparentemente, contra las agresiones humanas, y es aquí donde el concepto de calentamiento global antropogénico se refiere precisamente al cambio climático causado por el género humano.
Al observar las imágenes de la desolación provocada por un desastre natural es difícil no sentirse impactado y angustiado, y no experimentar una sensación de pesimismo ante el panorama económico en principios. Sin embargo, a pesar de la formalidad que acompaña históricamente a la economía, esta permite a los economistas llegar a introducir ciertas dosis de optimismo sobre la producción ya que para algunos economistas es improbable que dicho efecto persista.
Unos de los desastres natural que mas ha llamado la atención de los economistas para evaluar los desastres económicos es el caso del terremoto que devastó en 1995 la ciudad japonesa de Kobe y que ha permitido múltiples estudios sobre la capacidad de recuperación económica tras una catástrofe de tal magnitud, considerada como el seísmo más severo que, hasta entonces, había afectado a una área urbana moderna. El daño al stock de capital se cuantificó en 100.000 millones de dólares y las previsiones formuladas inmediatamente cifraban en un período no inferior a 10 años necesario para la reconstrucción y la recuperación económica.
Pero de manera sorprendente, para marzo de 1996, esto es, menos de 15 meses después del evento, la industria se encontraba en un nivel del 98% de su tendencia previa al fatídico suceso. A partir de entonces, Japón elaboró estrategias de previsión y recuperación que han beneficiado a su economía, así como generar confianza en su mercado y la inversión extranjera en ese pais.
En el caso de los países en vías de desarrollo, la ocurrencia de grandes desastres provoca, además, una ralentización, o incluso anulación, de su crecimiento económico real ya que el gasto destinado a la rehabilitación y reconstrucción de las zonas afectadas se sacrifica por proyectos propios de desarrollo a mediano y largo plazo, afectando de esa forma a la inversión destinada a mejorar las condiciones sociales en general. Para que se tenga una idea mas objetiva de tal situación, están las evidencias de la destrucción de infraestructuras en algunos países, de por sí deficientes, requiere utilizar recursos que podrían invertirse en actividades productivas, paralizando el progreso de la actividad económica y, más importante, destruye el empleo de los sectores productivos formales e informales.
A luz de los acontecimientos ocurridos en muchos países de America Latina y el Caribe acerca de los desastres naturales, se entiende mejor la propuesta formulada por la Republica Dominicana ante la 72 asamblea general de la ONU para la creación de un fondo de emergencia para enfrentar las consecuencias de estos fenómenos. Por tanto, no es una propuesta en vano la que se ha formulado y es necesario que los países mas afectados sean los que lideren esta propuesta como mecanismo preventivo, dado su potencialidad repetitiva.