El 12 de octubre de 1979, Gustavo Carvajal Moreno, entonces presidente del Partido Revolucionario Institucional (PRI), junto a dirigentes de la talla de Tomás Borge, del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN); Rubén Berríos, del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP); José Francisco Peña Gómez, del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), y otros dirigentes de nuestra región, celebraron la asamblea constitutiva de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (Copppal), conscientes de que necesitábamos de un instrumento de carácter continental que sirviera para definir una agenda encaminada a afianzar nuestra identidad, partiendo de los valores políticos, sociales y culturales que la dinámica de la historia fue engendrando para construir la latinoamericanidad que debe impulsar la integración de lo que Haya de la Torre llamó, Amerindia.
Las bases de ese objetivo estratégico fueron estampadas en la Declaración de Oaxaca, un documento que, por su contenido, definió de inicio, el carácter filosófico e ideológico de esta organización. Sería indispensable en lo adelante, para los partidos políticos que quisieran formar parte de nuestra entidad, suscribir este credo, y así lo han establecido nuestros estatutos, desde el original, hasta las últimas modificaciones autorizadas en la Asamblea Plenaria celebrada hace trece meses en Asunción, Paraguay.
Para cuando se produjo aquel hecho histórico, el actual presidente de la Copppal, en su desorientada mocedad, merodeaba por las calles de Santo Domingo, en medio de la maraña ideológica y política que revoloteaba el los cerebros de los adultos que adolescentes y jóvenes querían seguir, buscando las ideas que encajaran con la formación de sus padres, buscando asumir compromisos que lo llevaran a la militancia partidaria, como en efecto ocurriría, sin que se diera cuanta por muchos años de que existía una organización de partidos políticos latinoamericano que había consensuado un documento que interpretaba la realidad del momento político en que se redactó, y que hoy, aunque el escenario ha sido modificado por cambios importantes, parece interpretar la actual, como si su redacción se hubiera producido por estos días.
El compañero Gustavo, como el resto de los fundadores de la Copppal tenía claro, como expresaba aquella primera declaración en el primero de sus considerandos: “Que nuestra vocación por la unidad latinoamericana es la expresión política del ideal bolivariano, el cual queremos alcanzar por el camino de la no intervención y la decisión soberana de los pueblos”. Y continúa en otro de sus considerandos: “Que no es suficiente y eficaz el combate a la intervención y a la presión extranjera si en nuestros propios países crecen la desunión, la represión, la explotación y las desigualdades, y que la erradicación de las injusticias y el subdesarrollo no debe aplazarse por más tiempo; que nuestros países están desunidos por una innecesaria competencia entre unos y otros, y que la existencia de tensiones y problemas pendientes entre países de nuestro continente originan distanciamiento entre pueblos hermanos que atentan contra la acción unitaria y solidaria de América Latina, y plantean la urgencia de lograr soluciones pacíficas prontas y justas que no nos dividan y nos enfrenten para beneficio de los que nos explotan; que nada ni nadie, más que nosotros, y sólo nosotros, por la vía de la unidad combativa contra la intervención, explotación y presión extranjeras, haremos nuestra parte en la construcción de una América Latina libre y justa”.
Aquellas demandas y aspiraciones encajaban perfectamente en el contexto político en que se escribieron, pero no podemos negar que se ajustan a las demandas y aspiraciones de nuestros pueblos hoy día, como también se ajusta la proclama de: “La voluntad de los partidos políticos nacionalistas, revolucionarios, democráticos, antiimperialistas o socialistas que han proclamado su adhesión a la democracia social y plural de unir esfuerzos, de conformidad con sus respectivos estatutos y plataformas ideológicas, para contribuir a la integración e independencia total de América Latina, así como el deber de coordinar sus acciones, sus luchas cívicas organizadas, sus movimientos populares en defensa de la autodeterminación regional y sus decisiones concertadas para impulsar la firme defensa de los recursos naturales como base para el desarrollo nacional democrático e independiente de nuestros pueblos”.
A los quince años de su fundación, esto es, el 12 de octubre de 1994, una nueva declaración se producía en la misma ciudad de la primera, reiterando las mismas demandas, aquellas que hoy no han perdido vigencia como se puede leer en uno de sus enunciados de reclamo: “Nuestro rechazo a la guerra y a las intervenciones para imponer soluciones, y la defensa irrestricta de las soberanías latinoamericanas y caribeñas. Que la integración de estructuras productivas en un proceso de globalización que no corresponda al histórico ideal de integración latinoamericana corre el riesgo de imponer modelos incongruentes con la autonomía e intereses de los países menos favorecidos”.
Y para que veamos el parecido con la primera y lo que vivimos en la actualidad, continúa: “Nuestra preocupación porque muchos de los cambios ocurridos en América Latina en estos tres lustros no son producto de modificaciones surgidas de su interior, sino imposiciones externas. Es imperioso que seamos los propios latinoamericanos quienes retomemos la iniciativa; antes que esperar oportunidades debemos crearlas y asumir la iniciativa en la definición del rumbo que debe tomar el Continente”.
Recurrir a los documentos fundacionales de la Copppal nos lleva a la pregunta: ¿Se ha desviado nuestra organización en los últimos tiempos de su filosofía y los objetivos estratégicos que le dieron vida? La respuesta es no. Y lo es, porque nuestro rumbo avanza sin desvío en un nuevo contexto signado por la horizontalización de los medios de comunicación, como consecuencia del progreso en las tecnologías de la información y la propia comunicación, de la ciencia y el desarrollo de la inteligencia artificial que, a decir de expertos, cambiará, en poco menos de veinte años, hasta convertirlas en irreconocibles, dando paso a esquemas productivos diferentes y para lo cual debemos estar preparados.
Estos procesos de cambios que alterarán o modificarán la dinámica de la sociedad global, vendrán acompañados de los viejos problemas que se desprenden de la lucha por el poder y, como consecuencia, seguirá existiendo la lucha encarnizada por el control de los recursos naturales y los mercados, lo que nos llevará a enfrentarnos a las fuerzas hegemónicas que seguirán atentando contra nuestras soberanías por lo que el sueño por la unidad latinoamericana tendrá que renovarse sobre la base de reinventarnos, de revisar nuestro modelo económico y educativo, creando nuevas generaciones de innovadores y ciudadanos con sensibilidad por las artes y la cultura, no simples consumidores, porque solo con esta combinación avanzaremos de forma sustentable hacia el bienestar de nuestros pueblos.
Mirar el futuro, comportarse como una organización del siglo XXI, no es entregarse a los que pretenden diseñar la agenda latinoamericana en beneficios de sus propios intereses, bajo la presión de los grandes medios corporativos que responden a los predicados de los circuitos globales empresariales, que reprenden, castigan y pretenden avergonzar a los que no siguen sus recetas, siempre inspiradas en el despojo. Es necesario entender que los viejos problemas se presentan con nuevas formas, siendo en esencia lo mismo, podríamos decir, que tienen fenotipos diferentes con genotipos iguales.
Nuestros documentos fundacionales insisten en la construcción de una sociedad más justa y para ello debemos de crear alianzas estratégicas en nuestra región, en el que políticos, trabajadores, intelectuales, y empresarios progresistas, comprometidos con nuestra patria grande, que tengan conciencia de que deben actuar en su dinámica empresarial con responsabilidad social, porque solo ella pudiera crear el círculo virtuoso de ganar/ganar para romper con los círculos de pobreza que hacen de nuestra región la más desigual del planeta.
Las consignas no resuelvan los problemas de la sociedad, podrán ayudar a levantar banderas de luchas, a construir trincheras, pero nunca contribuirán al bienestar, porque para ello se necesita producir riquezas, sobre la base de la inversión, la cooperación y las alianzas estratégicas. Si no se producen riquezas no se pueden repartir riquezas, y aunque suene pragmático y desideologizado “lo importante no es de qué color es el gato, sino que cace ratones” como dijo el gran líder reformador chino Deng Xiao Ping, quien entendió el papel de la economía en el empuje de su país, acción que le abrió el camino al gigante asiático hacia la conversión de una potencia económica que reparte riquezas a sus ciudadanos, los que comienzan a tener, como ellos mismos dicen “una vida modestamente acomodada”.
Por ver en perspectiva la agenda, las demandas y sueños de la Copppal, el compañero Antonio Cafiero, pasado presidente de nuestra organización, siempre de la mano de Gustavo Carvajal, buscó acercamiento con los partidos políticos asiáticos agrupados en la Conferencia Internacional de Partidos Políticos de Asia (ICAPP) por sus siglas en inglés, acción que extendimos hasta el continente africano al colaborar con la formación del Consejo Permanente de Partidos Políticos de África (CAPP) también por sus siglas en inglés, en un esfuerzo por iniciar un diálogo políticos que desemboque en estrategias de negocios e inversiones con la visión de poner al ser humano como centro de estas acciones a los fines de alcanzar sociedades prósperas y justas.
Nunca hemos negado la importancia del mercado desde la Copppal, por el contrario, reconocemos de su importancia en el desarrollo de los pueblos; lo que sí consideramos es que frente a él debe haber un Estado fuerte que vigile su desempeño para que las grandes mayoría puedan sentarse a la mesa a disfrutar del manjar que éste pudiera producir, porque lo que resulta inadmisible es que los que se creen dueños de las riquezas que todos producimos, suelten a las grandes mayorías mendrugos que los mantengan en estado de miseria.
La Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe se mantiene apegada a los principios que le dieron origen, consciente de los retos y desafíos que les presenta la globalización y los revolucionarios cambios que trastornan la vida de las nuestras sociedades, y como consecuencia de nuestros partidos, que deberán también irse reinventando para no entrar en desfase y sucumbir.
Esta realidad, unida al deterioro de la institucionalidad democrática en la región, expresada en gobiernos surgidos de conspiraciones y no de la voluntad popular, debe ser un motivo para la revitalización de nuestra organización que, ahora más que nunca debe apegarse, como de hecho lo hace, a sus principios fundacionales.
Dichas estas palabras dejo abiertos los trabajos de esta XXXV asamblea plenaria.