Por: Margarita Cedeño | Acostumbrarnos a los propios problemas es una forma silenciosa de resignación que puede resultar más peligrosa que el problema mismo. Nos acostumbramos al apagón y compramos un inversor. Al tránsito caótico y salimos una hora antes. A un servicio que no funciona porque “así son las cosas”. A la violencia que sacude a una familia y que, después de unos días de indignación, desaparece de la conversación. Incluso nos acostumbramos a ver jóvenes que sueñan con marcharse porque sienten que las oportunidades están en otra parte.
Nos adaptamos para sobrevivir. Esa capacidad de adaptación, que tantas veces ha sido una fortaleza del pueblo dominicano, también puede convertirse en una trampa. Porque cuando una sociedad comienza a considerar normal aquello que debería corregir, deja de exigir su transformación.
La República Dominicana ha demostrado que puede avanzar. Hemos crecido, modernizado infraestructuras, ampliado derechos y construido importantes políticas sociales. Precisamente porque sabemos de lo que somos capaces, no debemos conformarnos con menos. El inicio del año escolar nos ofrece un ejemplo concreto. Más de 2.6 millones de estudiantes fueron convocados para el período 2026-2027. Sin embargo, el desafío ya no puede limitarse a abrir las puertas de las escuelas. Necesitamos conseguir que estar en la escuela signifique aprender más y aprender mejor. Esa debe convertirse en una gran causa nacional.
No podemos medir el éxito educativo solamente por la matrícula, el presupuesto, los uniformes, la alimentación o la infraestructura. Todo eso importa, pero el resultado decisivo ocurre cuando un niño comprende lo que lee, razona matemáticamente, desarrolla pensamiento crítico, aprende valores y adquiere las herramientas necesarias para construir su futuro.
Tampoco podemos acostumbrarnos a que una familia tenga que organizar su vida alrededor de la incertidumbre de los servicios básicos. En estos días, los apagones han vuelto a ocupar la conversación cotidiana. Para muchas familias y pequeños negocios, la respuesta ha sido comprar inversores, baterías, plantas eléctricas y reguladores. Es comprensible, porque cada persona procura proteger su hogar, su trabajo y sus ingresos.
Pero existe una diferencia enorme entre adaptarnos a un problema y aceptar que el problema permanezca.
Lo mismo sucede con la inseguridad vial, la violencia, el deterioro de los espacios públicos, la informalidad y la desesperanza de muchos jóvenes. Cuando aprendemos a convivir con estas situaciones sin cuestionarlas, la adaptación termina convirtiéndose en resignación.
¿Cómo evitarlo?
Primero, debemos recuperar una cultura de exigencia acompañada de propuestas. Exigir no significa destruir ni convertir cada problema nacional en una batalla política. Una democracia madura necesita ciudadanos capaces de reclamar resultados y autoridades suficientemente abiertas para escuchar, corregir y rendir cuentas.
Segundo, necesitamos colocar la calidad en el centro de la gestión pública. No basta con anunciar cuánto se invierte o enumerar las acciones realizadas. Debemos preguntarnos qué cambió después de invertir los recursos: ¿mejoró el aprendizaje?, ¿disminuyó el tiempo de espera?, ¿llegó el servicio?, ¿se resolvió el problema?
El indicador más importante de una política pública debe ser la vida que logró mejorar.
Tercero, debemos recuperar algo que ninguna ley puede imponer por sí sola: la responsabilidad ciudadana.
No podemos reclamar calles ordenadas mientras violamos las normas de tránsito; exigir ciudades limpias mientras lanzamos basura; pedir una mejor educación dejando toda la responsabilidad en manos de los maestros; ni reclamar instituciones fuertes mientras justificamos que las reglas se apliquen dependiendo de quién las viola.
Un país mejor también se construye desde las pequeñas decisiones de cada día. Pero hay algo todavía más importante y es que no podemos acostumbrarnos a perder la esperanza. Los dominicanos hemos atravesado momentos mucho más difíciles y hemos sabido salir adelante. Tenemos talento, creatividad, solidaridad y una extraordinaria capacidad de trabajo. Nuestra historia demuestra que, cuando encontramos un propósito común, somos capaces de superar diferencias y producir grandes transformaciones.
Por eso, la inconformidad no tiene que ser pesimismo. Puede ser esperanza en movimiento.
Podemos reconocer lo que hemos avanzado y, al mismo tiempo, decidir que todavía podemos hacerlo mejor. Podemos exigir sin destruir, corregir sin descalificar y construir sin renunciar a nuestras diferencias.
El progreso comienza precisamente ahí, cuando dejamos de decir “esto siempre ha sido así” y empezamos a preguntarnos: “¿Por qué tiene que seguir siendo así?”. No nos acostumbremos. Porque aquello que una sociedad acepta como normal termina definiendo el país en el que vive. Y aquello que decide transformar puede definir el país que deja a sus hijos.
Margarita María Cedeño Lizardo nace en Santo Domingo, República Dominicana. Son sus padres Luis Emilio Cedeño Matos y Margarita Lizardo de Cedeño, quienes con sus ejemplos de vida forjaron en ella los valores humanos, la laboriosidad y la sensibilidad social que la caracterizan.