Opinión

¿Son los palestinos hijos de Dios?

A propósito de lo que ocurre en la actualidad en el territorio de Israel y Palestina, a raíz de la decisión del Presidente Trump de convertir a Jerusalén en capital de la nación Judía, quiero reflexionar acerca del nuevo pacto establecido a través de las enseñanzas de Jesucristo y dejar a los que lean este artículo, la respuesta a la interrogante de su título.

El nuevo pacto esta esparcido en el Nuevo Testamento y se manifiesta en la promesa que Dios hace a la humanidad, de perdonar el pecado para restablecer la comunión con aquellos seres humanos que vuelvan voluntariamente sus corazones hacia él. Es Jesús de Nazaret el vocero del nuevo pacto, siendo su muerte en Cruz la esencia fundamental de la promesa. Ver Lucas 22:20. El nuevo pacto fue anunciado por Moisés, Jeremías y Ezequiel. Estos profetas anunciaron el nuevo pacto mientras el viejo pacto estaba vigente.

El antiguo pacto que Dios había establecido con su pueblo estuvo plasmado sobre obediencia absoluta a la Ley Mosaica, un conjunto de preceptos que contiene la ley moral, la ley ceremonial y la ley civil expresada en todos sus detalles por Moisés y dictada por el mismo Dios unos 1400 años antes de Cristo, ella abarca desde los episodios del Sinaí hasta la crucifixión misma, es decir, el calvario de Cristo. El propósito de esta ley esta cimentado en convencer a la humanidad de que es pecadora, exponiendo la magnitud del pecado, cuando compara sus vidas terrenales de goce carnal, con lo que Dios demanda. En ese mismo orden, la Ley debía educar a Israel para ser un modelo ante las naciones, instruir a través de ese paradigma al resto del mundo sobre el evangelio de salvación por gracia en Cristo. Ver Romanos 6:23 y Deuteronomio 29:4.

Moisés predijo el fracaso de Israel frente al antiguo pacto, pero luego el Profeta ve un tiempo de restauración y en ese momento moisés dice, “y circundará Jehová tu Dios tu corazón y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas”. El nuevo pacto supone un cambio total de corazón, para que el pueblo de Dios lo agrade de forma natural. Ver Deuteronomio 29:22 y 30:1,5.

Jeremías también profetizó el nuevo pacto cuando dijo: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá… Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” Jesús vino a la tierra para cumplir la Ley de moisés y para establecer el nuevo pacto entre Dios y su pueblo.

El antiguo pacto fue escrito en piedra, pero el nuevo se estableció sobre la sangre de Cristo. Ver Jeremías 31:31,33; Mateo 5:17; Juan 1:29 y Lucas 22:20.

Ezequiel se refiere al nuevo pacto cuando afirma: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os dar un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”. Ver Ezequiel 36:26-27.

El profeta puntualiza varios aspectos del nuevo pacto que el antiguo pacto no podía proporcionar. Ver Romano 3:20. El nuevo pacto fue dado a Israel incluyendo la promesa de ser fructíferos, un pacto de bendición y un pacto de una vida pacifica en la tierra prometida. Ver Ezequiel 36:28-30. Deuteronomio 30:1-5 contiene promesas similares relacionadas con Israel bajo el nuevo pacto. Después de la resurrección de Cristo, los gentiles también entraron en la bendición del nuevo pacto. En ese orden todos somos incluidos como pueblo de Dios. Hermanos, entonces, ¿Por qué le negamos a Palestina esa gracia? Ver Hechos 10; Efesios 2:13-14.

El nuevo pacto coloca la oportunidad de salvación en niveles holísticos, por lo tanto, afirmar que Israel es el pueblo de Dios es excluyente, de cara al nuevo testamento, porque en él el propio Dios encarnado abre a la generalidad de la humanidad la oportunidad de salvación. Ahora bien, no se puede negar la importancia de Israel y de las promesas que Dios le ha hecho, sobre el privilegio de ser el pueblo escogido en el primer pacto. Pero no se puede olvidar, las promesas del Dios encarnado, del verbo hecho carne, acerca de todos nosotros como incluidos en el plan del como muestra de su inmenso amor.

En el reino milenario que se profetiza para ser vivido en la tierra, como preámbulo de la ascensión al Cielo por toda la eternidad de los que se encuentren inscritos en el libro de la vida. No podemos olvidar, que ya no nos encontramos bajo la ley, sino bajo la gracia y que el antiguo pacto ya cumplió su función, siendo sustituido por “un pacto mejor”. Y podemos seguir citando la Santa Biblia sobre este tema, “pero ahora tanto mejor misterio es el suyo, cuando es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas”. Ver Romanos 6:14-15 y Hebreos 8:6. En el nuevo pacto se le otorga la oportunidad de salvación como un regalo.

Nuestra responsabilidad como cristianos es ejercitarnos en la palabra de Cristo, vivir la fe y buscar que los demás puedan conocer el camino que es Cristo, reconociendo que solo él puede abrirnos la puerta a la vida eterna, porque es el único que cumplió la Ley a favor nuestro, poniendo fin a los sacrificios de la Ley con su muerte en la Cruz, con el sacrificio que significó su pasión y muerte. Por vía del Espíritu dador de vida, viviente en todos los creyentes, podemos participar en la herencia del Hijo que es Jesucristo y alcanzamos el disfrute de una continua y permanente relación con Dios. Esto constituye un grandioso privilegio. Ver Efesios 2:8-9; Romanos 8:9-11 y Hebreos 9:15. A él sea la gloria por siempre.

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