Hablan los hechos

Intervención financiera: antesala de la Ocupación de Militar en 1916

Carlos F. Morales Languasco, otrora sacerdote, asumió la Presidencia de República en medio de la peor precariedad económica gubernamental, con presiones de los acreedores internacionales y de los caudillos locales que le ayudaron a conquistar el poder tras la llamada “Guerra de la Desunión”, y ya en enero de 1905 la situación lucía inmanejable.

Coherente con su objetivo de mantener los intereses europeos alejados del Caribe, zona de influencia norteamericana, el presidente Teodoro Roossevelt se adelantó al manifiesto interés de Alemania de comprar las acreencias belgas, holandesas e italianas, de acuerdo con el investigador estadounidense Sumner Welles, “para ocupar las aduanas y controlar el país”.

El Gobierno de Estados Unidos elaboró una Convención mediante la cual se comprometían a facilitarle al Gobierno Dominicano la contratación de un empréstito para refundir toda la deuda pública, pero con la que el control de las aduanas nacionales pasaba al control norteamericano.

El historiador y politólogo Franklin J. Franco, en su libro Trujillismo: Génesis y Rehabilitación, destaca al firmarse el “arreglo la deuda ascendía a 17,000.000.00 de dólares”, y que “el acuerdo originó una emisión de bonos dominicanos calculados en 20,000.000.00 de dólares, al 5 por ciento, amortizables en cincuenta años con el uno por ciento de amortización”.

Por la misma Convención, dice Franco, se creó “una Oficina de Obras Públicas, para administrar las obras de infraestructura, pagadas por el Estado Dominicano, pero manejada por funcionarios norteamericanos, designados también por el gobierno norteamericano y sujetos a la supervisión de la Secretaría de Guerra en Washington”.

“Se creaba una Receptoría General de Aduanas, dirigida por un funcionario nombrado por el Gobierno americano, que percibiría los derechos arancelario, y después de descontar las sumas necesarias para la amortización de la nueva deuda, entregaría el remanente al Gobierno Dominicano, que se obligaba a no contratar otros empréstitos, ni modificar las tarifas arancelarias sin la autorización del Gobierno garante”, reseña un prestigioso cronista de la época.

La alta probabilidad de una futura intervención militar estadounidense quedaba evidenciada en el artículo 2 de la Convención que rezaba: “El Gobierno de los Estados Unidos dará al Receptor General y a sus auxiliares la protección que estime necesaria para el cumplimiento de los deberes de éstos”.

Convención de 1907 entre EE.UU. y RD fue vista como un mal menor

Quienes más conscientes estaban de que suscribir una Convención como la propuesta por el Gobierno Norteamericano era equivalente a la pérdida de la Soberanía Nacional eran los funcionarios dominicanos que participaron en las discusiones del acuerdo, pero visiblemente impotentes, expresaban que el país, por su condición de “mal deudor”, no tenía otro camino.

Las entradas fiscales provenían entonces exclusivamente del cobro de impuestos aduaneros y arancelarios. Pasadas estas al control extranjero, los gobiernos criollos, convertidos en entelequias, dependerían de las migajas entregadas como limosna por el interventor financiero.

Don Emiliano Tejera, en las Memorias del Ministerio de Relaciones Exteriores de 1907, al referirse a la Convención aprobada por el Congreso Dominicano y el Senado de los Estados Unidos, expresa: “Nuestro patriotismo nos impulsaba a eliminar de ese tratado cuanto pudiera lastimar el sentimiento nacional y creemos que bastante se logró en ese sentido; pero no se pudieron dejar de aceptar ciertas restricciones exigidas por nuestra condición de deudores y con excepciones cortas de cerca de veinte años de malos deudores”.

“El pueblo y el congreso juzgarán nuestra obra, teniendo en cuenta las circunstancias en que ha sido llevada a cabo y no partiendo del supuesto de que la República nada debiera, y por consiguiente estaba en libertad absoluta de no hacer ningún Convenio o de hacer sólo lo que juzgase beneficioso”, continuaba Tejera refiriéndose a la Convención.

Y concluía de la manera pesimista, muy en boga entonces: “No sé si me engañe mi amor a este país siempre tan desdichado, pero paréceme que el empréstito que se ha convenido es el complemento de la fecunda revolución de julio de 1899. Entonces cayó el principal sustentador del sistema que tanto dinero ha costado al contribuyente dominicano, ahora va a destruirse el sistema por completo”.

Es obvio que Tejera, entonces Ministro de Relaciones Exteriores, se refería a la caída de Lilís y a las consecuencias traídas al país por el desorden en la administración pública.

Del tambaleante gobierno de Morales a la guardia de Mon Cáceres

Producto su ascenso al poder de apoyos coyunturales de los caudillos políticos y militares, al Presidente Morales Languasco se le hizo imposible mantenerse en el cargo, y a duras penas, de amarre en amarre, logró permanecer en el mismo dos años y un mes.

Los verdaderos caudillos durante el tiempo en que le tocó gobernar a Morales Languasco eran Horacio Vásquez, Juan Isidro Jimenes y Ramón Cáceres, a la sazón vicepresidente de su gobierno, no por adhesión sino por conveniencias políticas.

La situación del gobernante le hacía vulnerable con tantas presiones por prebendas y otros favores gubernamentales, manifestándose en alzamientos permanentes que nunca se detuvieron por más fusilamientos y aplicaciones de “ley de fuga” ejecutadas por el ejército.

Se acusa a Morales de haber tenido falta de tacto al rodearse, ya en el gobierno, de peligrosos enemigos de los mismos caudillos que le ayudaron a subir, como fue el caso del famoso Cabo Millo, que habiendo motorizado el derrocamiento de Vásquez pretendió designarlo Comandante de Armas.

La esperanza de Morales de poder ejercer la autoridad estaba en el respaldo esperado del Gobierno de los Estados Unidos por su actitud entreguista encaminada a la firma de la Convención, cuya primera versión fu suscrita en 1905.

Un hecho que preocupó a los dominicanos, sobre todo a los capitaleños, fue cuando el 7 de diciembre de ese año se desprendió de un crucero norteamericano fondeado en el Placer de los Estudios “una fila de botes con ametralladoras y tropas de desembarco, rumbo hacia el Ozama, donde estaba anclado otro barco de la misma nacionalidad, ocasionando una gran alarma”, según reseñan publicaciones de la época.

El historiador Luis F. Mejía refiere que el ministro Dawson, representante norteamericano en el país, declaró que el movimiento de tropas “se trataba únicamente de ejercicios navales sin propósito alguno de hostilidad ni de desembarco”. El autor cree que “es muy probable que tales maniobras tuvieran un fin velado de intimidación para ayudar a Morales a resolver favorablemente la crisis política del momento”.

Cualquiera que fuera el objetivo del movimiento, lo cierto es que no tuvo ningún resultado positivo, y si pudo haber provocado una desgracia inestimable, puesto que, ante “la actitud enérgica de Luis Tejera (comandante de Armas)”, quien según el historiador estuvo “dispuesto a disparar, los botes siguieron de largo”.

Se ve que Morales hizo ingentes esfuerzos por componer fuerzas que le permitieran conservar el poder, pero los caudillos que le adversaban tenían prácticamente el control político y militar del país. Sus maniobras aceleraron su caída, con la desgracia de que se le fracturó una pierna camino al Sur del país, viéndose obligado a refugiarse en una cueva.

El Gobierno quedó en manos del Consejo de Ministros, instancia que presentó ante el Congreso Nacional la acusación contra el gobernante de “alteración del orden público”. Hubo esta vez una “mediación amistosa” del ministro norteamericano Dawson, convencido de que los enemigos de Morales eran capaces de pasarlo por las armas.

“Entre los hombres del Gobierno, al saberle enfermo, hubo también quienes lo compadecieron, recordando la vieja amistad, y se dispusieron a evitar su sacrificio; pero a cambio de su renuncia”, resalta el autor citado más arriba.

“Don Emiliano Tejera y el Ministro Dawson salieron a buscarle con garantía de su persona, y le trajeron a la ciudad. Después de renunciar a la Presidencia, se embarcó para el extranjero en el buque de guerra americano “Dubuque”. El Vicepresidente Cáceres fue invitado a asumir la Presidencia.

Con ese cuadro propio del canibalismo político que vivió el país durante las primeras décadas del siglo XX comenzó el régimen de Mon Cáceres, cuya siniestra guardia, instrumento represivo de su gobierno, todavía es referente en la accidentada historia dominicana.

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