Hablan los hechos

Sangre de Mon y lágrimas de Horacio en camino a Ocupación de 1916

Todos los gobiernos surgidos en el país en los años que antecedieron a la Ocupación Militar Norteamericana de 1916 nacían con el cáncer de la división en las mismas entrañas. El iniciado por Ramón Cáceres (Mon) en enero del 1906 no fue la excepción.

No bien se había sentado en la poltrona presidencial tras la renuncia forzada del Presidente Carlos F. Morales Languasco cuando figuras del partido horacista, del que era un miembro prominente, comenzaron a reclamar que la primera magistratura del Estado la ocupara el jefe de la agrupación, Horacio Vásquez, entonces en el exilio.

Mientras los jimenistas de Monte Cristi levantados en armas, con Desiderio Arias a la cabeza se negaban a darle tregua, el propio Presidente tenía que dejar la Capital para encabezar personalmente el combate a los alzados en contra del gobierno que proliferaban por todo el país.

Las intrigas intrapartidarias lograron dividir a los horacistas de los caceristas, pese a que ambos políticos fueron aliados incondicionales desde que el 26 de julio de 1999 encabezaron la acción que acabó con la vida y el gobierno del dictador Ulises Hereaux (Lilís)

Entre fusilamientos, emboscadas y una que otra negociación maquiavélica, Mon Cáceres logró mantenerse en el poder, logrando un entendimiento financiero con el Gobierno de los Estados Unidos, en especial de su Ministro en el país Thomas C. Dawson, poniendo en vigencia la Convención Dominico-Norteamericana que traspasaba las aduanas criollas a la naciente superpotencia capitalista.

En 1907 se aprobó una nueva Constitución de la República, en la que, entre los aspectos más importantes, suprimía el cargo de Vicepresidente, así como la extensión del período presidencial a seis años, provocando grandes críticas en la prensa y la rabiosa oposición.

La nueva Constitución establecía la convocatoria a elecciones, ganadas por el Presidente Cáceres, gracias a un entendimiento con el caudillo Vásquez.

“Las elecciones se efectuaron sin lucha alguna y sin necesidad de presión, con las cárceles vacías y en el ambiente de semi-libertad de aquellos días. Se empezaba a reconocer que el Gobierno de Cáceres iba dotando al país de una buena organización económica, ejerciéndose el mando, no en beneficio de los mandatarios, ni de un partido, sino del pueblo dominicano”, dice el historiador Luis F. Mejía.

Al juramentarse para un nuevo gobierno el 1 de julio de 1908, Cáceres trató de darle un sello de civilización y modernidad al régimen, sustituyendo a los viejos caudillos miliares de las provincias por funcionarios civiles, lo que multiplicó el encono de esos endiosados señores de horca y cuchillo.

La Guardia de Mon y el costoso precio del Orden

Con relaciones evidentemente armoniosas con el gobierno de los Estados Unidos, Cáceres se proponía establecer un régimen de paz como fundamento de un proceso de desarrollo económico, político y social que pusiera fin a la inestabilidad provocada por los constantes levantamientos guerrilleros.

Fue en esa dirección que el Presidente reorganizó el Ejército, conocido como “La Guardia de Mon”, bajo el mando de Alfredo Victoria, comandante de Armas de Santo Domingo. Al jefe militar se le describe como “de indudable dotes de mando y ciega adhesión al Presidente, pero extremadamente severo”.

Por el país corría la especie de que Victoria, en afán de disciplinar las tropas, “castigaba a los soldados por las más ligeras infracciones a las ordenanzas militares”. Esa realidad se daba en el momento que la autoridad de los gobernadores provinciales era sustituida por los militares del reorganizado Ejército.

El Talón de Aquiles del nuevo orden impuesto por el Presidente Cáceres era que no se acompañaba de un programa educativo que enseñara a los hombres del pueblo a comportarse como verdaderos ciudadanos, después de siglos de anarquía y el mando autoritario de los caudillos regionales.

El gobierno realizaba inversiones en obras de infraestructura, como carreteras y puentes, gracias al remanente del préstamo que consolidó las deudas nacionales con el gobierno norteamericano. Como se verá, esas obras también buscaban facilitar el orden que se proponía el Presidente.

Otras obras fueron dirigidas a las comunicaciones, reestructuraciones de edificios públicos, la creación de una Inspección de Educación y se fundó la Escuela de Agricultura, con profesores ingenieros y peritos traídos de España.

La mayoría de los investigadores del proceso anterior a la Ocupación Militar de los Estados Unidos de 1916 coinciden en que para el 1911, con el gobierno de Cáceres, “la prosperidad, la paz y una mediana libertad de imprenta y de palabra parecían sólidamente establecidas”.

Pero el cáncer de la división entre dirigentes de un mismo partido se hizo presente para un daño irreparable en la salud política, económica, social e institucional en la República Dominicana. Cáceres había declarado que se retiraría del poder en 1914 con el único propósito de que la Historia le recordara como “el último presidente machetero que tuvo el país”.

El rumor de que el Presidente simpatizaba con una posible candidatura del licenciado Francisco J. Peynado, hombre con ascendencia en los círculos de poder de los Estados Unidos, molestó visiblemente a los horacistas, provocándose un distanciamiento entre Cáceres y Vásquez. Este último, incluso, se ausentó del país. Para agravar la situación, dice un cronista de la época, “como en nuestro país se han hecho siempre declaraciones de ese género con el fin de provocar reacción contraria, comenzó inmediatamente una campaña de prensa tendiente a presentar la reelección de Cáceres como indispensable”.

Luis Tejera, militar de 28 años que estaba resentido con Cáceres por haberle mantenido marginado de su entorno mientras otorgaba poderes a su rival Alfredo Victoria, comandante de Armas, se propuso derrocar el gobierno y cobrarle al gobernante lo que entendía una ingratitud a su persona y al horacismo en general.

Cáceres fue advertido del peligro que se cernía sobre su cabeza, y aunque no dudó de la veracidad de las informaciones, jamás pensó que la situación fuera tan severa. La amistad con Don Emiliano Tejera, padre del conspirador, le llevó a mantener “las normas de tolerancia y liberalismo cada día más arraigadas en su gobierno”. Evidentemente, la actitud del gobernante no estaba acorde con los bajos niveles de educación política y ciudadana de los actores de entonces.

Premeditación, acechanza y alevosía contra un Presidente

En horas de la tarde del 19 de noviembre de 1911 salió el Presidente Cáceres con una reducida escolta en el coche presidencial a visitar a su viejo amigo Juan de la Cruz Alfonseca, domiciliado en San Jerónimo, sección ubicada entonces en las afueras de la capital.

Conociendo los conspiradores encabezados por Tejera de la salida del Presidente y en las condiciones de su movimiento, no vacilaron en ejecutar la emboscada que hirió de muerte no solo la incipiente democracia sino también la endeble Soberanía Nacional.

A su retorno por Güibia, Jaimito Mota, uno de los complotados, atravesó su carro en la avenida cerrándole el paso al indefenso jefe de Estado. El grupo enemigo se acercaba a la veintena además de muchos de los peones de sus fincas, y armados de revólveres, conminaron al Presidente a rendirse.

Cáceres, por el alto número de los asaltantes, pudo haberse rendido sino es porque uno de sus hombres inició el ataque hiriendo a Tejera en una pierna. El cabecilla, herido, ordenó a sus compañeros no dejar escapar al Presidente. Varios del grupo dispararon sus armas alcanzando al gobernante en la mano derecha, lo que le impedía hacer uso de su revólver. El pavor de los caballos inquietos por la balacera provoca el vuelco del carruaje lanzando por tierra al mandatario. De pie, casi moribundo, se acerca a la casa de su primo Leonte Vásquez, quien trata de interceder en su favor, pero los agresores le gritan que se abstenga, que no quieren matarle a él también.

Es la señorita Estela Vásquez quien acude solícita en su asistencia. En sus brazos expiró el Presidente Cáceres mientras le conducían a la Legación Americana. Pocas horas después el cabecilla del complot correría la misma suerte hecho prisionero, por una descarga de tiros que le hiciera su rival Alfredo Victoria en la Fortaleza Ozama.

Se cuenta que Don Emiliano Tejera al recibir el cadáver de su vástago se limitó a murmurar: “bien muerto, pero mal matao”.

En tanto Horacio Vásquez, en su autoexilio de Saint Thomas, de acuerdo con testimonios del cónsul venezolano Vicentini, “lloró de dolor, pues no obstante el distanciamiento político existente entre ambos, persistía persistía aún en él arraigado afecto familiar, junto al recuerdo del 26 de julio”.

El viejo caudillo, quien introdujera a Mon Cáceres en la política, no se imaginaba la desgracia que traería al país el asesinato alevoso de quien proclamara su aspiración de pasar a la Historia como el último presidente “machetero” de la República Dominicana.

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