Con el asesinato del Presidente Ramón Cáceres (Mon) en 1911 el poder militar en manos de su comandante de Armas, Alfredo Victoria, con menos de treinta años, impuso en la Presidencia a su tío Eladio Victoria, con la desaprobación de la mayoría de caudillos políticos y militares que se habían destacado desde el magnicidio contra Ulises Hereaux.
El nuevo gobernante continuó prácticamente con el mismo gabinete de Cáceres, recibiendo desde el primer momento el ataque feroz de los caudillos tradicionales que le combatieron sin tregua, en campos y ciudades, desde que el Congreso le terció la Banda Presidencial.
Era evidente que el gobierno de Victoria carecía de base popular y se sustentaba en el terror que infundía su autoritario sobrino, con una oficialidad que le admiraba y respetaba, conservando la mística de la guardia del finado Mon Cáceres.
Con el objetivo de llenar las lagunas en su escasa formación política, el joven Alfredo se mandó a comprar las Obras Completas de Nicolás Maquiavelo, mientras que, adelantándose a lo que pusiera luego en práctica un joven oficial de nombre Rafael Leónidas Trujillo Molina trató de agregarle a las pompas del uniforme la posesión de un capital respetable.
Ya en vida de Cáceres, el general Victoria ocupaba a los presidiarios en la extracción de rocas que vendía a las empresas constructoras, actividad que incrementó al concentrar el su puño el verdadero poder “detrás del trono”.
Después de Mon no hubo paz jamás
Todo el que se creyó presidenciable vio llegada su oportunidad desde que se supo la noticia de la muerte alevosa de Cáceres. En los primeros días del 1912 murió en un levantamiento Nemecio Guzmán y muchos de sus compañeros se salvaron del fusilamiento por la intercesión del Arzobispo Adolfo A. Nouel. El primero de enero había sido acribillado mientras era conducido preso en Santiago el ex diputado Santiago Guzmán Espaillat, otrora crítico del Presidente Cáceres y opositor al nuevo régimen.
Para medir el pulso de aquella situación caótica solo hay que observar que el 8 de febrero hubo una sublevación en la Fortaleza Ozama encabezada por algunos sargentos y secundada por soldados descontentos con la recia disciplina a que eran sometidos. Los leales al gobierno sofocaron la rebelión, pero se produjo la muerte del Coronel Pin.
Como era de esperarse, al llegar Victoria a pasar revista a las tropas, ordenó el fusilamiento de cuantos habían disparado, previa comprobación con el examen de sus armas. Uno de los cronistas más respetables de aquellos acontecimientos dice que, en El Aguacatico, a orillas de El Ozama, fueron ejecutados diez y siete soldados.
Después llovieron los alzamientos militares en todo el país contra el régimen de los Victoria, con la extraña actitud del caudillo Juan Isidro Jimenes, quien mediante comunicado hizo público su respaldo al Gobierno.
De su lado, se levantaban en la Línea Noroeste, Cipriano Bencosme, Doroteo Rodríguez y Desiderio Arias; Horacio Vásquez retornó del exilio encabezó otra rebelión en el Cibao, y ya en julio de 1912, los cuantiosos recursos dejados por el Presidente Cáceres empezaba a extinguirse por los gastos de guerra.
“Se suspendió el pago de los sueldos a los empleados civiles, salvo contadas excepciones, para destinarlo todo a la guerra civil, que seguía implacable y cruel en todas partes, con los acostumbrados fusilamientos, por las fuerzas gubernamentales, de centenares de anónimos prisioneros de guerra, casi todos haitianos. Como en la revolución participaban horacistas y jimenistas, se les llamó “suaves” a los alzados, mientras a los partidarios del gobierno se les apodó “güízaros”, dice el autor de De Lilís a Trujillo.
Primer paso militar de EE. UU. hacia la Ocupación
En octubre, un buque de guerra norteamericano con una soldadesca de mil hombres llegó al puerto de Santo Domingo al mando del general Mc. Yntyre y Mister Doyle, jefes de los asuntos insulares del Ministerio de Guerra de los Estados Unidos y de la sección latinoamericana del Ministerio de Relaciones Exteriores, respectivamente, con instrucciones de mediar en el enfrentamiento bélico.
Aunque hoy parezca paradójico, el pueblo, cansado del derramamiento inútil de la sangre de tantos dominicanos, celebró con grandes esperanza el arribo del “Prarie”, como se llamaba el barco de guerra. Los principales jefes de “los suaves” aceptaron el plan norteamericano de cese de fuego, pero Victoria rechazó el advenimiento con intenciones de continuar la guerra hasta que esta señalara quién tenía el poder en República Dominicana.
Los norteamericanos decidieron no enfrentar a Victoria con sus hombres armados. Sencillamente suprimieron la entrega de los fondos que le correspondían al Gobierno por el cobro de las Aduanas, dejándolo sin recursos para alimento de tropas. Días después pasó por el Congreso el Presidente Dominicano a presentar su renuncia. El gobierno de los Victoria duró apenas un año, bajo una permanente guerra fraticida, terminada en cuestión de horas con un movimiento de ficha financiera del poder norteamericano.
Como sustituto del Presidente Victoria fue escogido Monseñor Adolfo A. Nouel, doctor en Teología del Colegio Pío Latinoamericano de Roma. Su misión rea permanecer en el cargo hasta el 1914 año de las elecciones para escoger un nuevo gobernante. Se entendía que podría lograrlo gracias a su fama de armonizador en la atomizada sociedad política dominicana.
Pero, resaltan notas periodísticas de aquellos años que Nouel tenía dificultades para decir que no a cuanta gente llegaba a su despacho en busca de empleo, y sobrecargó tanto la nómina pública que la hizo insostenible y como quiera la mayoría de los empleados y desempleados no estaba conforme, a la espera de la orden de los caudillos para volver a la guerra. En marzo de 1913, con cuatro meses de gobierno, no aguantó el ambiente y presentó renuncia.
El Congreso decidió traspasar la misión en la que el sacerdote no había dado la talla a un dominicano que no tuviera vinculación política con ninguno de los caudillos que se habían combatido militarmente en las guerras civiles a fin de organizar unas elecciones imparciales. Se escogió Presidente a José Bordas Valdez, pese al rumor de que tenía un acuerdo con Horacio Vásquez para gobernar en combinación estratégica, “compromiso” que ya juramentado incumpliría el primero, ganándoselo como opositor implacable.
El 1 de septiembre de 1913 se publica un manifiesto revolucionario de Vásquez llamando a la guerra contra el gobierno de Bordas Valdez. El 2 de diciembre, después que el cochero “Coco de Agua” acusara a un manifestante antigubernamental de haber insultado al jefe del Estado, se armó un tiroteo entre soldados y población civil reportándose unas treinta bajas, tocando la peor parte la gente del pueblo.
Otros levantamientos se proclamaron por todo el país en contra del Gobierno, provocando la intercesión de representantes norteamericanos cuya injerencia era cada vez más desembozada. Incluso, llegó a Santo Domingo un perito financiero estadounidense para ejercer el control de las finanzas dominicanas. Los sublevados hicieron sucumbir el gobierno de Bordas.
Una comisión mediadora encabezada por James M. Sullivan, Ministro Plenipotenciario de los Estados Unidos se reunió con los jefes de partido Juan Isidro Jimenes, Horacio Vásquez y el propio Bordas, con la misión de escoger un nuevo Presidente que tendría como misión conformar un gobierno que hiciera las reformas indispensables para convocar a elecciones nacionales. La escogencia cayó sobre el doctor Ramón Báez, quien se juramentó el 27 de febrero de 1914.
La gestión de Báez, hijo de Buenaventura Báez, quien fuera cinco veces Presidente de la República, no sería tan difícil, puesto que era producto de un plan en el que el gobierno de los Estados Unidos impuso su sello imperial. Pero como quiera, el desorden del país había llegado muy lejos, como lo demostrará el proceso electoral, y los vergonzosos acontecimientos que vivieron después.