Hablan los hechos

De Mijaíl Gorbachov a Barack Obama

Cuando en 1982 se produjo el deceso de Leonid Breznev, la economía de la Unión Soviética atravesaba por una profunda crisis provocada por la caída abrupta de los precios de las materias primas-de cuya exportación dependía enormemente-, la poca productividad del trabajo y la existencia de una cantidad exorbitante de empleos parasitarios, una situación que se vio seriamente agravada por los excesivos gastos militares que se multiplicaron enormemente con aventuras como la de Afganistán.

Esa delicada situación desató a lo interno del Partido Comunista una lucha terrible entre los partidarios de la renovación del sistema y los defensores del statu quo. Los primeros se anotaron una victoria importante con la promoción de Yuri Andrópov a la más alta posición del Estado y del Partido. Pero Andrópov falleció, por causas aún no suficientemente explicadas, quince meses después. Le sucedió Konstantín Chernienko, del ala conservadora, quien gobernó hasta su muerte, ocurrida apenas once meses después.

Entonces emergió la figura de Mijaíl Gorbachov, otro reformador igual que Andrópov, pero con un discurso fresco, novedoso, osado, que instaba al ciudadano a participar junto al Partido en la reconstrucción (perestroika) del socialismo.

Gorbachov, con apenas 54 años (la edad promedio de los miembros del politburó era de 68), terminó con las pesadas lecturas de discursos interminables de sus predecesores y puso en práctica un nuevo estilo de comunicación con la gente que le agenció una gran simpatía entre los ciudadanos.

Consciente de la grave situación por la que atravesaba la economía de la nación, el joven dirigente soviético se atrevió a plantear, como lo había hecho Lenin muchos años antes al formular la Nueva Política Económica (NEP), el aprovechamiento de las fuerzas del mercado para el estímulo de la productividad y el crecimiento económico. Su propósito era inyectarle sangre nueva al régimen y para eso propuso acabar con la “vieja mentalidad”, promoviendo lo que denominó “nuevo pensamiento” (novoe myshlenie).

Para procurarle base de sustentación social a su proyecto y derrotar la resistencia, Gorbachov abrió espacios de participación y promovió la política de la transparencia (glasnost).

En el plano externo, se propuso acabar con los conflictos propios de la Guerra Fría. Así, en abril de 1988 alcanzó un acuerdo para la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán, que se concretó en febrero de 1989. También presionó hasta lograr ese mismo año la retirada de 26 mil soldados vietnamitas que durante once años mantuvieron ocupada a Camboya, lo que le permitió mejorar sus relaciones con China.

Con respecto a Estados Unidos, cuyas relaciones eran tensas, entre muchas otras cosas, por la cuestión de los “euromisiles”, Gorbachov lanzó su estrategia de reducción de los cohetes de largo alcance, lo que dejó su fruto en noviembre de 1987, al firmar con Ronald Reagan el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio, por el que se acordó la destrucción de los misiles de alcance intermedio desplegados en Europa. En mayo de 1990 firmó con George Bush padre el tratado START sobre limitación de las armas estratégicas.

Gorbachov logró mejorar la imagen de la URSS a nivel mundial, pero a lo interno su política lo empujaba lentamente hacia un peligroso aislamiento, pues mientras la resistencia de los conservadores, que le acusaban de pretender acabar con el socialismo, iba creciendo, la población soviética se inclinaba en forma cada vez más abierta a favor del cambio definitivo de sistema, tercera opción que encarnó Borís Yeltsin, un antiguo protegido de Gorbachov que se convirtió en su enemigo.

Yeltsin, expulsado del Politburó por sus críticas ácidas a Gorbachov, fue ganando terreno hasta convertirse en presidente de la Federación Rusa. En esta posición se encontraba cuando los conservadores del Partido Comunista, liderados por Vladímir Kriuchkov, intentaron un golpe de Estado contra Gorbachov. Yeltsin enfrentó a los golpistas en forma brutal y tras acabar con la resistencia decretó la ilegalidad del Partido Comunista y promovió la desintegración de la URSS, que quedó formalmente sellada el 24 de diciembre de 1991 cuando Rusia pasó a ocupar el asiento de la Unión Soviética en la Organización de las Naciones Unidas. Gorbachov renunció un día después.

La caída del comunismo brindó al sistema capitalista una oportunidad única para reafirmarse como sistema, demostrar capacidad de respuesta frente a las aspiraciones de paz y progreso de los seres humanos en todo el mundo. Probablemente nunca antes se habían presentado condiciones tan favorables para ampliar las libertades ciudadanas, limitar los irracionales gastos militares, ensanchar los mercados con inversiones que erradicaran el hambre, la pobreza y la exclusión social en todo el planeta.

Pero los ideólogos del capitalismo, eufóricos y arrogantes, proclamaron entonces “el final de la historia”, el triunfo definitivo de las fuerzas del mercado que habían arrodillado al comunismo y, viendo despejado el camino, promovieron una ofensiva a escala planetaria dirigida en recortar las competencias del Estado para permitir que el mercado se auto regulara y decidiera sobre asuntos tan vitales como los derecho del ser humano a la alimentación, la salud o la educación.

Ese modelo de capitalismo, al que Su Santidad Juan Pablo II denominó “capitalismo salvaje”, se vino abajo en tiempo record porque llevaba dentro de sí “el germen de su propia destrucción”. Los ciudadanos, a los que otrora el Estado les reconocía ciertos derechos de los que se proclamaba guardián fundamental, relegados ahora a la condición de meros consumidores, veían reducirse cada vez más su capacidad de consumo.

El mercado se achicaba como si se traicionara a sí mismo. Entonces, cuando los que ejercían el predominio en el mercado sintieron que no podían hacer negocios porque ellos habían concentrado en sus manos la mayor parte de las riquezas y la gente no estaba en capacidad de consumir, se inventaron unos complicadísimos productos financieros para poner a gastar a los que no podían. Una forma de hacer lo que antes le negaron al propio Estado, pero sin apoyo concreto en la economía real. A eso se llegó por el afán de “mega riquezas”, la falta de transparencia, de regulaciones y de escrúpulos.

Lo que en un primer momento se presentó como crisis hipotecaria pronto se transformó en una crisis financiera que trajo consigo un gravísimo problema de liquidez, lo que a su vez terminó expresándose en forma de crisis económica a escala internacional. Según los economistas más reputados, la crisis que tuvo como epicentro a Estados Unidos ha sido la más severa desde la época de la Gran Depresión. Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001, llegó a decir que “la caída de Wall Street es para el fundamentalismo del mercado lo que la caída del Muro de Berlín fue para el comunismo”.

La caída del Muro de Berlín simbolizó el desmoronamiento del imperio soviético y del sistema económico que durante más de siete décadas rivalizó con el capitalismo. “La caída de Wall Street”, en cambio, no ha servido para sepultar definitivamente el fundamentalismo de libre mercado. En el caso de Europa, por el contrario, la crisis ha sido utilizada como pretexto para la profundización del modelo de capitalismo salvaje que la engendró y los resultados adversos de esto tienden a repercutir en la política en forma semejante a como lo hizo la gran depresión, esto es, provocando un despuntar de los partidos de derecha (Alemania, Italia, Austria, Polonia, Yugoslavia, etc.), si bien en muchos países estos no lograron el suficiente empuje como para acceder al poder.

En Estados Unidos la crisis produjo el fenómeno Barack Obama, a quien algunos llegaron a comparar con Franklin Delano Roosevelt porque ambos accedieron al poder en medio de una severa crisis y porque los dos propusieron políticas distintas a las aplicadas por sus predecesores, asignándole al Estado un importante papel en la recuperación económica y la lucha contra el desempleo.

Aunque en sentido general la economía norteamericana ha tenido un mejor desempeño que las europeas, la valoración del gobierno de Obama por parte del pueblo norteamericano ha ido declinando con el paso del tiempo porque el mandatario no ha podido llenar las expectativas que generó con el lanzamiento de su proyecto presidencial. Una reciente encuesta hecha por la universidad de Quinnipiac, en Connecticut, lo sitúa a la cabeza de una lista de los peores líderes de Estados Unidos de los últimos 70 años.

La popularidad alcanzada por Obama se debió a que cuando cientos de miles de norteamericanos perdían sus casas y sus empleos como consecuencia de la crisis, él apareció para explicarle al pueblo el porqué de sus problemas, la responsabilidad de Wall Street en su desgracia, el papel del lobismo en la formulación de políticas totalmente divorciadas de los intereses de la nación y las consecuencias de las aventuras militares de su predecesor.

Obama prometió un “change” profundo a los norteamericanos y, más aún, los convenció de su viabilidad, algo en lo que puso especial acento con su otro slogan de campaña: “sí podemos”.

Pero, en la práctica, el presidente no ha podido sacar adelante las pretendidas reformas de la salud, las finanzas, migración, medio ambiente y de política exterior. Sus iniciativas más importantes han sido bloqueadas o significativamente mediatizadas. Y la gente le critica que se haya pasado tanto tiempo tratando de lograr con los republicanos un consenso que luce imposible, como se puso en evidencia en varias ocasiones cuando la administración pública llegó al borde de la parálisis total por la falta de acuerdo sobre el presupuesto del gobierno federal.

Gente de su propio entorno ha llegado a reclamarle al presidente Obama imitar el ejemplo de Roosevelt, quien pactó con las fuerzas laborales su New Deal y canalizó la inyección de recursos públicos directamente a la economía a través de instituciones financieras estatales.

Pero el presidente Obama ha producido un cambio gradual en su actitud y de desafiar al establishment, que lo llegó a acusar de “urdir una trama socialista”, pasó a procurar su anuencia para gobernar.

En la antigua Unión Soviética Gorbachov desató fuerzas sociales en las que intentó apoyarse en su lucha con los conservadores del PCUS que se oponían a la Perestroika. Esas mismas fuerzas sociales lo hicieron saltar del poder cuando lo percibieron vacilante frente al empuje decidido de la denominada “nomenclatura” soviética, prefiriendo, más que una reforma del socialismo, ponerle fin a este sistema, como ya explicamos.

Barack Obama promovió la movilización del pueblo norteamericano con miras a hacer más democrático y justo a Estados Unidos. Los que tomaron conciencia gracias a su discurso y que aún padecen los efectos de la crisis lucen impacientes, aunque a todas luces atrapados en un sistema bipartidista incapaz de generar soluciones audaces y sacar al país del empantanamiento en que se encuentra. Sin dudas, Wall Street ha resultado más poderoso de lo que el entonces candidato presidencial suponía.

El riesgo para Obama y los demócratas es evidente, aun luzcan exageradas las percepciones sobre su desempeño al frente del gobierno que recogen algunas encuestas.

Pero luce muy revelador el hecho de que la inconformidad con Obama no incline la balanza en forma decidida del lado republicano.

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