Hablan los hechos

¡Bienvenidos a la Guerra Fría del siglo XXI!

La cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN celebrada recientemente en Gran Bretaña no deja lugar a duda: el mundo acaba de entrar en un nuevo período de Guerra Fría.

La regla de oro del capitalismo moderno llamada a asignar espacios de influencia a las naciones y regular su interactuación civilizada en la arena internacional, la libre competencia en los mercados, cede terreno a la geopolítica. Y la geopolítica siempre incluye en sus cálculos la posibilidad de choques armados.

De ahí que la herramienta militar concebida en los inicios de la Guerra Fría, la misma que en su cumbre de 1999, desaparecida ya la Unión Soviética, estableció como principales amenazas mundiales la migración de masas sin control, el tráfico internacional de drogas, el crimen internacional y la divulgación de armas de destrucción masiva, retome ahora su concepto estratégico original.

Atrás queda el G-20, la instancia multilateral reactivada luego del ascenso del presidente Obama al poder, justo luego del estallido de la crisis financiera, un gesto que significó el reconocimiento de que era necesario incorporar nuevos actores a los mecanismos de toma de decisiones sobre los asuntos mundiales para hacerlos más democráticos. El G-8 volvió a ser G-7, tras la expulsión de Rusia.

Revelador no deja de ser el ambiente en el que se celebró la cumbre. Según la cadena de televisión y radio BBC, la presencia de Obama puso a Gales en virtual “estado de guerra”. Las ciudades de Newport y Cardiff, donde se celebraron las reuniones el jueves y viernes pasados, fueron sometidas desde varios días antes a un régimen de prohibición de vuelos al igual que el aeropuerto local. Las autoridades emplazaron vehículos blindados y se impusieron limitaciones al transporte privado, mientras una cerca de 20 kilómetros de extensión y casi dos metros de altura aisló el área donde tuvo lugar la reunión. La seguridad estuvo a cargo de mil 400 uniformados.

Los temas eran cómo estrechar el cerco contra Rusia y sacar definitivamente a Ucrania de su zona de influencia. En la agenda también otros puntos marginales, como la estrategia a seguir en Afganistán e Irak, incluyendo la respuesta a la amenaza representada por el grupo radical sunita Estado Islámico (EI), un tema que pasa por la revisión de la situación en Siria, donde ese grupo armado controla una parte importante del territorio.

La celebración del encuentro estuvo precedida de serias advertencias del presidente Obama a Rusia por su apoyo a los federalistas rusófilos de Ucrania y de la promesa pública de éste de castigar severamente al EI por degollar ante las cámaras a dos periodistas estadounidenses.

Y un detalle sumamente importante, aunque no se haya destacado mucho: participaron en esa cumbre 60 jefes de Estado o de gobierno y más de cuatro mil delegados. La intención clara es procurar alianzas para las tareas venideras.

Si es cierto, como dijera Henry Kissinger, que “la inexistencia de una amenaza ideológica o estratégica deja libres a las naciones para seguir una política exterior basada cada vez más en su interés nacional inmediato”, entonces, a partir de ahora, justificaciones en manos, se reclamarán lealtades y exigirán sacrificios.

Digámoslo sin ambages: se pretende ir creando así el ambiente adecuado para dificultar la expansión de los países emergentes, sobre todo de Rusia y China, los dos más grandes y con economías en franca expansión que han establecido una alianza estratégica, se han propuesto crear un sistema financiero paralelo con sus socios del BRICS y de alguna forma crearle competencia al dólar como moneda de cambio mundial.

En trabajos anteriores hemos explicado el por qué de la posición norteamericana frente a Rusia. Agreguemos a esto el recelo despertado por la ampliación de los vínculos económicos del país euroasiático con Europa, que ya se había hecho dependiente del suministro de gas ruso. A Estados Unidos le mortificaban, sobre todo, los vínculos económicos que poco a poco se venían tejiendo entre Rusia y Alemania, la potencia que lleva la voz cantante en el seno de la Unión Europea y que de manera contundente se opuso a los planes norteamericanos de bombardear a Siria, haciendo causa común en este caso con Rusia, cuyo presidente, Vladimir Putin, ya había hecho lo propio en un artículo publicado en el New York Times.

Por su parte, los intercambios de China con Europa han estado en franca expansión en los últimos años. Para la Europa en crisis el comercio con el gigante asiático ha sido de enorme importancia. En el contexto de esa crisis, incluso, China adquirió bonos de España, Portugal, Grecia, Italia e Irlanda.

En trabajos anteriores hemos mostrado con cifras el peso específico de las economías de los países emergentes, especialmente de China, un país que con el paso del tiempo se ha convertido en socio de primer orden de los aliados fundamentales y tradicionales de Estados Unidos, entre ellos Europa Occidental, Japón, Corea del Sur, Taiwán, etc.

El enorme volumen de los intercambios económicos y comerciales de China con todo el mundo le dan a este país una tremenda influencia política. De hecho, es el gigante asiático, la segunda economía del planeta, el único país con potencial para disputarle su supremacía en el mundo en un plazo no tan largo, el principal dolor de cabeza de Estados Unidos.

La competencia con un adversario como este, de cuyas relaciones nadie quisiera prescindir y a cuyo mercado todo el mundo busca acceder, tiene que llevarse a cabo con mucha cautela. Estados Unidos optó por confrontar directamente a Rusia aprovechando la coyuntura favorable que se le presentó en Ucrania para evitar que este país, que no renuncia al papel protagónico que ha jugado por siglos, consolide su predominio en Eurasia y como forma de ayudar a construir el consenso necesario para imponerle límites al avance chino.

En otras palabras, Estados Unidos apela ahora a la geopolítica para preservar su influencia en el mundo. La gran potencia del norte de América ha encontrado respuesta favorable a sus iniciativas por parte de sus aliados, que han asumido hasta ahora el costo económico de las sanciones impuestas a Rusia en tiempos de severas dificultades y que acuden entusiastas a la cumbre de la OTAN como en los mejores tiempos de la Guerra Fría, aunque todo el mundo sabe que los peligros a la paz y la seguridad internacionales que hoy se denuncian no son otra cosa que las consecuencias negativas de las alocadas políticas de Washington.

Un ejemplo claro de esto último es Irak. Después de una intervención militar que se prolongó por más de una década, las tropas de Estados Unidos abandonaron Irak en el 2012. Sin embargo hoy, dos años y medio después, Washington ha tenido que volver a involucrarse militarmente en este país ordenando bombardeos aéreos y el envío de varios centenares de asesores militares para impedir que el grupo extremista EI, integrado por elementos de la minoría sunita, desaloje del poder a los chiitas. Y lo peor de todo es que este grupo, como sostuvimos en un trabajo anterior, fue armado y entrenado militarmente, como lo fue Al Qaeda en sus orígenes, por Estados Unidos y sus aliados como parte de sus esfuerzos por desalojar del poder a Bashar Al Asad en Siria.

El EI terminó haciéndose con el control de una parte de los territorios de Irak y Siria. Y ahora Estados Unidos y sus aliados de la OTAN deciden la conformación de una coalición de países para hacerle frente a este grupo, al que presentan como la peor amenaza terrorista, por encima, incluso, de Al Qaeda.

Quiere decir que después de más de una década de intervención militar en Irak, la amenaza terrorista que nunca se demostró que existiera durante el régimen de Saddam Hussein, terminó convirtiéndose en una realidad incontrovertible en ese país.

Más aún, Estados Unidos se vio en la necesidad de destituir al presidente Al Maliki por su intolerancia frente a las minorías religiosas, en un reconocimiento de que la política de represión de estas minorías llevadas a cabo por el gobierno pro occidental estaba radicalizando a esos grupos minoritarios y en parte explica los actos salvajes del EI. Al Maliki fue separado del cargo, además, por su alianza con el gobierno de Irán y la concesión de los contratos petroleros a compañías rusas, chinas e iraníes. De eso también hablamos en un trabajo anterior.

Como si todo esto fuera poco, la OTAN ha tenido que plantearse la posibilidad de bombardear las posiciones del EI en Siria, lo que de no ser acompañado de ataques simultáneos contra las fuerzas del gobierno de Al Assad, equivaldría en la práctica a un espaldarazo al enemigo. Empero, el ataque simultáneo a las posiciones de ambas partes es una opción cargada de riesgos, susceptible de afectar negativamente los esfuerzos por rendir a Rusia y desestabilizar aún más la zona. No obstante, existen indicios, como la reanudación de la campaña en contra de Al Assad por el supuesto uso de armas químicas, de que esta posibilidad se baraja dentro del menú de opciones.

Si algo ha quedado de manifiesto con la intervención militar en Afganistán e Irak es, por una parte, el indiscutible poder de fuego de occidente y, por la otra, su incapacidad para asumir y mantener el control efectivo de los territorios intervenidos, algo que le resulta imposible de lograr en un plazo prudente y sin bajas militares importantes, factores estos que a lo interno de los distintos países occidentales, sobre todo en Estados Unidos, tienden a traducirse un altos costos políticos.

El uso con fines militares de aeronaves no tripuladas, los denominados drones, que pueden ser perfectamente manipulados desde la comodidad y de una base militar o de un portaaviones, con un mínimo de riesgo para la vida de los atacantes, es un esfuerzo por superar esta gran debilidad.

Pero esta tecnología solo ayuda a hacer una parte del trabajo. Para el cumplimiento de las tareas más esenciales las potencias militares occidentales han tenido que depender de grupos que no controlan en forma efectiva. Y el resultado ha sido un verdadero desastre.

El caso de Libia puede servir también para ilustrar. En el 2011 se creó una coalición integrada por Estados Unidos, Francia, Italia, Reino Unido, Noruega, España, Bélgica, Canadá, Catar y Dinamarca para impedir que las fuerzas leales al gobierno de Muamar Gadafi reprimieran a los grupos que supuestamente luchaban por la democratización del país y para proteger a los civiles bajo amenaza de ataque. Como resultado de la acción combinada de las fuerzas integrantes de la coalición, las tropas del gobierno fueron doblegas y Gadafi brutalmente asesinado por grupos insurgentes luego de ser atrapado con vida.

Pero, a tres años de aquella operación “a favor de la democracia” y en el contexto de lo que se denominó “primavera árabe”, nadie sabe a ciencia cierta hacia dónde marcha y quién es el que manda en ese país del norte de África, en donde existen dos parlamentos, dos gabinetes y un montón de caciques, yihadistas y señores de la guerra, con sus correspondientes grupos militares. La situación en este país es tal, que el gobierno reconocido por occidente tuvo que establecerse en Tobruk, debido a la violencia que prevalece en Trípoli y en Bengazhi. En la capital del país, incluso, grupos extremistas han ocupado la embajada de los Estados Unidos, que ha tenido que evacuar su personal a Túnez.

Los muertos, heridos y desplazados a consecuencia de este conflicto se cuentas por miles. Y a pesar del peligro de que la violencia se extienda a los países vecinos, Libia no figura entre las urgencias de Occidente. Porque llevar la paz al territorio de este país y conseguir acceso a sus importantes recursos energéticos pasa por el desarme de los grupos extremistas, algo que en más de una década de esfuerzos no se ha podido lograr ni en Afganistán ni en Irak porque no es tan simple como disparar desde un avión dirigido a control remoto.

Las dificultades de Occidente para componer un mundo a conveniencia son cada vez mayores. Es muy sintomático y se puede considerar como una verdadera vergüenza que un grupo tan sanguinario como el EI tenga en sus filas a ciudadanos de Europa, Estados Unidos y Canadá, como han asegurado los propios organismos de inteligencia de las potencias occidentales. Se dice, incluso, que los responsables de la custodia de los prisioneros extranjeros son principalmente británicos a los que llaman Los Beatles. A ese grupo pertenece Abdel Bary, el cantante británico que degolló ante las cámaras al periodista estadounidense James Foley. El motivo por el cual este joven de 23 años, formado en base a los valores de la sociedad occidental, cometió tan horrendo asesinato fue el hecho de que su padre, de origen egipcio, estuvo entre los confinados por Estados Unidos en la cárcel de Guantánamo acusado de prácticas terroristas. A ello se debería el color naranja del traje que llevaba puesto Foley en el momento de su ejecución.

Si sumáramos los daños materiales, la cantidad de muertos y heridos, los desplazados, los sufrimientos y la situación de miseria en que viven cientos de miles de seres humanos en países como Afganistán, Irak, Libia, Siria, Ucrania y Palestina, entre otros, tendríamos una catástrofe de dimensiones colosales. Y eso equivale a tener en funcionamiento permanentemente una gran fábrica de odios, resentimientos y sed de venganza. Además, si Occidente propició la muerte brutal en la horca de Saddam Hussein y sus más cercanos colaboradores, como en la época del salvaje oeste; si fue capaz de asesinar a Osama Ben Ladem después de capturado vivo y desaparecer su cadáver; si celebró la ejecución salvaje de Gadafi a manos de las bandas yijadistas sedientas de sangre, entonces, ¿por qué no devolverle con la misma moneda?

El enrolamiento de ciudadanos occidentales en grupos como el EI, con todo lo que esto implica, debe mover a profundas reflexiones. El modelo de capitalismo salvaje que se viene impulsando en Occidente, con su negativo impacto en los niveles de vida de las mayorías, las restricciones cada vez mayores a las libertades ciudadanas que se han impuesto como parte de las políticas de contención del terrorismo, incluyendo la violación de la privacidad, además de mellar las bases de sustentación de los gobiernos y de crear un caldo de cultivo para el auge de expresiones políticas extremistas, de izquierda o de derecha, pudieran estar alentando también este tipo de radicalismos.

En un trabajo anterior pusimos en evidencia la existencia de cierto vínculo entre las crecientes tensiones raciales en Estados Unidos, que estallaron recientemente en forma dramática en Ferguson, Missouri, con la crisis económica y las políticas internas encaminadas a prevenir las actividades terroristas. Algunas licencias otorgadas a los responsables de implementar dichas políticas han estado afectando especialmente a las minorías raciales.

Lo último es que las autoridades estadounidenses han iniciado una campaña mediática dirigida a convencer a los ciudadanos de que no se enrolen en las filas del EI. Esto mueve a pensar que, o algo muy grave está ocurriendo en esa sociedad, o los dirigentes norteamericanos están perdiendo la cabeza.

La OTAN aprobó en su reciente cumbre de Gales la creación de una fuerza de reacción rápida de 5 mil hombres y el almacenamiento de suministros y material de guerra en Europa oriental, algo que el secretario general del organismo, el danés Andrers Fogh Rasmussen, definió como la más importante decisión de la alianza desde el final de la Guerra Fría en 1989.

A petición del presidente Barack Obama, los 27 aliados de Estados Unidos acordaron elevar su gasto militar a un monto equivalente al dos por ciento de sus respectivos productos internos brutos. Según el mandatario estadounidense, lo que se persigue es plantear a Moscú un mayor elemento disuasorio.

Son buenas noticias para los fabricantes de armas en el mundo, mas no así para las economías y los estándares de vida de la gente en Occidente. La decisión de aislar a Rusia, la séptima economía mundial, hará más lenta la recuperación económica y tendrá imprevisibles repercusiones en la política de los distintos países, que de un tiempo a esta parte emite señales altamente preocupantes.

En el horizonte, pues, luce claro el escenario de confrontaciones. Aunque Ucrania es el primer punto caliente de esta nueva guerra fría, en lo fundamental el curso de los acontecimientos lo deciden hasta ahora los actores directos del conflicto. Los rusos tienen la ventaja de que no necesitan cruzar la frontera, pues ellos han estado allí desde siempre. Pero, cuando las fuerzas están desplegadas y en tensión, cualquier cosa puede pasar. Desde luego, Rusia ni es Irak ni es Libia.

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