Humberto Almonte

Describir la filmografía de un cineasta como Quentin Tarantino, con precisión y honestidad, sin que el analista se arriesgue a recibir un aluvión de críticas, es un acto que envidiarían los mejores equilibristas del Cirque du Soleil.
Y es que el autor de la trilogía Kill Bill goza de unas altísimas cotas de adoración, más bien de exaltación, que hacen poco menos que imposible no irritar la piel del núcleo duro del culto tarantiniano.
De más está decir que el propio cineasta contribuye con sus declaraciones y campañas a mantenerse activo en los medios de comunicación o en la tarantinosfera de sus leales seguidores.
Uno de los aciertos de Quentin es su permanente conexión con la cultura popular en temas y música, pero por otro lado la acusación de excesivos niveles de acción o de violencia en sus obras es mas un malentendido que una verdad, pues el director, en su cine, se limita a reflejar la realidad de nuestros días.

Lo variopinto de sus influencias explica su estilo entre retro y actualizado, pues va desde las películas de Kung Fu, las novelitas baratas de acción, hasta el “spaguetti western” de sus ancestros italianos.
La estetización de la violencia en sus filmes no es una apología al crimen, todo lo contrario, al final sus personajes son victimas de ella, salgan vivos o muertos.
Ejemplo cardinal es la renombrada Reservoir Dogs -1992-, de la cual se nos recuerda la frase “el crimen no paga”, pues la mayoría de sus personajes mueren, unos a manos de las fuerzas del orden, y otros por las santas armas de sus cómplices.
Se pueden explicar muchos de sus conceptos y tesis existenciales si tenemos en cuenta que se crió en un barrio con fuertes mezclas raciales de blancos y negros, lo cual, unido al cine de artes marciales que se exhibirá en las salas de cine de esos sectores, y por venir de un hogar de padres separados, se ofrecen pistas muy importantes para los estudiosos de su filmografía.

Otra información importante sobre Tarantino fue su trabajo en un cine club, verdadera escuela del popular director, hecho este que lo inscribe dentro del especial grupo de cineastas cinéfilos que hacen cine, y que a la vez son espectadores de sus colegas.
¿Estar influenciado, inspirarse en otros, reutilizar temas u obras de épocas pasadas, convierten a un director en un mero reciclador? No necesariamente, pero tampoco hacen a Quentin Tarantino la cumbre del cineasta original que nos quieren hacer ver.
La fortaleza del realizador reside, según mi punto de vista, en los estupendos diálogos que escribe, en el ritmo de sus guiones, en la velocidad de sus cortes, el humor que despiden hasta sus escenas más crueles, Y en lo mucho y bien que hablan sus personajes.
Desde las antes mencionada Reservoir Dogs, Pulp Fiction, Kill Bill, hasta Django Unchained, no ha dejado de volver su mirada al pasado, ya sea inspirándose en filmes de otro tiempo o haciendo un remake, como en Django.
Sabemos que hablar de originalidad en la era digital tiene sus zonas grises y en muchas ocasiones es muy discutible, pero tampoco podemos aceptar que se asigne a Tarantino una estatura mayor de la que realmente tiene, y que suscita odiosas comparaciones con otros colegas de su oficio, gente legendaria que se ganaron a pulso sus títulos de maestros.

El interés acerca de su cine no se basa por lo tanto, en la originalidad per se, sino en la calidad y la profundidad en el tratamiento de los temas escogidos para desarrollar sus tramas, en un cine que une pasado y presente en una simbiosis casi perfecta, fruto de sus habilidades creativas.
Muy ciertamente estamos ante un ente creador surgido de la cultura popular, que saltó a la fama ascendiendo trabajosamente por los escalones de la industria, convirtiéndose en un ejemplo de tenacidad que sirve de referencia a los realizadores de todo el mundo.

Su última batalla cinéfila la libra al lado de pesos pesados como Martin Scorsese para seguir filmando y proyectando las películas en celuloide, pues ante el empuje digital se había tomado la decisión de jubilar las cintas, pero la presión de este grupo ha impedido tal cosa, al menos por el momento.
Y aquí volvemos a caer en lo mismo, su defensa del pasado, de la tradición que no conoce fronteras ni géneros, pues recicla música, actores, libros, temas, en una línea de pensamiento que vive un presente añorando los tiempos idos.
Quentin Tarantino se erige en guardián celoso de una época y de una forma de ver el mundo, retomando en su cine nostálgico, géneros antiguos vividos en su niñez y juventud, para con quijotesco empeño divertir a la generación digital.