Indhira Aquino
El concepto de infancia proviene del latín Infantia, etapa inicial de la vida de un ser humano y abarca desde el nacimiento hasta los primeros cinco años de vida. Estos años son clave en el desarrollo y la formación de una persona. El cuerpo y la mente comienzan a desarrollar sus estructuras esenciales a lo largo de este periodo y sentaran las bases para el crecimiento posterior. Una primera infancia de carencias, con cuestiones que impidan el desarrollo saludable, determinara toda la vida del sujeto. De acuerdo a lo que reciba el niño en su primera infancia (educación, alimentación, afecto, etc.) se convertirá en un adolescente saludable y luego en un adulto sano y apto para interactuar en sociedad. Los niños que, en su primera infancia, reciben la atención y los cuidados necesarios, disponen de más probabilidades de enfermarse menos y desarrollar sus aptitudes y habilidades vinculadas al lenguaje, el razonamiento y los vínculos sociales.
Importancia de crear los vínculos afectivos correctos durante esta etapa de la vida del ser humano en miras a que en el futuro sea un ente social saludable: física y emocionalmente:
Como hoy día es bien sabido las bases de la personalidad, del desarrollo emocional del individuo, se generan en su mayor parte en los primeros años de vida en la interacción con la madre/ los padres. La mujer durante el embarazo, y después de de dar a luz, sufre una reorganización hormonal y, sobre todo, emocional, la cual debe ser bien manejada para poder obtener resultados favorables durante el proceso de crianza y formación.
No todas las mujeres tienden a vincularse de la misma manera con sus hijos. Ello depende, en parte, de:
– Cómo lograron establecer sus primeros vínculos con su propia madre,
– la posibilidad que tuvieron de disfrutar ellas mismas de un vínculo seguro en su infancia, y
– de la situación que la madre vive en aquel momento (relación de pareja, laboral, economía, soporte que reciba, etc.) le permitirá librarse a la necesidad de apego con su hijo o bien la llevará a un estado emocional de mayor re-plegamiento en el que le será difícil vincularse.
A medida que el niño progresa en sus capacidades
– Va pudiendo conservar dentro de sí la seguridad de la existencia de la madre aunque no la tenga ante sí. En términos de Piaget aparece la noción de “permanencia de objeto”. Este sentimiento de continuidad de la existencia de la madre que ofrecerá sus cuidados permite al bebé permanecer tranquilo brevemente aunque ésta no esté frente a él.
– También el haber ido interiorizando la convicción de que sus necesidades serán atendidas le permite cada vez más mantener la tranquilidad ante algunas frustraciones –como tener que esperar para ser alimentado-, que, aún en el mejor de los casos, siempre existen; inicialmente puede mantener la calma durante un rato si ve a su madre, más tarde le es suficiente con oír su voz, desorganizándose cada vez menos.
– Este vínculo seguro establecido con la madre le permitirá estar suficientemente tranquilo, sentirse seguro, e ir desarrollando sus capacidades, integrando a la vez las sensaciones que su cuerpo percibe (tacto, gusto, visión, oído sensaciones cenestésicas, de posición de su cuerpo, etc.) con su estado emocional, lo cual le llevará a ir realizando aprendizajes.
– Del mismo modo, cuando la madre capta los estados emocionales del bebé y responde a éstos con empatía, favorece el desarrollo de la empatía en el niño.
– Y, en la medida que le habla de sus necesidades, de lo que hacen juntos, del estado emocional que capta en el bebé le ayuda a desarrollar lenguaje pues el bebé, aunque inicialmente no comprende las palabras, capta el tono de voz tranquilizador, o al revés de enfado y nota que va dirigido a él, lo cual le coloca en situación de interés y alerta máximos.
Gerhard (2008) en su libro “el amor maternal” refiere de forma clara como en la relación del bebé con su madre, cuando ésta responde con sintonía y empatía a las necesidades del hijo facilita el desarrollo de sinapsis y por tanto de la red neuronal que queda fijada y que influye en su evolución. Asimismo, se ha demostrado que los niveles altos de cortisol del niño que no ve atendidas sus necesidades primarias, y por tanto sufre de stress y ansiedad, tiende a provocar alteraciones de los neurotransmisores que pueden dar lugar a patología variada de distintos niveles de gravedad en la edad adulta.
En casos contrarios donde no se establece el vínculo afectivo correcto suele ocurrir que:
Suelen ser niños inquietos, ansiosos, con dificultades para centrar la atención; muchos de ellos acabarán en el futuro con un diagnóstico de Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Esto, sumado a su intolerancia a la frustración, a no poder esperar para obtener la gratificación a sus deseos, les pondrá en una situación que hace muy difícil el aprendizaje.
Cuando el bebé y su madre no pueden disfrutar de esta primera etapa juntos con suficiente continuidad, estabilidad y seguridad se genera un vínculo inseguro, o un vínculo ansioso.
El bebé que presenta una discapacidad nace con la misma necesidad de vincularse para poder progresar que el niño sin dificultades. Y su desarrollo emocional depende asimismo en gran manera de su posibilidad de vincularse a su madre. Aunque, naturalmente, alcanzará el desarrollo hasta el punto donde su organismo, su sistema nervioso, le permita.
Después de recibir la comunicación de la sospecha o del diagnóstico de una discapacidad en el hijo, los padres deben realizar un proceso emocional que según Irvin y cols pasa por las siguientes fases:
– Un primer período de shock psicológico en el que el comportamiento puede volverse completamente irracional; es una fase de angustia y trastornos en el cual puede aparecer un fuerte deseo de huída.
– El segundo período es el de la negación: los padres tienden a poner en duda la realidad de lo que se les ha anunciado y cuando la malformación no es visible pueden creer que el médico se ha equivocado o que hay un error en las pruebas.
– Un tercer estadio de cólera, ansiedad y tristeza. Los padres pueden sentirse culpables y responsables de la malformación relacionándolo con algún comportamiento suyo (fumar, trabajar demasiado, etc.). También pueden tener un profundo sentimiento de injusticia.
– En el cuarto estadio los padres tienden a un estado de equilibrio y las reacciones afectivas de cólera o tristeza se reducen aunque sin desaparecer. Comienzan a sentir confianza en su capacidad para ocuparse de su hijo tal y como es. No todos los padres alcanzan este equilibrio y probablemente nunca se alcanza por completo.
– El quinto estadio es el de reorganización: los padres reorganizan su vida personal, laboral, de pareja y familiar de forma duradera en función de las necesidades del hijo.
En esto radica el interés de nuestro gobierno en poner la atención integral necesaria en la primera infancia a fin de que los resultados sean jóvenes empoderados y comprometidos a dar siempre lo mejor de sí a fin de tener una sociedad que luche junta por el bienestar común de la nación.