Otro histórico 25 de septiembre, pero esta vez del 1965, dos años después del golpe de Estado de 1963, regresó al país el Presidente Juan Bosch, en un ambiente marcado por la violencia, debido a la presencia de las tropas interventoras, con sus protegidos locales interesados en vengar la derrota que sufrieron en abril por parte de las huestes constitucionalistas.
La señora Arlette viuda de Fernández Domínguez, recuerda que acompañó a Bosch en su viaje de retorno desde Puerto Rico, donde se encontraba exiliado, y que hicieron el recorrido del Aeropuerto hasta la ciudad “bajo aplausos y tiros”, con lo que describe el ambiente de guerra que vivía la capital dominicana.
Son emblemáticas las gráficas del entonces líder del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), rodeado del alto mando militar constitucionalista, durante el acto multitudinario celebrado en el malecón de la ciudad, donde fue recibido de manera apoteósica.
De acuerdo con su discurso de aquel día, junto a las obras en las que analizó la realidad económica, política, histórica y social de la República Dominicana, las experiencias del 1965, tras el derrocamiento del gobierno de facto, el triunfo de los constitucionalistas contra las tropas contrarrevolucionarias y la intervención de los Estados Unidos, el pensamiento de Bosch cambió radicalmente.
El político y escritor contaba con las masas para ganar las elecciones fijadas para el 1 de junio de 1966, esta vez frente al candidato del Partido Reformista Joaquín Balaguer, con mejor aceptación entre los invasores y la oligarquía nacional. Estaba consciente, según explicó después, que los Estados Unidos no permitirían su triunfo electoral.
Pero la participación de Bosch y el PRD en las elecciones de 1966 fueron parte de las condiciones indispensables puestas por el Presidente Lindon B. Johnson de los Estados Unidos para retirar sus tropas de la República Dominicana, lo que era vital para los intereses del país.
Ante las consignas de “Juan Bosch, Presidente” de la multitud, Bosch valoró el heroísmo espartano del pueblo dominicano junto a los hombres de armas que vencieron a los golpistas de 1963 y luego se enfrentaron a tropas de la potencia más poderosa de la tierra, que invadió el país para frustrar su retorno al poder y la vuelta a la constitucionalidad.
Como dijera luego en su discurso de aceptación de la candidatura presidencial por el PRD, la última vez que fue candidato de ese partido, argumentó que no sería con las armas que el pueblo dominicano lograría salir airoso frente a sus enemigos internos y externos, sino con la inteligencia.
El doctor Franklin Almeyda Rancier, en su obra El PLD y las Fuerzas Sociales, afirma que la “situación creada a partir de esa intervención militar norteamericana, con el padrinazgo de la OEA, marcó un nuevo rumbo político en el continente, en el país y en el liderato del profesor Juan Bosch y en el PRD”.
Las expresiones siguientes, extraídas del referido discurso comentado en su libro por Almeyda Rancier, retratan las nuevas convicciones de Bosch surgidas al fragor de la guerra: “Somos un país pequeño y débil; mucho más pequeño y mucho más débil frente al poderoso país que ha entrado aquí sin nuestra autorización, que lo que era David frente a Goliat. David pudo librarse de Goliat con una honda, pero nosotros tendremos que librarnos de nuestro Goliat con la inteligencia”.
Mientras tanto, en el país persistía la inseguridad, con un Gobierno Provisional presidido por el doctor Héctor García Godoy, sin ninguna autoridad para detener una cacería iniciada contra los combatientes revolucionarios por parte de las fuerzas reaccionarias apadrinadas por los interventores.
La alta oficialidad constitucionalista junto a importantes dirigentes del PRD en Santiago de los Caballeros habían planificado rendirle homenaje póstumo al coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, con motivo de los seis meses de su caída en combate en la fallida toma del Palacio Nacional, el 19 de mayo de 1965. Se publicó en la prensa que, como parte del programa, el partido blanco les daría un desayuno en el hotel Matum de la ciudad norteña a los militares que defendieron con sus armas la constitucionalidad de la República.
De acuerdo a diversas fuentes, orales y escritas, hubo contradicciones entre los constitucionalistas sobre la pertinencia o no de aquel homenaje, debido a la falta de garantías por parte del Gobierno para que actividades de esa naturaleza pudieran realizarse con seguridad, con un país pisoteado por botas extranjeras.
En una entrevista con este reportero, el entonces vicealmirante retirado Manuel Ramón Montes Arache, dijo que fue de los jefes militares constitucionalistas que se opuso al viaje a Santiago, por los altos riesgos que implicaba, pese a que supuestamente el país había recuperado la paz. Explicó que finalmente aceptó participar en los actos con la condición de que a él y a sus hombres ranas se les permitiera viajar con sus armas de guerra.
El doctor Emilio Ludovino Fernández, hermano de Fernández Domínguez, que para la época tenía rango de coronel del Ejército, escribe en su libro Ya es Tiempo de Hablar que en principio su familia se oponía a la actividad, debido a que no querían que se politizara el nombre de su pariente militar.
“Estuvimos todos de acuerdo en que ningún Fernández asistiría al almuerzo que se daría en el hotel Matum. Al otro día salió publicado que no era el Partido Revolucionario Dominicano sino Antonio Guzmán quien nos daría el almuerzo. Parece alguien aconsejó no era prudente”, afirma.
Sostiene que incluso acordó con el coronel Juan Lora Fernández que se limitarían a participar en la ofrenda floral que se depositaría en la tumba de la familia, y “él y no nos detendríamos en La Vega donde vivía su madre, mi tía Roselia Fernández viuda Lora y allí nos pasaríamos el resto del día con ella y sus otros hijos, ya que Juan hacía mucho tiempo que no los veía”.
El militar y abogado refiere en su libro que se tomaron las precauciones de lugar, porque se aseguraba “que habría un atentado en el trayecto de Santo Domingo-Santiago. Que nos iban a emboscar. El coronel Caamaño dispuso que los vehículos salieran de la Avenida George Washington en grupo de dos o tres, pero a distancia de un kilómetro cada uno, de manera que tuviéramos un frente mucho más amplio. En cualquier emergencia pudiéramos auxiliarnos los unos a los otros. Así le sería mucho más difícil al enemigo hacer una emboscada”.
Al hacer memoria de los hechos destaca que se “tomó la precaución de que el coronel Caamaño no iría al frente de esa caravana. Los Fernández tampoco la encabezaríamos. Nos mimetizaríamos, tanto en carros públicos como en privado”.
De esa manera, dice Fernández llegaron al Cementerio Municipal de Santiago, donde se encontraron con una bomba que fue desactivada por los hombres rana del comandante Montes Arache. Refiere que justamente cuando pronunciaba un discurso el ministro de la Revolución, Héctor Aristy, “comenzaron a escucharse unos disparos que venían de fuera del cementerio”, y “unos hombres rana persiguieron sin éxito al soldado de las fuerzas regulares que hizo los disparos”.
Dice que de ahí se propuso hacer el periplo previamente convenido con Lora Fernández, pero que éste fue invitado por el coronel Caamaño a entrar al hotel Matum, para “tratarle un asunto”. Fue así, según recuerda, que marchó de regreso para detenerse en La Vega y esperar al pariente donde su madre “la tía Roselia”.
“Pero en el camino, del radio de mi carro escuché que los constitucionalistas habían sido rodeados y estaban siendo atacados por las fuerzas regulares. Decidí no pasar por la casa de mi tía Roselia. Pensé que Juan y los demás compañeros habían sido emboscados. Evidentemente, era una trampa lo que le habían tendido. Seguí a la Capital. Tan pronto llegué (no me detuve en la Cumbre, aunque los soldados me hicieron señas) me fui a mi campamento 27 de Febrero que se encontraba en Sans Soucí, donde teníamos acantonadas nuestras tropas”, dice.
Añade que encontró el regimiento constitucionalista rodeado de tropas norteamericanas, lo que le obligó, tras recibir el mando de manos del coronel Holguín, a colocar los soldados en posición de combate frente a los extranjeros.
“A una señal mía se encargarían de eliminar a esos soldados que estaban a pocos metros de nosotros. Distribuí mis tropas. Saqué de los cuarteles a todo el personal y lo desplegué a lo largo de todo el perímetro del campamento”, afirma.
Asegura que estando allí, “llamé al Presidente de la República, García Godoy. Le expliqué las circunstancias en que nos encontrábamos. Le dije que si se consumaba el crimen de liquidar a nuestros compañeros en Santiago se volvería a la guerra. Lo responsabilicé de lo que pudiera suceder”.
Mientras tanto, la sangre y el fuego cubrían el hotel Matum y sus alrededores en Santiago de los Caballeros. El coronel Lora Fernández murió alcanzado por un cañonazo de un tanque, junto a su ayudante, el sargento Domingo Antonio Peña. Murió también otra persona de la clase civil, camarero del Matum, pero las bajas del enemigo fueron mayúsculas frente a las de los constitucionalistas.
En un escrito de la época, Bosch sostiene que de todos los crímenes cometidos contra la democracia “ninguno, sin embargo, fue planeado con tanta maldad como el ataque al Matum”, donde el enemigo ni siquiera tomó en cuenta que en ese centro de esparcimiento se encontraban “cientos de personas, mujeres y niños entre ellas. Cuando todos estaban tomando el desayuno, comenzó un ataque al hotel con fusiles automáticos, ametralladoras de emplazamiento, calibre 50, y tanques pesados”.
De acuerdo con los informes obtenidos por Bosch de primera mano, la “Batalla del Matum duró seis horas, y si no hubo allí una matanza salvaje, se debió a la fabulosa sangre fría y la superior capacidad militar de los oficiales constitucionalistas, que tuvieron solo dos muertos –uno de ellos el coronel Juan Lora Fernández, un militar de excepción–, y dos heridos. Las bajas de los atacantes llegaron a 98, entre muertos y heridos”.
Solo así fue que acudieron las llamadas Fuerzas Interamericanas de Paz a poner fin al conflicto. Como se ve, la guerra continuaba, esta vez con mayores peligros, con unas elecciones pendientes, bajo tiros y con las tropas norteamericanas pisoteando al país.