Opinión

El cineasta de la fé y el infinito: Andrei Tarkovski

La conjugación de los sentimientos religiosos en el arte toman para expresarse las formas de seres iluminados por esa doble condición, artistas y hombres de fé, espíritus con habilidades expresivas que rozan con la divinidad y sus obras emiten esos destellos que maravillan a creyentes y profanos.

Lo infinito pernea la obra, guardando su significado para una cantidad finita de personas, y para el resto se convierte en el misterio que los atrae sin poder decodificarlas. Eso, cuando hablamos de aquellas que verdaderamente tienen algo que decir.

Parafraseando un poco al director italiano Roberto Rosellini, aún aquellos artistas no creyentes que se embarcan en la producción de obras con tema religioso, no dejan de ser influenciados o tocados en las mas íntimas fibras de su ser por ciertas verdades solo asequibles a las sensibilidades de espíritus libres que no pueden vivir como esclavos de las restricciones humanas.

La compleja dinámica del hombre y su interacción con la divinidad deja como resultado un arte repleto de tensiones pero con formas estéticas de gran belleza, o discursos ambiguos, múltiples y dialogantes para los espectadores.

Por supuesto, estamos hablando de artistas trascendentes en cuanto a discursos y habilidades artísticas, navegantes expertos en las procelosas aguas del arte y la religión, no de fanáticos incapaces de apreciar el Cantar de los Cantares o las sutilezas del Eclesiastés.

El cine de Andrei Tarkovski no puede entenderse sin estar claro acerca de sus creencias religiosas, de su razonada y profunda fe en Dios, porque todas y cada una de sus películas están imbuidas de esos elementos que pertenecían a su modo de vida y de ver el mundo.

Este artista, de una sensibilidad y un intelecto enormes, dejo constancia de sus creencias en películas, artículos, documentales acerca de su obra, y un libro de memorias Esculpir en el Tiempo, su testamento filosófico y estético.

Su concepción del arte en ningún momento chocó con su fe ni con sus ideales éticos por la fortaleza de sus reflexiones en torno a este, como se puede entender en estas palabras: “El arte es una forma de oración, una oración de otra manera que la utilizada por los fieles en una catedral”.

Traza un paralelo entre la impresión que nos causa el arte y la recibida por el fenómeno religioso, por esa conmoción espiritual que impacta en nuestra interioridad humana, pues: “Religión, filosofía arte -estos tres pilares sobre los cuales ha descansado el mundo-, fueron inventados por el hombre para condensar simbólicamente la idea del infinito”.

Cree que el arte al igual que la religión nos prepara para la muerte, por eso nos convence, nos deja perplejos, aletargados ,sumidos en la visión interior del fin de nuestra existencia hasta que lo aceptamos y encontramos la paz espiritual que produce la aceptación de la muerte.

Su cine es como el titulo de una de sus películas, El Espejo, un reflejo de la eternidad en la existencia cotidiana, la tensión interior transformada en tranquilidad, enfatizando lo contemplativo, lo analítico como motor de unas vidas que buscan la plenitud.

La fortaleza de su fe, sin embargo, no le impidió declararse profundamente pesimista sobre la capacidad de la iglesia para encauzar hacia lo espiritual el derrotero materialista y técnico en que se basa la sociedad actual.

Andrei Rublev es la película de Tarkovski que mejor expresa esa confluencia entre ética, la hermandad del amor y la fe, y es a su vez una incisiva investigación sobre la sicología del trabajo creador, de las dificultades de los artistas para construir una obra original en ambientes hostiles, pues la creación artística es enemiga del facilismo.

La idea de lo infinito no se puede describir con palabras, aseguraba el cineasta-pensador ruso, y solo el arte hace a ese infinito visible. Una tesis genial, a mi modo de ver, que a lo absoluto solo se acceder por la fe y por la actividad creadora, de ahí el artista, como mensajero del cielo, más cercano a lo divino que a lo humano.

Una puntualización importante es que al igual que la fe en Dios, debe tenerse fe en el artista, porque sin esa condición es imposible recibir su mensaje o adentrarse en sus significados, pues si no crees en el predicador, lo que este diga carece de interés.

La creación es un milagro, el fruto del trabajo y la fe en el ideal, en el sistema de imágenes. Son las creencias con que Tarkovski quiere confrontarnos para convertirnos en sus partidarios intelectuales, en seguidores, no solo de sus filmes sino de la filosofía que lo transforman en un pensador de gran profundidad en los temas estéticos.

A lo largo de sus siete largometrajes y un corto, resuenan las ideas sobre el arte y la religión que el realizador rumió en su cabeza, plasmando en esos filmes sus reflexiones, los conceptos en los que creía y los cuales guiaban sus pasos.

Aunque la mayor y más antigua productora de Rusia ha liberado sus otras películas, el patrimonio de Andrei Tarkovski está gestionado por www.films-sans-frontieres.fr y protegido por las leyes europeas y rusas que perpetúan la protección hasta 70 años después de la muerte del autor. Probablemente la más conocida del publico dominicano sea Solaris (1972), Gran Premio Jurado de Cannes, su respuesta a 2001 Odisea del Espacio de Kubrick, la cual le pareció fría y estéril.

Como el mismo gustaba decir, y así mismo practicaba, el suyo era un pensamiento que se desarrollaba en la polémica, en la confrontación de las ideas, en el intercambio de pareceres que enriquece y aclara las ideas.

El director creó unas pocas y significativas obras en un entorno eminentemente hostil, articulando un discurso coherente con sus valores espirituales, anclados en las tradiciones culturales rusas, constituyéndose en un referente del cine mundial.

Andrei Tarkovski produjo un cine donde la conceptualización artística estaba ligada por lazos indisolubles con sus creencias religiosas, que el realizador recubría de un manto poético, en el sentido extenso del término.

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