En la praxis de la política vivida en los procesos internos de los partidos, en primer lugar y en la sociedad, en segundo lugar, se manifiesta el maniqueísmo en formas múltiples, sustentando argumentos diversos. Pero, el maniqueísmo común de los partidos políticos se simplifica en argumentar o trabajar para influir en el pensamiento de sus militantes y de las personas en sentido general, escenarios prefabricados en donde unos son “buenos” y otros son “malos.” Esto se ve a diario, a través de internos argumentos, dilucidados en tertulias y convivencias de oficinas, terrazas, bares y restaurantes; sobre cualquier partido político. Para la militancia es una pésima receta, porque divide y al dividir, resta fuerza.
Los actores, habitualmente se manifiestan como auto suficientes, dejando ver que los otros o se suman a sus pretensiones, o simplemente quedan fuera del ámbito de lo bueno. Si no somos nosotros, entonces nadie. Argumentan que sin unos –los buenos- no se adelantan oportunidades, que sin ellos se avecina el caos. Así, que los malos se suben al tren o los tumba el ímpetu de las turbinas del poder de la Fisca, al romper la inercia y arrancar a velocidad del sonido.
Casi siempre se da en las cúpulas de los partidos, y se desparrama como viento fresco hacia la estructura, es una verdadera pena que siempre se repita la historia, en donde negando la responsabilidad por los errores cometidos, pretenden hacernos creer que no son productos legítimos de su voluntad, sino que son resultados de circunstancias, en donde los “buenos” y los “malos” dominados por ambiciones ancestrales, tratan de imponerse de una forma que marca mayúsculas irresponsabilidades.
La existencia de estos “dos principios contrarios y eternos que luchan entre sí, el bien y el mal,” acogota la unidad y abre la brecha del fracaso electoral a los partidos que practican el maniqueísmo. Esa es la historia fatídica de los partido políticos o cualquier institución terrenal, en donde aparecen unos “buenos” que con medias verdades y mentiras enteras, arrinconan, acorralan y gritan: “o nosotros o que entre el Mar.”
No han sido los partidos los que han fracasado, son sus dirigentes quienes han pecado de irracionales, poniendo en peligro el futuro, dejando que les acorralen desde afuera, infiltrando ideas y procedimientos exógenos a la estructura partidaria. Colocando la irracionalidad en supremacía de la razón y rompiendo paradigmas de armonía y unidad. No existe peor naturaleza humana, que aquella que se apodera de nuestras almas para dañar a otros, en nombre de la bondad. Mirar la paja en el ojo ajeno no es practicar el bien, todo lo contrario, manda al infierno a la unidad.
La doctrina Maniquea, cuando predicaba que los pecadores, corrompidos, no podían ser miembros de su Iglesia, ni los sacramentos podían ser administrados por aquellos considerados pecadores, estaba auto invalidándose, porque en la tierra, según Jesucristo, no existen buenos: “¿Por qué me llamas bueno?” preguntó. Y no se detuvo ahí, él mismo se respondió: “bueno solo hay uno, y está en el Cielo.”