Opinión

Cuando llegué al PLD

Diciembre era menos cálido. La brisa abandonaba sus suaves caricias otoñales para agredir hojas y ramas, para agrietar los labios y condensar el tibio aliento con el frío rocío matutino que envolvía el alba. El pasado siglo arrastraba sus seniles pasos hacia el fetal murmullo de lo nuevo, de lo que traía en paralelo una estrella reluciente y amarilla que flotaba prendida de un paño morado con cariz de horizonte, con talante de esperanza.

Los años setenta consumían su último peldaño y el país hervía entre la tea y el paño blanco que exiliados dominicanos en Cuba, diseñaron para simbolizar la lucha contra la tiranía y el tirano, ajusticiado el 30 de mayo aquel. Aquellos símbolos eran la moda. Mis padres, abuelos, tíos, vecinos, amigos, conocidos y transeúntes, vibraban al sonar de aquel himno, que al partirse el día a la mitad, sonaba como aleteo de palomas como preludio a la estentórea voz del líder negro que, sofocado, por Tribuna Democrática, dibujaba un paraíso en construcción.

Yo no estaba a la moda. Era mi adolescencia y buscaba mi identidad política; para ello leía a toda máquina como si quisiera beberme de un trago las cepas y raíces del conocimiento, libros disparados hacia todos los caminos y orientaciones. Ya sabía de Juan Bosch, de su efímero gobierno, de su constitución progresista, de su discurso llano, hasta encontrarlo para siempre en La Voz del PLD; hice de ese espacio radial mi escuelita sin ausencia.

Vanguardia del Pueblo llegaría después de la mano de Antonio Soto, un respetable hombre del barrio que comenzó a llevármelo a pasar de mis 14 años. Mi padre, que estaba en la moda blanca, nunca quiso que tocara ese periódico hasta que se enteró de quién me lo entregaba personalmente todos los miércoles. De la mano de este señor, compañero luego, que a poco tiempo perdió la visión, lo que convirtió en el primer peledeísta adscrito advitam, llegué al partido de cuadros concebido por aquel maestro como el proyecto que encajaría en la Sociedad del Conocimiento, consciente, (él) quizás de que este intangible vendría a ser más importante que los demás factores de la producción.

Él me hizo enamorarme de las ideas, que no de su piel ni pelo blanco y ojos azules, que no de su porte de obelisco y mirada tierna e imperativa. Por ello, a mis dieciséis años, en el Comité Intermedio Juan Pablo Duarte, bajo la orientación de Rafael Medina, y en compañía de Fernando Wance, Miguelina Luciano, Sandra Ramírez y posteriormente Héctor Luis Martínez, entré a un Círculo de Estudio, el alma de donde emergería el nuevo hombre para la nueva sociedad, pero que cerramos para dar paso a la franquicia que se vacía de contenido y pierde el Norte.

Los círculos nos dieron el sueño, la utopía que sirvió de estimulo para la formación que trajo la disciplina consciente y el centralismo democrático que giraba en torno a fines nobles, que trajo la crítica y la autocrítica que doblegaba la soberbia, por eso llegábamos al PLD a dar, no a buscar. Pedir para el partido en las calles, cotizar y buscar cotizantes, vender el periódico y hacer actividades de recaudación nos hacían sentir orgullosos y revolucionarios.

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