Opinión

Congreso: representar o caminar juntos

En la Democracia Representativa, el pueblo, que se supone El Soberano, elige mediante voto popular, en muchos casos obligatorios y en todos secreto, a políticos que deberían representarle, según la lógica y la dinámica de los regímenes que emergieron tras la Revolución Francesa y la creación de los Estados Unidos; esto es, sistema republicano presidencialista y monarquías constitucionales.

Sabemos que en el esquema republicano, tanto el presidente como los senadores y diputado, indistintamente de si el sistema sea bicameral o unicameral; con Senado, o Cámara de Senadores y Cámara de Diputados o de Representantes, los electos, desde el presidente al resto de los seleccionados por el voto se deben, o deberían deberse, a los que les eligieron, por lo cual sus acciones, iniciativas de ley, e incluso administrativas, en el caso de los Parlamentos que son expresión de las monarquías constitucionales, deben responder al interés popular que nunca debe verse como una unidad ya que la heterogeneidad de nuestras sociedades tienden cada vez más a fragmentar la representación.

En el caso de las monarquías constitucionales, con apellido nuevo para permitir la permanencia de un fósil propio del sistema de producción feudal, el Parlamento que va más allá de hacer leyes como en el sistema presidencial republicano, los parlamentarios, en nombre del pueblo, teóricamente, no solo hacen las leyes, sino que administran y eligen al premier y los ministros quienes les deben rendir cuentas de manera periódica, contrario al régimen presidencial en el que los ministros son nombrados por el Presidente y sus cuentas se rinden a éste. Y así, el Rey, esperpento medieval sin legitimación popular, flota en estos inexplicables regímenes como aquello viejo que según la dialéctica se niega a morir.

De esta manera han funcionado nuestros sistemas políticos, casi sin cambios durante siglos, mientras la delegación en la representación se ha convertido en una cesión, cuestión que ha ido dejando a los electores sin representación, porque las curules se fueron transformando en propiedades, y más que de las formaciones partidarias, en conucos individuales, como medio de subsistencia económica y política, que deja al voto sepultado en una urna y sin más valor que el intrínseco del papel, con sus leyendas y fotos: sus tintas.

Esta realidad choca con un proceso de afianzamiento de los derechos individuales y colectivos de la sociedad global que se construye, al margen de la verticalidad que han impuesto los partidos políticos al burlar la confianza que el elector depositó en su delegado, al punto de caricaturizar la democracia representativa que, entrada en crisis, da pasos a la construcción de una participativa en la que el legislador o congresista debe caminar junto al elector durante todo el período de la legislación, porque la palabra congreso, o congressus en latín, significa “Caminar juntos”.

Y caminar juntos, es construir entre todos una sociedad que se torna cada vez más horizontal, que va quitando el privilegio del conocimiento y la información a las élites, hasta incluso, provocar pobladas mediáticas que hacen que los “representantes” forzosamente se encausen por el redil del interés de las masas, que quieren gobernar junto al presidente, al primer ministro y quieren ocupar su curul de la mano del senador, diputado o representante, porque la inclusión es la principal materia prima en la democracia participativa.

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