Hablan los hechos

Una amenaza llamada Donald Trump

Desde que el pasado 16 de junio anunció su intención de competir por la candidatura presidencial del Partido Republicano, el multimillonario Donald Trump se ha convertido en el centro de atracción de la política de Estados Unidos gracias a sus polémicos pronunciamientos.

El mismo día en que anunció su participación en la carrera presidencial, Trump acusó a los inmigrantes mexicanos en la nación norteamericana de llevar drogas a este país, de ser delincuentes y violadores.

A semejante insulto Trump no tardó en añadir una crítica mordaz a los antecedentes militares del senador John MacCain, que peleó en Vietnam y pasó años en un campo de concentración del Vietcong, donde fue torturado. Según Trump, MacCain “solo es un héroe de guerra porque fue capturado”, una apreciación a la que acto seguido agregó: “Me gustan los que no han sido capturados”.

Famoso por no tener pelos en la lengua, el magnate del sector inmobiliario y de los casinos no evade la confrontación y siempre tira a matar. A Lindsey Grahan, que también compite por la candidatura presidencial por el partido rojo, lo trató de “peso pluma total” cuando éste lo tildó de “bruto”. Mientras, del ex gobernador de Texas, Rick Perrry, que también osó criticarlo, dijo que “usa anteojos para hacer creer que es inteligente”.

A golpe de insultos y descalificacionesTrump ha secuestrado la campaña interna del Partido Republicano, logrando que todo gire en torno suyo. La última medición de las simpatías electorales hecha por CNN-ORC, lo colocan puntero con un 24%, 11 puntos por encima de su más cercano competidor, el ex gobernador de La Florida Jeb Bush, que aparece con apenas 13% de las preferencias.

Trump es el único de los 16 aspirantes a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano que no ha hecho carrera política. Sus adversarios en el partido rojo son o han sido senadores, gobernadores o alcaldes, con la única excepción de Carly Fiorina, ex consejera delegada de Hewlett-Packard. Sin embargo, Fiorina formó parte de equipo de campaña de John MacCain y en el 2010 compitió por la Senaduría del Estado de California, siendo derrotada por la demócrata Barbara Boxer. A todos estos políticos experimentados el señor Trump los ha eclipsado, incluyendo a Jeb bush, como ya dijimos, que además de hijo y hermano de expresidentes, es miembro de una poderosa familia de los Estados Unidos que por años ha ejercido el liderazgo del sector duro del Partido Republicano.

Aunque Mario Vargas Llosa, premio Nobel de literatura, lo declara “payaso con dinero” y le endilga los motes de “ridículo personaje” e “imbécil racista”, es menester preguntarse por qué millones de estadounidenses se han dejado seducir por el señor Trump, un hombre que parece desafiar las leyes de la política, diciendo o haciendo lo que el simple sentido común desaconseja.

No cabe duda de que uno de los factores que operan a favor del magnate es su enorme riqueza, calculada por él mismo en 10 mil millones de dólares. Hoy día la disponibilidad de recursos es directamente proporcional a las posibilidades de éxito en la política. Además, poder costearse su propia campaña es una gran ventaja para cualquier candidato, porque esto da independencia.

Pero la abundancia de recursos no lo explica todo en el caso del personaje que ocupa nuestra atención. Tan sólo un mes después de anunciar sus aspiraciones a la Casa Blanca, Jeb Bush había recaudado 114,4 millones de dólares para su campaña, dejando muy atrás a todos los demás aspirantes de su partido. Bush arrancó liderando las preferencias entre los republicanos, pero muy pronto fue superado por Trump con un mínimo de esfuerzo y sin incurrir en grandes gastos.

Es indiscutible que lo que ha catapultado a Trump son sus “locuras” fríamente pensadas y hábilmente servidas. Como dijo el Premio Nobel de economía Paul Krugman, él “es exactamente el tipo de persona que forma parte de la base republicana y con la cual la base republicana se identifica”. El conecta con lo que muchos norteamericanos piensan, pero que nadie se atreve a convertir en tema de campaña.

Donald Trump no es un político experimentado, pero tampoco es ningún imbécil. De verbo fluido y lenguaje corporal adecuado, domina la técnica de la comunicación y tiene gran poder de convencimiento. Con mucho éxito hasta ahora él está utilizando en la política la técnica del reality show de la televisión, que domina a la perfección y que lo convirtió en celebridad mucho antes de su incursión en la política, una condición que pesa mucho si juzgamos por la experiencia del actor de cine Arnold Schwarzenegger, elegido dos veces como gobernador de California pese a su inexperiencia política y su escasa formación intelectual.

Trump se ha labrado la imagen de genio de las finanzas y ha utilizado hábilmente su notoriedad para apuntalar sus negocios. El empresario exitoso quiere dominar ahora la política con esos mismos métodos. El hace política burlándose de ella y de quienes la cultivan. Por ejemplo, cuando Fox News le preguntó durante el debate entre los diez principales aspirantes a la presidencia del partido rojo por qué había donado dinero a Hillary Clinton si él es tan republicano, respondió: “Soy un hombre de negocios. Le doy a todo el mundo. Cuando me llaman, les doy. Y sabes qué? Cuando necesito algo de ellos, dos o tres años más tarde, les llamo y ahí están para mí. Y es un sistema roto. Con Hillary Clinton, le dije ven a mi boda, y vino a mi boda. ¿Sabes por qué? No tenía otra opción porque le di. Le di dinero a su fundación y, francamente, una fundación en teoría debe hacer el bien”.

Trump no tiene escrúpulos, eso es más que notorio. Pero su discurso lo amplifican factores que han estremecido la política en no pocos países del mundo, como Grecia, España, Francia y Reino Unido, para citar unos pocos casos. La gente percibe que las formaciones políticas tradicionales se han puesto de acuerdo para que todo siga igual. De ahí la tendencia a premiar lo que se proyecte como novedoso o desafiante, aún se reconozca polémico.

Timothy Stanley, historiador y articulista del diario británico The Daily Telegraph, sostiene que en Gran Bretaña el Partido Laborista tiene actualmente su propio Donald Trump, a quien describe como “un candidato de extrema izquierda con mal genio que quiere nacionalizar el sector energético y desmantelar nuestras defensas nucleares”.

Ese candidato es Jeremy Corbyn, quien actualmente se proyecta como probable vencedor, con más del 50% de los votos, en el proceso interno para escoger al líder del Partido Laborista. Gordon Brown y Tony Blair han definido a Corbyn, que a diferencia del típico caballero inglés viste sin corbata, como un verdadero peligro.

De igual manera ha definido a Trump el liderazgo tradicional del Partido Republicano, convencido de que las posiciones de este magnate sin escrúpulos terminarían convenciendo al establishment norteamericano de la necesidad de respaldar las aspiraciones de Hillary Clinton.

Consciente del peligro que para sus pretensiones políticas representa semejante percepción, Trump no ha descartado la posibilidad de convertirse en candidato independiente, con lo que la derrota del Partido Republicano quedaría prácticamente sellada en la contienda del año próximo. Eso le garantiza, al menos, cierto respeto a sus aspiraciones.

Pero Trump ha acumulado fuerza suficiente como para complicarle las cosas no solo al Partido Republicano. Sus aspiraciones comenzaron como una broma y se han convertido en algo muy serio. Sus ocurrencias le dan la vuelta al mundo y los medios centran en él toda su atención. Donald Trump es quien dicta el curso del debate y las últimas encuestas indican que ha logrado acortar la distancia con Hillary Clinton, quien le aventaja por tan solo 6 puntos (51-45).

Ahora bien, el precandidato Trump, consciente o inconscientemente, ha estado estimulando enconos sociales, viejos y nuevos, que la sociedad política norteamericana ha abordado con la más absoluta hipocresía desde el momento mismo de la fundación de la nación, pero que hoy constituyen la más seria amenaza a los altos niveles de cohesión que ha exhibido siempre la sociedad norteamericana. Esto lo convierte en una verdadera amenaza.

Un multimillonario desvergonzado pone hoy patas arriba la política en Estados Unidos. Las cúpulas de los dos grandes partidos coinciden en rechazarlo, pero buena parte del electorado hasta ahora lo prefiere. Una historia de rebeldía cuyo final está aún por conocerse.

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