Humberto Almonte
Las vías del cine para aproximarse a las culturas nacionales son de una multiplicidad sorprendente para un arte tan joven en su nacimiento y tan viejo por las influencias de otras artes. O en virtud de la riqueza de su propia prehistoria, que recoge antecedentes tan notables como el intento por reproducir el movimiento en las pictografías de las cuevas y el mito de la caverna del filósofo griego Platón.
Traducir a imágenes en movimiento el vaivén cotidiano de un pueblo y sus costumbres ha dado pie a tropiezos de los que no se libran los populistas o la elitista aristocracia nacionalista, muy dada a erigir monumentos y demás yerbas por el estilo.
Se ha hecho de uso común la frase aquella de que “hay que poner el oído en el corazón del pueblo”, y ese ha sido el problema, pues hay que agregarle los ojos, las manos, el cerebro y las demás partes del cuerpo humano, aderezadas con mucha sensibilidad.
La cultura no necesita ser salvada ni protegida, o mucho menos acercada al pueblo. Son esas mismas gentes quienes la construyen, se apropian de ella y la hacen crecer. Todo lo que sea autentico y bañado por los valores populares, perdurará sin necesidad de cuidados especiales.
Ese miedo a intercambiar pareceres con obras de miradas diferentes a las nacionales se asienta en prejuicios reduccionistas, en pensamientos estrechos y de dudosa solidez que no resisten la confrontación con otras ideas, so pena de desnudar su orfandad de contenido.
Si nos detenemos un momento a observar esa laureada y difundida película Fresa y Chocolate (1994), salida del ingenio de Tomas Gutiérrez Alea , dirigida a cuatro manos con Juan Carlos Tabío y basada en el cuento de Senel Paz, nos daremos cuenta de que el cineasta cubano propone una mirada amorosa, crítica y respetuosa de la cultura cubana.
Pero entonces… ¿de dónde viene la idea de que Fresa y Chocolate es un filme en defensa de la diversidad sexual? En realidad ese es uno de los temas. Relevante eso sí, pero no necesariamente el único ni el más importante, pero si el que tenía mayor atractivo para las audiencias porque exteriormente tocaba una parte políticamente más sensible y por eso, más vendible.
Si empezamos a mirar más detenidamente, nos damos cuenta que es tan complicado poseer en Cuba un ejemplar de una novela de Vargas Llosa como el hecho mismo de tener una orientación sexual diferente. Son lados distintos pero complementarios de una visión cultural restringida, anclada en presupuestos puristas de la ideología política.
Entre David (Vladimir Cruz), el militante comunista, y Diego el homosexual (Jorge Perugorría), existen unas coincidencias que en inicio toman la apariencia de dudas sobre la sexualidad, pero que más tarde van apareciendo bajo la luz de divergencias en cuanto a las formas de aproximarse a la cultura, puesto que ambos son sujetos interesados en el hecho cultural, venga de donde venga.
Completan el cuarteto Miguel (Francisco Gattorno), un cuadro del partido, y Nancy (Mirtha Ibarra), la vecina de Diego que termina enamorada de David, en esta oda a la tolerancia de las ideas contrarias, a la cultura de un país y de una ciudad.
A ese cuadro fiel al partido que es Miguel, le interesan mucho más las relaciones de Diego con las embajadas y los extranjeros. A sus ojos esto lo convierte en traidor al proceso revolucionario. Incapaz de ver más allá de las consignas y las ordenes, actuando como el típico militante que jamás osa pensar por sí mismo.
David, en cambio, aunque es fiel a la revolución y al partido, está en la búsqueda de una definición y de una visión propia que se adecue a los valores que le son predicados en los discursos. En la práctica está muy lejos de ser así. Él es hijo de una cultura, de un proceso y una línea educativa, es el producto de una Cuba que aún se sigue reinventado.
Las discusiones, diferencias y aproximaciones se dan entre alusiones al arte, la literatura, la historia, con todos estos elementos aglutinantes flotando en cada fotograma, impregnándolo de una vehemencia en la degustación de los elementos culturales cubanos tan significativa como sutil para los sentidos de los conocedores.
Lo que Titón retrata muy claramente es la lucha entre el artista, el degustador de la cultura y el burócrata, ese objeto que sobrevive en todos los regímenes políticos, presto a obstaculizar en nombre de la defensa de unos principios en los cuales no cree, los de la creación artística, de la cual tampoco entiende nada.
Un gran protagonista de este filme es la ciudad de la Habana, que como se dice “el que no la ve no la ama”, y en su caso es evidente el amor por su ciudad, por documentar su realidad, retratando la singular arquitectura de la capital cubana de una belleza solemne.
Gutiérrez Alea es el autor de un cine que invita a descartar las obviedades y los contenidos superficiales. Por eso en Fresa y Chocolate nos invita a recorrer los entresijos de la herencia cultural de la mayor de las Antillas, desde Lezama Lima a los santos, de un hermoso sincretismo que crea el artista que Diego representa hasta aterrizar en un icono de la dulzura gastronómica como son los helados de Coppelia.
La belleza plástica y actoral de esta película es conmovedora porque sale de un espíritu hermanado con la rigurosidad en la práctica de su arte y un sentido autocritico que le valió más de una ceja alzada o una duda acerca de su compromiso ideológico. Pero él nunca transigió en la defensa de sus creencias, en su compromiso ideológico y sus valores.
Fresa y Chocolate se inscribe en una polisemia que enriquece a la obra en su totalidad significativa, de ahí que se le quiera asignar un solo discurso, pero es demasiado rica en significados para ser reducida a una película en esta o aquella dirección.
El planteamiento del director es que el ejercicio de la crítica dentro del proceso de la revolución cubana es más necesario que nunca, y que incorporar el punto de vista del otro, entender al otro, es parte de la convivencia, del enriquecimiento político y artístico.
Tomas Gutiérrez Alea hace en Fresa y Chocolate un recorrido por la cultura universal, y la cubana en particular, poniendo el acento en los conflictos entre los artistas y la burocracia política, siempre corta de miras, reclamando tolerancia para con el pensamiento ajeno en una película de múltiples lecturas temáticas.