Humberto Almonte
Desde los tiempos remotos las leyendas sobre criaturas horrendas forman parte de la cultura popular y son un reflejo de los miedos atávicos que aun pueblan el inconsciente colectivo de la humanidad. Seres salidos de las sombras de las supersticiones que nacieron en aquellas épocas y que aún la modernidad no ha logrado desterrar de los oscuros rincones que pueblan la imaginación.
La vida, la muerte y la inmortalidad son las premisas sobre las que se mueven estos deformes reflejos de nuestros deseos y aspiraciones, a imagen y semejanza de las más bajas pasiones.
Los temores iniciales y la ignorancia encontraron el caldo de cultivo ideal para crear seres sedientos de sangre, muertos en vida y alejados de las luces del día o de las cruces, separados de sus posibles víctimas por la frontera del ciclo solar.
El vampiro dormido durante el día despierta en la noche para buscar la sustancia que lo conecta con la vida: la sangre. Esta, más que alimento es la fuente de la vida, el fluido que transporta los elementos que lo mantienen habitando la tierra.
Nosferatu, Una Sinfonía de Horror (1922), es la crónica vampírica dirigida por F.W Murnau, inspirada en la novela Drácula de Bram Stoker, por lo cual fue demandado y su obra condenada a destruirse, pero por suerte sobrevivieron varios ejemplares a esta cacería de vampiros de celuloide.
Ambientada en Alemania, y protagonizada por Max Schreck como el Conde Orlok, vemos uno de los más aterradores ejemplares chupasangre de la historia del cine. La impresionante y realista interpretación de Schreck, da vida a una criatura que representa el terror en estado puro, esa fuerza cargada de maldad que nos deja helados.
Murnau sitúa su obra en la ciudad de Viborg en Alemania en vez de Inglaterra, cambia el nombre de Drácula por Orlok, a Harker lo transforma en Hutter y a Mina la llama Ellen, logrando una obra maestra y un gran clásico del cine.
¿Qué diferencia a Orlok de otros vampiros? Pues que parece salido realmente de ultratumba, y porque ejerce su maldad metódica y sangrienta sin acudir a explicaciones metafísicas o justificativas.
La película Nosferatu ha sido restaurada, y hoy día puede verse en todo su esplendor con Orlok mostrando su cabeza calva, sus largas uñas y la enorme estatura que a muchos nos sigue parando los pelos por su realismo extremo.
En 1992 Francis Ford Coppola dio vida a Drácula en su película del mismo nombre, adaptando casi literalmente la novela de Stoker, con la participación de Winona Rider, Gary Oldman, Anthony Hopkins y Keanu Reeves, entre otros actores, logrando así el retorno al camino del éxito financiero.
El Conde Drácula interpretado por Gary Oldman es un ser sibilino, elegante, con aires de gran señor, de guerrero implacable, de engatusador romántico. Actitudes que marcan el desarrollo del personaje a través de la película y demuestran la versatilidad actoral de Oldman.
Esta es una de las versiones más elegantemente sensuales vistas de Drácula alguno, pues el vampiro se regodea con el sexo en múltiples ocasiones, e incluso, toma aires de gran seductor en otras, muy ayudado por la elegante plasticidad del vestuario y los decorados.
El tono recatado del personaje de Mina Harker en la novela, con su refinada elegancia, es transformado en una figura que destila sexo e incluso le es infiel a su esposo con el embaucador Drácula. Y nada digamos de la vulgar Lucy Westenra que nos muestra la película.
Coppola apuesta por el trasfondo sexual que siempre se le ha atribuido al vampirismo, pues se ha dicho que su mordida tiene mucho de éxtasis sensual más que de horror repulsivo. Este Drácula marca una distancia con otras versiones más mojigatas.
El cambio de paradigmas en el tratamiento de la atmosfera del clásico film de chupasangres es patente en la versión de este director estadounidense, dotándolo de un refinamiento no tan común en este género, Coppola es infielmente fiel al texto para capturar el espíritu que el escritor quiso proyectar con su novela.
Desde los horrores iníciales, a unos irreconocibles vampiros actuales que no chupan sangre, la evolución de este popularísimo género del cine no se detiene y sigue gozando de gran popularidad entre los degustadores de la sangre en el cuello.
Tenemos las particulares versiones animadas, como la desternillante Vampiros en la Habana (1985) de Juan Padrón, donde un vampiro musical y parrandero, en una Cuba bajo dictadura, vive de cara al sol merced a una formula científica o la estupenda animación 3D de Hotel Transilvania (2012), donde Drácula construye un hotel para salvar a los monstruos de los crueles humanos.
En el fondo, las películas de vampiros se construyen sobre una base de miedo, terror y sexualidad, a veces tímidamente sugeridas, y solo la mencionada Drácula de Coppola y El Ansia (1983) de Tony Scott, se aventuran de manera clara en los mares de la sexualidad, y algunas pocas otras que se salen del redil de lo establecido.
Los vampiros han demostrado su inmortalidad en el cine, resurgiendo de tiempo en tiempo, para clavarnos en nuestros ojos elegantes imágenes llenas de horror y sensualidad.