El desconcierto se ha apoderado del movimiento progresista latinoamericano luego del sorprendente resultado de las elecciones celebradas en Argentina el pasado 25 de octubre, en las que, contra todos los pronósticos, se produjo prácticamente un empate técnico entre el candidato del oficialista Frente para la Victoria (FpV), Daniel Scioli, y el opositor Mauricio Macri, líder de la coalición de derecha Cambiemos.
Reina la percepción de que la región se encuentra en la antesala del primer gran revés político-electoral que le cuesta el poder a un partido de izquierda desde que Hugo Chávez inaugurara la era del progresismo en América Latina con sutriunfo en las elecciones venezolanas de 1998.
Sería un golpe contundente, susceptible de amenazar la continuidad del movimiento soberanista latinoamericano y los proceso de integración que en los últimos años han fortalecido significativamente la capacidad de autodeterminación de las naciones en la región, habida cuenta de que tan adverso factor vendría a sumarse a las dificultades económicas y políticas que actualmente confrontan Brasil y Venezuela, sus principales impulsores junto a la Argentina.
¿Cómo explicar este dramático vuelco a la derecha? ¿Qué lecciones deberíamos extraer del actual proceso argentino?
Parece evidente que Scioli no supo concebir una estrategia para abrirse camino ante los reclamos de los sectores más allegados a la presidenta Cristina Fernández, que le reclamaban mayor nivel de compromiso con los postulados del kirchnerismo, y la necesidad de incorporar al discurso planteamientos capaces de atraer al peronismo opositor,liderado por Sergio Massa, que se instaló en una sólida tercera posición con el respaldo del 20% del electorado.
La respuesta del candidato oficialista al que fue y sigue siendo en la actualidad su principal reto fue la ambigüedad, las constantes evasivas ante cuestiones fundamentales para el futuro del país. Es esto lo que en gran medida explica que habiendo obtenido el 38,4% de los votos en las primarias abiertas y obligatorias celebradas en el mes de agosto, descendiera al 36,8% en la primera vuelta de las elecciones celebradas dos meses después.
Es decir, la ambigüedad impidió la polarización por la que debió apostar Scioli y creó un terreno fértil para el avance de la oposición: Macri subió del 30% al 34,3% y Massa del 20,6% al 21,3%. El 25 de octubre votaron 2,1 millones de personas más que en agosto. De estos, 1,6 millones se inclinaron por Macri y 500 mil por Massa. El candidato del FpV, entretanto, solo logró sumarse unos 200 mil votos.
El mayor peligro que durante todo este proceso ha estado acechando a la coalición gobernante y su candidato es la ralentización de la economía como consecuencia del descenso en los precios de las materias primas. Eso no era un secreto para nadie. La experiencia de Dilma Rousseff en Brasil se encargó de poner en evidencia una vez más la estrecha relación que existe entre el desempeño económico de un país y los niveles de aceptación del partido en el poder. A Lula le resultó fácil organizar el relevo en un Brasil con una economía viento en Popa. Pero en Venezuela el chavismo estuvo a punto de zozobrar por los graves problemas económicos, no obstante la evidente conmoción que produjo la ida a destiempo de ese hombre excepcional que fue Hugo Chávez. Probablemente a la oposición le faltó un mes más de campaña para frustrar el triunfo electoral de Nicolás Maduro.
Aunque de manera inteligente Scioli llegó a plantear que profundizaría lo que haya que profundizar y que cambiaría lo que haya que cambiar, haciendo las cosas a su manera, le faltó, sin embargo, trabajar a fondo estos tres ejes temáticos. Perdió mucho tiempo respondiendo los ataques de la oposición sobre una supuesta dispersión del peronismo gobernante. Pudo convertir en fortaleza el espinoso tema de la economía presentando como una amenaza adicional a los negativos factores externos la posibilidad del retorno a las políticas neoliberales con un eventual triunfo de la oposición macrista. Fueron esas políticas las que provocaron la grave situación que el kirchnerismo logró sortear con éxito, un mérito que le reconoce todo el pueblo argentino.
Hábilmente la oposición centró sus ataques en la presidenta y su gobierno, presentando a Scioli como un subalterno obligado a la obediencia. El manejo del candidato oficialista limitó la participación de la presidenta y su equipo de cercanos colaboradores en las actividades de campaña. De esta forma, redujo la capacidad de respuesta de un oficialismo del que era imposible e innecesario renegar.
En las elecciones dominicanas del 2012 la oposición centró sus ataques en el entonces presidente Leonel Fernández. Tanto, que el propio candidato oficialista Danilo Medina, como forma de ubicarse en el centro del debate, llegó a decir que el pleito era con él. Sin embargo, sabiamente Leonel y Danilo se pusieron de acuerdo para cubrir distintos frentes en la campaña electoral.
Tal forma de proceder no le impidió al hoy presidente Danilo Medina prometer “corregir lo que está mal, continuar lo que está bien y hacer lo que nunca se hizo”, una fórmula para proclamar autonomía parecida a la que Scioli empleó, pero que no trabajó en sus detalles, a diferencia de lo que sí hizo Medina. El resultado fue que aquí en Dominicana Danilo obtuvo un triunfo en la primera vuelta de las elecciones y Leonel Fernández entregó el poder con un alto nivel de popularidad.
En Argentina, Scioli decidió marcar distancia de una mujer curtida en las lides electorales, comprando así el discurso de la oposición y facilitando la penetración en los distintos estratos sociales de la persistente campaña de denuestos de su poderosa estructura mediática, misma que el kirchnerismo supo neutralizar durante sus doce años de gobierno.
Peor aún, el candidato oficialista llegó a asumir parcialmente el discurso de la oposición en lo relativo a la carga tributaria, particularmente en lo que tiene que ver con el impuesto a las ganancias, una cuestión que ha estado en el centro mismo del debate y que el gobierno defendió por hacer posible la puesta en práctica de importantes programas sociales.
Scioli cometió el error de dar a conocer el que sería su gabinete de gobierno, integrado por individuos totalmente ajenos al núcleo central del kirchnerismo contra el que hanenfilado sus cañones los adversarios. Comparto el criterio de que ambas decisiones le dieron sustento al discurso opositor, que conformó una coalición bautizada como “Cambiemos”.
Ahora bien, en la política latinoamericana es muy común la priorización de las lealtades partidarias por encima de la valoración ciudadana y la posibilidad real de un buen desempeño a la hora de promover a determinadas figuras a cargos electivos y puestos de mando dentro de las estructuras partidarias.
Este grave problema provocó la derrota del FpV en varias demarcaciones territoriales argentinas, como Buenos Aires y Jujuy, bastiones tradicionales del peronismo, donde la coalición oficialista postuló a individuos que hasta la iglesia católica llamó a repudiar por su oscura trayectoria.
Es bueno decir que Scioli no se le impuso a la presidenta Cristina Fernández como pudiera deducirse del análisis de la gran prensa sobre lo ocurrido en las elecciones del pasado 25 de octubre. Fue la presidenta Cristina Fernández quien impulsó su escogencia como candidato único, pese a no formar parte de su círculo más próximo y pese a su clara pertenencia a un sector más “light” del peronismo. En el cálculo de la presidenta pudo haber estado la dificultad que para el triunfo en primera vuelta del FpV representaba el peronismo opositor de Massa, ubicado a la derecha del kirchnerismo.
Sin embargo, por el mismo problema de la priorización de las lealtades partidarias el “núcleo duro” del kirchnerismo no se ha sentido cómodo con Scioli y su discurso. Y eso le ha restado pacidad de maniobra al candidato, en una coyuntura en la que es urgente innovar para convencer. Todos los esfuerzos de innovación se interpretaron como traición. Un comportamiento típico de la izquierda tradicional en el pasado, muy dada a convertir la creatividad en blanco de sus ataques bajo sospecha de “revisionismo”.
El nuevo movimiento progresista ha heredado mucho de ese comportamiento de la vieja izquierda latinoamericana, que siempre redujo la condición de progresista a un discurso. Para esos grupos Lula nunca ha sido de izquierda, pese a que durante su gestión de gobierno millones de brasileños lograron salir de la pobreza.
El actual gobierno de Daniel Ortega ha sido hasta ahora más exitoso que su anterior desde el punto de vista del mejoramiento del modo de vida de la población, pese a que su discurso es hoy más moderado. Incluso, hay quienes ven en su entendimiento con los grupos de poder económico una alianza de conveniencia. Pero decir que Ortega se ubicó en la derecha sería una exageración.
Pues bien, ¿logrará Scioli revertir los resultados de las pasadas elecciones argentinas?
Es muy difícil, aunque no imposible. Por su gran caudal de los votos, Massa tiene poder suficiente para inclinar la balanza hacia un lado u otro. Pensando a largo plazo, el diputado y líder de la alianza Unidos por una Nueva Argentina (UNA) planteó un pliego de condiciones para pactar a los que clasificaron para la segunda vuelta, aunque dejando claro que no quiere que gane Scioli. La idea es mantener compacto su grupo, entre los cuales hay quienes se inclinan claramente por la alianza con el candidato oficialista.
Scioli tiene posibilidad de atraerse buena parte de los votos obtenidos por los demás grupos progresistas, pero tendría necesariamente que abrir una gran grieta en la coalición massista, alimentada por el amargo sabor del vapuleo a que fue sometido Massa en el seno del kirchnerismo al que éste perteneció. Y eso no es fácil de lograr en poco más de tres semanas.