Opinión

Familia segura, sin alcohol y en fraternidad

El domingo 15 de noviembre ha de ser un día de pura reflexión, por la coincidencia de tres conmemoraciones este año:

1.- El Día Mundial sin Alcohol.
2.- El Día Internacional en Recuerdo a las Victimas de Accidentes de Tránsito.
3.- La Caminata auspiciada por la Iglesia Católica en el marco del mes de la Familia, celebrada desde 1971 por disposición del Ejecutivo.

La primera, tiene el significado de que la ingesta de alcohol es una de las principales causas de riesgo de muerte en el tránsito.

En la segunda, se destaca la pandemia de la siniestralidad en la vías, que parece no tener fin, mientras millones de familias quedan afectadas emocional y económicamente por este motivo.

No existe en el planeta ninguna organización social, política o religiosa, ni tampoco un órgano del Estado que no apueste al desarrollo y bienestar de la familia. E incluso, toda propuesta para alcanzar cargos de poder están vinculadas al fortalecimiento o búsqueda del estado de bienestar o mejoramiento de las condiciones de vida de la sociedad. Por lo menos eso es parte del discurso y son muchos los caminos que se escogen para tratar de lograrlo.

Hemos mencionado un sinnúmero de conceptos en pocas palabras, antes de enfocar el tema de la incidencia de la familia, pero uno de particular relevancia es LA SOCIEDAD.

La familia sin lugar a dudas juega un rol preponderante en la sociedad moderna en lo que respecta a la preservación de la vida cuando nos desplazamos en la red vial.

Partiendo de la definición que nos da la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “la familia es el núcleo o epicentro donde se forma la sociedad o el país”.

Sin que entremos en la complejidad socio-jurídico de su estado y formación, podemos afirmar categóricamente que contribuye al funcionamiento del sistema social, caracterizado hoy día por el consumismo, el mundo de las tecnologías y la rapidez en todo el sentido de la palabra: conseguir rápido las cosas, alcanzar metas rápidas y llegar a nuestro destino lo más rápido posible sin entender en este último caso que “el vehículo es un medio que se puede.

utilizar de modo prudente y ético, para la convivencia, la solidaridad y el servicio a los demás…” (Orientaciones para la Pastoral de la Carretera).

En el hogar, donde se refugia la familia, se adquiere la educación esencial del ser humano, allí se cultivan los valores y los afectos más profundos, que finalmente nos hacen identificar con el medio donde socialmente nos desenvolvemos con definida responsabilidad jurídica y moral, deberes, derechos y obligaciones.

Cuando se aprende a gatear surgen señales de alegría en los padres que después al dar los primeros pasos se entremezclan con el temor de la posible caída.

Ese temor también marca a la familia para toda la existencia y se manifiesta de otras maneras. Porque ya con cierta edad la caída pudiera ser fatal, cuando nos desplazamos en medio de la vorágine del asfalto y el concreto, a bordo de un vehículo o a pie.

Por eso, ante las debilidades del sistema, la familia es en gran medida responsable del desempeño de los hijos en el mundo exterior.

Muy bien la Santa Sede cita a través del Pontificado Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, que: “La carretera ya no es solo una vía de comunicación; llega a ser un lugar de vida, en el que se pasa gran parte del propio tiempo…”

Los principios básicos de la educación vial, el cuidado al medio ambiente, el respeto a la vida, la salud y a la convivencia pacífica, son elementos consustanciales al aprendizaje en el entorno familiar en lo que respecta a la seguridad en la movilidad humana, lo cual representa un tremendo desafío para la sociedad y los gobiernos.

Las virtudes de la prudencia, la caridad, la justicia y la esperanza se pierden en el camino en estos tiempos y eso es otro reto en la lucha por preservar y proteger la existencia, que con la modernidad y el progreso van desapareciendo.

Conocer las normas, las leyes de tránsito y de seguridad vial, saber que la emisión indiscriminada de gases por los vehículos de motor generan daños incalculables a la salud, respetar las propiedades y practicar los valores inculcados en nuestra vida inicial, reducirían las víctimas por siniestros de tránsito en la República Dominicana.

Fue de 12,007 afectados directos el saldo en el 2014 y ello representa más de 24 mil familias involucradas, a razón de dos por víctima. De seguir así, miles de familias entrarán por esta causa al rango de pobre en esta última década.

Porque un porcentaje inmenso de estos casos dejan discapacitados para siempre, empujando al crecimiento de la pobreza, mientra frena el desarrollo sostenible de las comunidades.

Los jóvenes entre 15 y 35 están literalmente dejando su aliento en carreteras y avenidas debido a múltiples factores de riesgo que no enfrentamos con seriedad y decisión desde el Estado.

La carencia de formación, la falta de información; negligencia en la construcción y mantenimiento de infraestructuras; pero descuido también en el mantenimiento del vehículo; el no usar los dispositivos de seguridad; la ingesta de alcohol; la inobservancia a las normativas; la ausencia del temor a la justicia y el irrespeto a las autoridades; la carencia de planes y leyes integrales, son parte del prontuario que llevamos a cuesta los dominicanos en seguridad vial.

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