Todas las encuestas que se hicieron en Venezuela en los meses previos a las elecciones del 6 de diciembre otorgaban la victoria a la oposición agrupada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Sin embargo, nadie llegó a anticipar un desempeño tan catastrófico del oficialismo en ese certamen, que obtuvo 2 millones de votos menos que en las presidenciales del 2013.
La MUD logró conquistar la mayoría cualificada de las dos terceras partes del legislativo unicameral, el golpe político más contundente recibido por el chavismo, que ejerce el poder en el país sudamericano desde hace 17 años y que había ganado en buena lid 20 de las 21 elecciones y consultas populares que han tenido lugar en Venezuela desde la victoria de Hugo Chávez en las presidenciales de 1998.
De tal forma, la MUD tendrá a partir de abril de 2016 poder suficiente para nombrar a los integrantes de otras ramas del poder, como el Tribunal Supremo y el Consejo Nacional Electoral. También podrá promover reformas a la Constitución y convocar la Asamblea Nacional, aprobar las denominadas leyes orgánicas, así como convocar referendos, incluyendo el revocatorio del mandato del presidente una vez cumpla éste tres años en el ejercicio del poder.
El chavismo emergió con fuerza de las cenizas de las dos organizaciones que por más de 40 años se repartieron el poder en Venezuela. Hartos de dirigentes corruptos e irresponsables, de políticas incapaces de conectar el gran potencial de la nación con el desarrollo económico y social, los venezolanos cerraron filas en torno al proyecto que encarnó el carismático dirigente político, que se propuso como metas principales promover la inclusión social e impulsar una distribución más equitativa de las riquezas.
Durante los 14 años de gobierno chavista ocurrió en Venezuela una revolución social de gran calado: la pobreza se redujo del 49,4% de la población en 1999 al 29,5% en el 2011. Mientras, la pobreza extrema bajó del 21,7% al 11,7%. Millones de individuos se beneficiaron con los programas sociales dirigidos a asegurar al acceso a los alimentos, la salud, la vivienda digna y la educación.
Fueron estas políticas las que hicieron posibles los sucesivos triunfos electorales del gobierno de Chávez, las cuales pudieron sostenerse gracias a un incremento sin precedentes en los precios del petróleo.
Es justo decir que la cuota de poder político del chavismo en Venezuela le fue otorgada por el pueblo en consultas transparentes y participativas, si bien las quejas permanentes de la oposición, que nunca aceptó su legitimidad, y el discurso desafiante del oficialismo, sobre todo durante el mandato de Maduro, han hecho aparentar otra cosa.
Esto impidió, en gran medida, la justa apreciación de los alcances reales de las reformas políticas impulsadas por el chavismo que la oposición debilitada, desacreditada y fragmentada fue incapaz de aprovechar. Con su reciente triunfo en las elecciones parlamentarias, la MUD parece descubrir el poder que la constitución chavista otorga al más votado por el pueblo en las elecciones de medio término.
En el 2005, sin embargo, carente de posibilidades, la decisión de la oposición fue boicotear las elecciones parlamentarias de ese año, lo que hizo posible que Chávez asumiera el control de distintas ramas del poder, lo que la MUD ya anuncia que hará, pero que en aquel entonces consideraba como un ataque grosero a las reglas que rigen la democracia representativa.
Esa misma oposición, que critica al chavismo por antidemocrático, protagonizó en el 2002 un golpe de Estado que estuvo a punto de incluir el magnicidio, inconforme con las políticas redistributivas del gobierno. Intentos parecidos tuvieron también lugar en Bolivia y Ecuador, no obstante la incuestionable legitimidad de sus gobiernos. En Brasil la oposición, que perdió recientemente las elecciones, intenta un golpe “constitucional”.
Desde que se instaló en el poder, la gran debilidad del chavismo ha sido su pésima gestión de la economía, que durante un buen tiempo se pudo disimular por los altos precios del petróleo. Ya en los últimos meses del gobierno de Chávez era más que notorio el declive de la economía venezolana, seriamente afectada por la fuga de capitales, el incremento del déficit, el desabastecimiento y la galopante inflación. Maduro agravó la situación al profundizar las contradicciones con los grupos del poder económico, a los que acusó de llevar a cabo una “guerra económica” contra el gobierno. El drástico descenso en los precios del petróleo le puso la tapa al pomo.
Al analizar el manejo de la economía venezolana por parte del chavismo es difícil encontrar una sola medida juiciosa dirigida a generar confianza, estimular la inversión local y extranjera, controlar el déficit, enfrentar el desabastecimiento, atajar la inflación. El gobierno se ha comportado como si no estuviera consciente de que el país sufre actualmente la peor caída de su economía en los últimos 70 años.
De tal forma, los logros del chavismo en la esfera social se han visto seriamente afectados. Basta decir, en calidad de ejemplo, que algunos estudios ubican hoy en el 55% el nivel de pobreza en el país, un porcentaje superior al existente en 1998.
Con unos de los índices de corrupción más altos de la región (la oposición se da el lujo de burlarse del gobierno acuñando la expresión “burquesía bolivariana” para referirse a los miles de dirigentes y militantes del chavismo que hoy exhiben fortuna, pese a su discurso moralista y revolucionario), las bases de sustentación del chavismo se fueron erosionando.
El oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) perdió en 17 de los 23 Estados en que está dividido el país. Nadie aportó más a semejante derrota que el propio presidente Maduro, quien se encargó, con pronunciamientos torpes, hasta de sembrar dudas sobre el carácter democrático de las elecciones.
Incluso, a muchos llegó a sorprender que el mandatario reconociera su derrota con el anuncio de los primeros resultados. Pero el daño ya estaba hecho. Maduro solo ofreció confrontación y una impresionante cantidad de venezolanos le retiró el apoyo al perder la confianza en el proyecto chavista.
No obstante, sería un error pensar que el chavismo está totalmente acabado. El PSUV es la segunda fuerza política más importante del país, con un voto duro a su favor que le permitió alcanzar el 40% de los votos en condiciones sumamente adversas. Se trata de una fuerza política con altos niveles de cohesión, que tiene ahora el reto de evaluar con honestidad su participación en las elecciones sin poner en riesgo su unidad interna, y de introducir profundos cambios en las líneas maestras del gobierno.
El gran reto del gobierno de Nicolás Maduro es entender que es imposible manejar una economía capitalista de espalda a las leyes que rigen ese sistema. La buena marcha de la economía es fundamental para la política, como lo evidencian las experiencias recientes de Argentina y Brasil.
La oposición, por su parte, tiene ahora el reto de administrar su triunfo electoral con prudencia y sensatez. De eso dependerá en gran medida su futuro político.
Es bueno recordar que la MUD se conformó en el 2008 después de 10 años de gobierno chavista. Esta coalición, que abarca todo el espectro de las organizaciones opositoras venezolanas, ha confrontado dificultades en diversas ocasiones, llegando al borde de la división a principios del 2014, cuando el grupo encabezado por Leopoldo López propuso montar un boicot a las elecciones locales de ese año, sugiriendo al mismo tiempo una estrategia que se conoció con el nombre de “La Salida”, que consistía en la radicalización de la oposición contra el gobierno de Maduro. Esa línea fue rechazada por el dos veces candidato presidencial, Enrique Capriles, el sector más sensato de la oposición venezolana.
Recordemos también que el grupo de López promovió protestas en todo el país durante más de dos meses, las cuales dejaron un saldo de 43 muertos y cuantiosos daños a la propiedad. El dirigente opositor fue juzgado y condenado a 13 años de prisión, una torpeza del régimen que permitió a la oposición estigmatizarlo como represivo.
La previsible puesta en libertad de López en el futuro cercano pudiera colocar nuevamente a la MUD en la misma disyuntiva que en el 2014, con un riesgo más alto de división por razones obvias.
Claro, la gran lectura del momento es que el oficialismo las tiene difícil en Venezuela. Porque, como dicen los colombianos, “está embarrado y con el agua lejos”.