La vida política está altamente complicada, la gente común perturba el accionar de los partidos, de los gobiernos y del propio Estado. Ahora todo es rápido, tanto, que no tenemos tiempo para reflexionar bien sobre el cambio y sus retos, porque un cambio sustituye a otro en forma convencionalmente rápida. Pero mucho más difícil se muestra este reto desde nuestra cultura diesel; somos lentos en nuestra comodidad que nos conforta.
Es verdaderamente difícil para el común de los políticos profesionales y sus estructuras, asumir que el actual tropel de cosas nuevas, de verdades derrumbadas, de status cuestionados y de futuros inciertos. Sumado al conjunto de cambios a gran velocidad, ha llegado sin pedir permiso un intruso que se llama “derecho ciudadano”, que es viejo en el léxico demagógico del quehacer de estrategas expertos en discursos que nunca han vivido, porque simplemente fueron creados para llegar al Poder de Estado a través de la inteligencia preclara del marketing. Y este “marketing político” ni siquiera es auténtico, porque fue fielmente copiado del mundo de los negocios, solo que allí se denomina mercadeo.
Estamos viviendo hace mucho tiempo procesos de cambio y es necesario que esos cambios se afiancen en el mundo de los partidos políticos y sus líderes, si se quiere que el sistema de partidos políticos perdure en América Latina. Por esa preocupación es que me he tomado la “molestia” en el orden de exponer las siguientes ideas de cambio.
El primero de estos cambios debe radicar en asumir el proceso de desarrollo humano que promueve la equidad y que consolida su sostenibilidad en el tiempo, sacando a colación la deuda social de la igualdad, acumulada por siglos en el ámbito humano, con el objeto de cerrar la brecha de la desigualdad a su máxima expresión. En ese mismo orden, las nuevas tecnologías están constantemente cambiando al mundo, y los políticos debemos asumir estos cambios para sus estructuras orgánicas.
Otra arista de estos cambios se encuentra en la participación, la que es necesaria para solidificar la democracia en sentido general; pero necesitamos estructurar los alcances de esa participación, desde el punto de vista de la disciplina de los deberes antes que la de los derechos. Cada día existen más personas e instituciones que se adhieren a la idea de la participación ciudadana, la que no es apolítica, debido a los intereses enarbolados en sus discursos, pero entre líneas, muy difíciles de descifrar.
Es claro que para revertir la exclusión social, que crece y amenaza la estabilidad y gobernabilidad de muchas de nuestras naciones, se precisa de un amasijo de nuevas articulaciones entre lo público y lo privado. En ese orden, los partido políticos tienen que replantearse su visión acerca de la participación ciudadana, porque no se puede prescindir de las estructuras sociales existentes, porque se requiere que estos procesos de construcción ciudadana sean asumidos por sectores claves de la sociedad, porque el Estado no puede sólo enfrentar esa enorme tarea.
Es bueno observar los procesos en donde los partidos mayoritarios de América Latina se desconectaron de la debida retroalimentación, aquella que nace en la praxis popular y que las organizaciones deben recibir para irse reciclando ante los ojos de sus militantes y simpatizantes. Esta retroalimentación es una especie de advertencia constante, dinámica y perenne a las directivas mecánicas de los partidos, que nunca prevén, creyéndose que la costumbre hace ley en las estructuras partidarias y no es así. El sistema de gestión partidaria debería tomar en cuenta el proceso de mejora constantes que trae la retroalimentación; en ella la oposición es clave, así como escuchar a sus propias bases de sustentos múltiples.
En ese orden, tomar la línea formativa, instructiva y educacional; para ello hay que llenarse de coraje, en la toma decisión ante estos retos del recomienzo. Por ello, son importantes las ideas fundamentales acerca del desarrollo humano y todas sus importantes teorías, para el análisis y debate sobre equidad e igualdad, como fundamento de justicia social; puntualizando sobre la concepción de que la gente debe ser el centro del desarrollo de la sociedad humana en sentido holístico.
A los individuos que conforman la masa denominada pueblo no se les puede pedir que entiendan acerca de política en sentido de ciencia, técnica o arte, porque nadie puede responder preguntas sobre algo que no ha estudiado en su contenido o que no ha vivido en la práctica diaria, lo que comúnmente se conoce como experiencia y en el argot de científico como empirismo. En ese orden, nadie puede dar lo que no tiene. Pero, el privilegio de manejar ese conocimiento, no puede llevarnos al irrespeto ni a la manipulación y mucho menos al menosprecio que muchos intentan exhibir.
No me canso en repetir, que según la UNESCO el nivel escolar de la sociedad dominicana en el año 2015 es de aproximadamente séptimo grado, lo traigo a colación, debido a que en ese dato se encuentran muchas explicaciones sobre actitudes infantiles de algunos grupos y de algunas personas, que actúan por emotividad. Normalmente, ¿qué edad tiene una persona que cursa el séptimo grado? Los educadores sabemos, que el desarrollo biológico y emocional de las personas comunes, se mide por su edad; con 11 o 12 años de edad no se está pensando a profundidad, porque los intereses del individuo humano de esa edad son comúnmente banales. Pero lamentablemente los ciudadanos comunes no tienen el desarrollo para razonar por encima de su grado de escolaridad. El reto del PLD es llevar a las personas jurídicas denominadas ciudadanos, a un nivel de escolaridad de un rango que oscile entre lo técnico, profesional y pos profesional.