En los Estados Unidos, las últimas dos semanas del mes de julio han estado cargadas de expectativas, enjuiciamientos, dudas y esperanzas; todo esto como resultado de la celebración de las convenciones de los dos partidos tradicionales del sistema, que han polarizado el debate nacional desviando el interés a lo estrictamente político.
Durante cuatro meses los partidos Demócrata y Republicano, se enfrascaron en unas primarias novedosas y sorpresivas en cuanto a sus resultados, puesto que por un lado teníamos a una Hillary Clinton, quien a pesar de ciertos tropiezos como lo relativo a las investigaciones sobre el uso indebido de correos de interés gubernamental, emergió como la favorita de su organización y primera mujer con posibilidades reales de alcanzar el poder. Por otro lado, los estadounidenses y el mundo fueron testigos de cómo un advenedizo político, Donald Trump, construyó su discurso y ganó la nominación republicana en base a la difusión del miedo y el odio.
En la actualidad se estila que durante unos cuatro días de convención de ambos partidos, se lleven a cabo las votaciones por parte de los delegados y superdelegados, que determinarán quién será el candidato a la presidencia, en caso de que ninguno de los precandidatos haya logrado una mayoría simple que permita la nominación automática.
Los delegados son personas electas en los Caucus de los diferentes estados, para fungir como representantes de los partidos en las diferentes demarcaciones del país y en el extranjero de cara a las primarias. Estos tienen ciertas facultades parecidas a la de los Representantes, excepto a tomar la palabra en las votaciones de la Cámara.
En cambio los superdelegados, obtienen su puesto de forma automática, a la vez que son libres de apoyar al candidato que deseen, aun se haya retirado de la contienda. Por lo general estos tienden a ser miembros del Congreso, expresidentes, gobernadores, entre otros.
El Partido Demócrata, para las primarias de éste año cuentan con 4,764 delegados, de los cuales unos 794 son superdelegados, por lo que para obtener la candidatura presidencial se necesitaba una mayoría simple de 2,383. En cambio, los Republicanos, cuentan con un número menor de delegados, específicamente 2,472 para las primarias del 2016, de las cuales se requerían 1,237 para obtener la nominación presidencial por mayoría simple.
Con intervenciones como la de Michelle Obama, el expresidente Clinton, el candidato Vicepresidencial Tim Kaine, y el Presidente Barack Obama, la candidatura de Hillary se revistió de un sólido argumento sobre el cual promoverse, “Inclusión, oportunidad y esperanza, contra la demagogia de Trump”.
Sin lugar a dudas, el discurso de odio que enarbola Trump podría ser la mejor herramienta para una ofensiva constructiva de los demócratas, aunque cabe destacar que el mismo no responde a una retórica improvisada y torpe, sino que se desprende del análisis sociológico de un segmento anglosajón del pueblo estadounidense, de mediano nivel de educación e ingresos medios, que se siente afectado económicamente, y por ende, ajenos al sueño americano.
Hoy por hoy, el candidato republicano es el mejor ejemplo de personificación en la política, ubicándose por encima del partido, para venderse como la única persona capaz de solucionar los problemas que acosan los estadounidenses, y llevar al país a ser grande otra vez. El populismo, visto desde la retórica de Trump, consiste en una acción demagógica que se enfoca en decir lo que la gente quiere escuchar.
Sin embargo, no es la primera vez que un candidato a la presidencia usa un discurso tan frontal y beligerante como Trump, ya que para las elecciones del 1968 Richard Nixon, quien terminó ganando las elecciones, se mostró ante el electorado como la representación de “La Ley y el Orden”, en momentos en que Estados Unidos vivía una época de notable rebeldía interna, producto de los movimientos sociales de los años 60´s.
Esto había sido diferente dentro del Partido Republicano desde los tiempos de Reagan, donde adoptaron un discurso más constructivo, optimista y amigable para con la población, todo esto a pesar de mantener su naturaleza conservadora afín a la clase dominante. En cambio, el actual candidato gusta de la polémica, las promesas vagas y la propuesta de soluciones radicales nada objetivas a la problemática estadounidense.
Para contrarrestar, Hillary Clinton ha seleccionado al actual Senador de Virginia, Tim Kaine, como su compañero de fórmula, quien proviene de una familia de clase trabajadora, poseedor de un fluido español, personalidad cálida y un político moderado con probada preparación. Lo detallado pone en perspectiva la estrategia demócrata, la representación, inclusión y defensa del común de los estadounidenses y los inmigrantes latinoamericanos, quienes han sido el blanco de Trump.
A raíz de las convenciones de ambas organizaciones surge la impresión de que hay un partido demócrata que funciona y un republicano que perdió su esencia. Dentro del Partido Republicano, Trump logra calar al mostrarse diferente del resto de los 16 otros precandidatos que le adversaron, además de que mediáticamente era más aventajado que los demás. Sin embargo, el elemento central yace en la falta de un discurso coherente y constructivo por parte de los líderes republicanos tradicionales, quienes se pasaron el último cuatrienio dirigiendo ataques al gobierno de Obama, sobre la base de que eliminarían los programas emprendidos por éste, aquellos que irónicamente más beneficiaban a la población.
Por lo pronto, de cara a las elecciones del 8 de Noviembre el panorama luce reñido, y aunque Hillary representa la opción moderada y lógica dentro de las ponderaciones políticas, Trump ha conseguido convertirse en el candidato cuyo nombre ha sido más citado y mercadeado dentro de una contienda electoral.
Hoy en día se puede constatar que la clase política, comenzando por los partidos tradicionales, están siendo estigmatizados y por ende, infravalorados por la población, lo que de un modo paradójico lleva a que algunos ciudadanos sientan atracción hacia candidatos ajenos al sistema, por considerarlos “no contaminados”.
Con unos 220 millones de votantes estimados, el proceso promete unos resultados cerrados, y con un posible alto nivel de abstención entre ciudadanos que no apoyan a Trump, pero que a la vez no terminan de confiar en Hillary.
Es seguro que la candidata demócrata apelará a su capacidad de trabajo, su condición de política sagaz, su gran liderazgo dentro y fuera de su partido, con vasta experiencia de Estado y las virtudes femeninas de madre, esposa y abuela.
Trump por su parte, con su consigna “Hacer a América grande de nuevo” y sus ataques personales, muestra su faceta de hombre fuerte, algo que le puede ser contraproducente si se enfrasca en una pugna de género.
Será interesante ver el desarrollo del debate electoral que se avecina entre ambos candidatos, y aunque termine por imponerse la prudencia y los estadounidenses vuelvan a elegir a los demócratas por un tercer periodo presidencial consecutivo, como luce será, lo cierto es que Donald Trump, como personaje, ha concitado la atención del mundo por la espectacularidad y folklore que le ha dado a la campaña política norteamericana.