Humberto Almonte
Si ignorásemos nuestras raíces culturales y genéticas estaríamos entre el caos, el olvido y la necesidad de recomenzar, perdiendo un tiempo valioso de esta existencia humana tan frágil y trajinada. Poder confrontar las realizaciones del pasado con las actuales nos provee de referencias para corregir lo que no funciona y mejorar lo que sí es posible.
En la apertura de la “Sala 7”, la nueva oferta del Palacio del Cine en la plaza Blue Mall para los amantes del cine clásico e independiente, nos surgió la pregunta de en qué parte del camino perdimos a los espectadores de ese cine. Si la idea es hacer que se muevan a ver obras como Ciudadano Kane de Orson Welles, exhibida ese día, hay que trabajar duro y con inteligencia.
La pregunta, que nos hacíamos Orlando Santos, Pavel González, Jimmy Hungría, Lidia Bastos y yo, todos cinéfilos, críticos y gestores del séptimo arte es válida, pues para la mayoría de nosotros era la primera vez que veíamos la obra de Welles en pantalla grande. Si eso fuimos nosotros, adictos a este arte titilante, imagínense ustedes el espectador promedio.
Revivir, como decía uno de los ejecutivos presentes, la experiencia de ver en la pantalla grande las obras inmortales del celuloide, es una tarea titánica vista la competencia en las ofertas audiovisuales de las que dispone el público. Se debe luchar contra el prejuicio ampliamente entendido de que estos filmes son aburridos y no adecuados para las audiencias adictas a la velocidad trivial.
Las siguientes películas que estarán en Sala 7 son Chinatown (1974) de Roman Polanski, El Padrino (1972) de Francis Ford Coppola y Rosemary Baby (1968) del mismo Polanski. La idea es convocar a esos cinéfilos dispersos por el mundo de las pantallitas de las computadoras y traerlos de nuevo a las grandes salas.
Hacía referencia Jimmy Hungría, que hasta los años 70 al país llegaba cine desde todos los rincones del mundo a la generalidad de las salas comerciales. A partir de ahí, solo aquellos que asistían al Lumiere de Arturo Rodríguez , a la Cinemateca Dominicana o al cine de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, UASD, podían acceder a ese tipo de películas.
La dificultad para ver cine clásico en salas normales, junto a la reducción de los cineclubes, verdadero motor de una cinefilia militante, añadido al poco interés de las instituciones académicas en estas actividades, produjeron la disminución de la demanda por las obras canónicas del séptimo arte.
Los distribuidores se fueron haciendo reacios a programar películas cuya viabilidad comercial era casi nula, pues solo los cuatro gatos habituales asistían a las sesiones, y de ahí en adelante las salas se mantenían vacías, con las consabidas perdidas monetarias.
La alternativa para los atribulados espectadores, yo entre ellos, era acudir a las tiendas de video, las emisiones televisivas y a la esperanza de que las embajadas incluyeran algunos de estos clásicos en los ciclos de la Cinemateca Dominicana. Solo aquellos que tenían la posibilidad de viajar, sea para asistir a festivales u otros eventos fuera del país, podían acceder a esos filmes.
En la era digital, el visionado de estas joyas cinematográficas se hacía en computadoras, DVD y Blu Ray, pero salvo que no se dispusiera una pantalla de mayor tamaño, se estaba y se está limitado a un espacio muy pequeño que no se corresponde con la experiencia ideal para el disfrute, siendo el cine un arte colectivo y debe ser observado en los espacios adecuados.
La tarea a desarrollar es traer de vuelta al público que gusta de este cine de los orígenes y a la vez incorporar a los jóvenes, cuyas referencias en la mayor parte de los casos son muy vagas para no decir pobres. Está muy bien que se haga un remake de Ben-Hur, pero también es necesario conocer el filme original.
La educación debe jugar su papel no solo en los cursos de historia y apreciación del cine. Es necesario ir más allá de la reactivación de los cineclubes o la difusión por los medios de contenido alusivo a estos clásicos, enfatizando la instrucción en las escuelas y universidades para preparar ese público del futuro.
Ahora mismo, en nuestro país o en el resto del mundo, es un negocio relativamente rentable exhibir en las salas estas obras trascendentales en la edificación estética de un arte de cien años. Para asegurar la sostenibilidad tan solo se necesita la asistencia del público tradicional y asegurar la conquista de las nuevas audiencias.
Existe una impresionante falta de cultura histórica en los espectadores de esta época, lo que facilita el consumo de refritos que pasan por joyas de la originalidad aprovechando la ignorancia en el tema. Técnicas que parecen novedosas no son más que el uso en nuevo empaque de cosas hechas anteriormente por los grandes cineastas.
Mucho más grave es la ignorancia de ciertos cineastas, algunos jóvenes, otros no, con una falta de conocimientos de estos clásicos, tan penosa que llega a los extremos de pecados capitales. No se puede tener una idea acabada de este arte sin haber visto, entre otras, las películas de Eisenstein, John Ford, Hitchcock, Murnau o Chomon, por solo mencionar algunos.
La base ideológica y estética del cine actual descansa en los pioneros, los continuadores y en los hacedores actuales, comprometidos en la elaboración de filmes que diviertan y pongan a pensar a los habitantes de las salas oscuras, entregados a la hipnosis de unas imágenes que son el reflejo de lo real o lo soñado.
Proyectos como Sala 7 y otros de igual envergadura, apuestan por la vuelta de esos espectadores exigentes a las salas para degustar el cine clásico que nos han legado los grandes autores de este arte, un sueño cuyo resultado práctico es un aumento de nuestros conocimientos estéticos y en la calidad del cine que se hace o el que se ve.