La encarnada lucha entre las fuerzas conservadoras y las fuerzas progresistas en Brasil, desembocaron en el triunfo popular que llevaron en 2002 al Partido de los Trabajadores a la administración del gobierno de la República, en el desencadenamiento de una ola de triunfos de la izquierda Latinoamericana que iniciara con la llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela y que arropó el mapa de nuestra región con contadas excepciones.
La conquista del poder de las izquierdas por vía electoral, la que parecía reservada con carácter de exclusividad al juego de una alternabilidad programada para beneficio de las formaciones políticas que representan los intereses de las oligarquías nacionales y extranjeras, dio paso a un proceso de reformas cuasi revolucionarias que se ampararon en políticas públicas aplicadas para crear sociedades incluyentes que comenzaron a reducir los altos niveles de desigualdad.
El cambio en beneficio de las grandes mayorías nacionales trajo la ampliación de las clases medias, lo que comenzó a traducirse en una mejoría en la condiciones materiales de existencia de los ciudadanos y ciudadanas que comenzaron a demandar bienes y servicios, una dinámica que creó un círculo virtuoso de crecimiento y satisfacción entre demandantes y ofertantes, que no solo impactó de forma positiva en los más de 40 millones de personas que salieron de la pobreza, sino de otros grupos sociales que aprovecharon el bienestar general.
En el proceso de construcción del estado de bienestar, los enfrentamientos no cesaron, las fuerzas conservadoras acostumbradas a vivir de la miseria de las grandes mayorías, de controlar empresas negadas a asumir compromisos sociales que permitieran una distribución justa del ingreso, redoblaron sus esfuerzos para llevar el enfrentamiento a una batalla desesperada por recuperar los privilegios. Entonces las hostilidades comenzaron a agobiar al gobierno de Lula que anclaba su popularidad en los más de 40 millones de ciudadanos y ciudadanas que salieron de la pobreza, en una clase media que vio mejorar sus condiciones de vida y en empresarios progresistas que vieron mejorar sus negocios en la medida que la demanda aumentaba.
Había que quebrar aquella base que sustentaba al PT y, siendo minoría, acudieron al dominio de los poderes fácticos, de los que pueden crear realidades inexistentes sobre la base subjetividades disparadas por los medios de comunicación para generar percepciones que, de a poco, fueron construyendo escenarios que impusieron un prisma generalizado al margen de los hechos que iban convirtiendo a Brasil en una potencia económica que alcanzaba una visibilidad global sin precedentes.
Siempre hubo aliados foráneos para estos oligarcas nacionales. Eran los viejos compinches que perdieron poder e influencia igual que ellos, pero que tenían su vista más allá del gigante del Sur. Entraron a Brasil como habían entrado a otros países desafectos por la orientación progresistas de sus gobernantes. También en aquellos habían perdido el poder y el dinero que no les pertenecía, pero que siempre creyeron suyo. La idea era llevarse a Lula y barrer con el resto, terminando así con una ola que llevaba en su cresta una canasta cargada de soberanías e impulsos orientados hacia la inclusión y la justicia social y económica.
Dilma, Zelaya y Lugo fueron las víctimas de aquella alianza conspirativa desconocedora de la voluntad popular, ahora van por los que pueden detener la ola para inhabilitarlos. ¡La jauría va por Lula!