Humberto Almonte
En Colombia ha estallado la paz de una manera tan rocambolesca como solo puede hacerlo en una región donde el realismo mágico o lo real maravilloso, como lo llamaba Alejo Carpentier, es capaz de sorprendernos con las cosas más increíbles. La sorpresa ha sido darnos cuenta de encontrar tanta gente que no desea vivir tranquila, como si ya la violencia no les molestara.
Pasamos en poco tiempo, de la firma de los acuerdos entre las FARC y el presidente Juan Manuel Santos, a la derrota en un plebiscito en donde se impuso el NO, capitaneado por las huestes del ex presidente Álvaro Uribe, a la concesión del Premio Nobel de la Paz al presidente Santos. ¿Si esto no es realismo mágico, pues entonces qué es?
Tratar de entender el origen de la violencia y analizar los reflejos de ésta en la literatura y en el cine colombiano, es lo que se ha propuesto la escritora Gisela Vives en su libro La Violencia en la Literatura y en el Cine Colombianos. En 114 páginas se hace una apretada síntesis de la apropiación de esa violencia por estas dos artes.
La autora toma como ejemplos las novelas La Mala Hora (2004), El Coronel No Tiene Quien le Escriba (1999), La Virgen de los Sicarios (2000), Rosario Tijeras (2005) y su conversión en filmes para ahondar en los reflejos de la realidad en el cine y la literatura, la transformación de esa violencia en fenómeno cultural y cómo se aproxima a los espectadores.
Vives sigue la pista a los orígenes y las conexiones históricas para determinar las causas de estos fenómenos sociales. La inacción del estado provoca una respuesta violenta de los ciudadanos y desemboca en guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo y violaciones estatales a los derechos humanos. Y a su vez estos problemas mutan en materia prima de obras artísticas.
Dos novelas de Gabriel García Márquez que abrevan en la literatura de violencia, como las describe Vives, son La Mala Hora, que tiene como trasfondo el periodo post dictadura del General Rojas Pinilla, con su secuela de represión y falta de libertades, y El Coronel No Tiene Quien le Escriba, que narra el olvido del gobierno hacia los militares después de la guerra civil.
Como apunta en el libro, García Márquez se mostró muy inconforme con la traslación de sus obras al cine porque los responsables del proceso no han podido reproducir en imágenes el universo literario de las novelas, fenómeno común en todo el mundo respecto a la adaptación, dada la complejidad de las atmosferas y una insistencia absurda en ilustrar con imágenes literales, sin ningún añadido creativo.
Las críticas contra la Mala Hora han sido demoledoras: “Clima febril de personajes, falta de vida, actuaciones artificiosas…del tedio irremediable que produce la Mala Hora apenas podrá rescatarse el recuerdo de algunas bellas imágenes -Duque López-”. La película de Ruy Guerra, es solo eso, un par de bellas imágenes y nada más, la magia del Gabo se ha evaporado en el filme.
La historia de un coronel muriéndose de hambre mientras espera su pensión, atormentado por el chirrido de sus tripas, apunta Vives, reflejaba la realidad de los pensionados que esperaban sus recompensas por los largos años de trabajo y de como muchos morían sin recibirla. García Márquez autor de El Coronel No Tiene Quien le Escriba se ha sentido complacido con la película de Arturo Ripstein, más no la crítica, que la ha encontrado soporífera por momentos y puede decir que correcta, pero sin mucho vuelo.
El cine y la literatura de violencia discurren por caminos paralelos, por lo tanto, comparten semejanzas en los presupuestos analíticos, como lo demuestra Gisela Vives en el caso colombiano. En La Violencia en la Literatura y el Cine Colombianos, la autora acude a la historia, la sociología, la prensa y a cualquier elemento esclarecedor, para construir un discurso preciso, pero no exento de polémicas.
La novela La Virgen de los Sicarios de Fernando Vallejo está situada en el apogeo de los carteles de la droga (1994-1998) y describe la relación de Fernando, escritor y homosexual, con Alexis, un joven sicario, en un Medellín abatido por la violencia. La obra no hace concesiones en su discurso sobre las causas de esta violencia ni la forma de resolver el problema.
Vallejo se carga al gobierno: “El primer atracador en Colombia es el estado”. De la pobreza y los pobres: “Mi fórmula para acabar con ella no es hacerles casas a los que padecen y se empeñan en no ser ricos: es cianurarles de una vez por todas el agua y listo”. A los colombianos, a la iglesia y hasta a sí mismo: “Aquí no hay inocentes, todos somos culpables”.
En la versión fílmica de la novela se nos muestra la simbiosis del narcotráfico y la muerte, pero peca de un exceso de catastrofismo, pues como dice el crítico de cine González, en una ciudad así, como la que describen Vallejo en plan de guionista, y el director Barbet Schroeder, sería imposible vivir pues las condiciones sociales están deterioradas hasta el paroxismo.
Jorge Franco nos relata en su novela Rosario Tijeras la historia de una heroína, que como apunta Gisela Vives: “Nos habla de un Medellín de abajo y un Medellín de arriba, es decir, de una sociedad fragmentada como fragmentada está Rosario”. Una mujer en la que conviven la sicaria despiadada, la prostituta y la sentimental irremediable.
El terreno donde se ama y se mata es la ciudad de Medellín, la parte industrial y la culta por un lado, o las comunas de los cerros en donde más que vivir, se sobrevive, como Franco lo describe: “Acallan sus reclamos escuchando música a todo trapo, bebiendo alcohol, consumiendo bazuco y matando de puro aburrimiento”.
La película de Emilio Maillé ha conseguido una aprobación de crítica y público, pues el director ha logrado captar los ambientes y los personajes descritos por Franco en la novela con mucho acierto. La identificación de las audiencias con estas crónicas de una asesina fría y pasional a la vez, se ha conseguido con efectividad.
Los hechos violentos que han azotado a Colombia por décadas y que traspasan los linderos de la realidad para convertirse en literatura y cine, tienen en este documentado análisis una fuente para el estudio de sus influencias en estas dos artes y su apropiación por el público lector o cinéfilo.
En La Violencia en la Literatura y en el Cine Colombianos, la autora Gisela Vives disecciona las raíces de esta problemática social, hurgando y poniendo en evidencia los reflejos de este fenómeno en imágenes y letras, prueba de que aún algo marcha mal en Colombia , y que es necesaria la paz.