Opinión

¿Qué opereta bufa se traen EE UU y Rusia?

Tantísimo sin duda se habría sorprendido el lector desvelado por la geopolítica que hace diez años hubiera oído de labios de su interlocutor que en 2017, a casi dos semanas de la toma de posesión de un nuevo presidente de EE UU, había de ser este último país el que acusara a otra superpotencia de haber intervenido en favor del presidente entrante.

Uno casi tiene que leer y releer nueva vez y muchas más los titulares y el contenido de la noticia que ellos anuncian. ¿EE UU que pide el retiro de 35 diplomáticos rusos acusados de haber ayudado a ganar al ganador? No sólo hay que releer la noticia, también hay que pedirle un pellizco a la persona más próxima a nosotros para corroborar que estamos despiertos.

Hablamos de EE UU, el país donde ningún candidato presidencial podía poner pie fuera de su territorio nacional sin que la sola sospecha de apoyo exterior le perjudicara para su potencial elección. ¿De repente son los rusos los que elijen presidentes estadounidenses según la mismísima Casa Blanca? No juegues, Magino. El oxímoron que más se aviene a esta situación lo pronuncia por primera vez un intelectual europeo del siglo XVII: “Antes tenía yo serias dudas al respecto, pero ya no estoy tan seguro nunca más”. Buen tema para contertulios, diría don Antonio García Trevijano; y cuánto más ignorantes sean, mejor les va. Ni que Rusia fuera EE UU, y EE UU fuera Latinoamérica. Desde la misma oficina oval que engalanada lo espera el 20 de enero, le dicen a Donald Trump que él va para allá gracias a Vladimir Putin. ¿Qué opereta de mal gusto es esta?

El curso del destino de la humanidad es demasiado complicado para que esta farsa sea lo que parece. En marzo del año 15 Vladimir Putin desapareció de la vista pública por alguito más de una semana. ¿Se empezó en aquella fecha a escribir el guión de esta opereta bufa? No lo sabemos a ciencia cierta. Sospecharlo es gratis, pero aventurado en grado sumo.

Lo que no admite duda de clase alguna es que en octubre recién pasado, cuando Rusia despachó hacia el Mediterráneo una poderosa flota de ocho barcos de guerra encabezados por el portaaviones Almirante Kuznetsov, las armadas OTANescas de Noruega, Holanda y Reino Unido estuvieron al acecho; pero era un secreto a voces que los rusos iban hacia Siria a echarle una mano a Bachar el Asad en su lucha feroz contra el Estado Islámico, entronizado en su país con una ayuda occidental cuya vastedad sólo puede compararse a su crueldad y a su inutilidad. La propia Europa ya no le puede a las masivas oleadas de refugiados de una implacable guerra civil que ya dobla en duración y sextuplica en víctimas a la española del siglo XX.

Un cintillo fotográfico de la BBC mostraba a un marino inglés que oteaba el horizonte a campo través pendiente de la flota rusa con un catalejo atornillado a babor cuando se navega hacia el suroeste desde los blancos acantilados de Dover. El soldado inglés de agua salada, prudente como han sido siempre sus connacionales, no reportó al Almirantazgo que uno solo de los ocho barcos rusos se hubiera mojado la quilla con un galón de aguas territoriales inglesa. Qué bueno. Tampoco sucedió tal desaguisado al entrar la flota rusa en el Mediterráneo, que mide en su parte más angosta tan solo 14.3 kilómetros de ancho. Fue el propio Hércules en su ruta hacia Las Hespérides quien según el realismo mágico de la mitología griega cortó con su espada de un solo tajo el Peñón de Gibraltar para unir el antiguo Mare Nostrum con el Atlántico. He ahí la razón de la estrechez de su entrada.

Pero había alguito más en la estrecha boca del Mediterráneo: Las doctrinas inglesa y española, países OTANescos ambos, disienten en torno a la soberanía sobre sus aguas territoriales. Los españoles plantean que en Utrecht sólo se le cedió a Inglaterra la villa, el peñón y el puerto. De su parte, los ingleses argumentan que el concepto moderno de aguas territoriales no existía para la época en que se firmó el susodicho tratado. De todos modos al pasar rumbo a Siria, los rusos no mojaron la quilla en aguas españolas, ni inglesas ni marroquíes. Se les pidió tan solo a los países aliados de ya no se sabe quién ni para qué, que no le permitieran repostar combustible a la flota rusa. Si se hubiera tratado del avioncito presidencial de Evo Morales, tal vez habría tenido que acuatizar en el Mediterráneo. Por tratarse de un poderío naval respetable, no sucedió así. Gloria a Dios en las alturas, y equilibrio en la Tierra para beneficio de los hombres de buena voluntad.

Bobby Capó llegó a decir en una entrevista que si él hubiera tenido la oportunidad de haber estudiado música, habría escrito hasta óperas. Los autores de esta opereta bufa, geopolítica sin duda han estudiado. Los acordes de la obra sin embargo anuncian otra cosa. El canciller ruso Serguéi Lavrov había solicitado de manera pública a su gobierno que en represalia por el gesto de Obama, hiciera lo propio. A poco se leía en el portal del Kremlin en la red, que el presidente Putin le había dicho a su canciller que Nacarile del oriente. Que ningún ningún. Y horas más tarde el presidente electo de EE UU tuiteaba en relación con el presidente Putin: “Siempre supe que era un hombre muy inteligente”.

Cuando se rompen los parámetros habituales de la geopolítica, algo grande ocurre. No es usual que EE UU acuse a país alguno de haber intervenido en sus procesos internos, dado que ha soportado durante más de un siglo con estoicismo rayano en el descaro la misma acusación de parte de las fuerzas de vanguardia de otros países.

Imagínese el lector por un momento al saliente gobierno brasileño de la presidente Dilma Rousseff dejar el Poder en la siguiente tesitura: “Nos vamos; pero que se sepa que este golpe de Estado congresual ha sido dado gracias a la interferencia de potencias extranjeras. Que salgan de Brasil como personae non gratae los diplomáticos extranjeros que en el golpe han intervenido”. Menudo ejemplo. ¿Cómo es posible que sea EE UU quien lo dé? Eso sólo se explicaría si lo que yaciera adelante fuera desde el punto de vista geopolítico más importante que la suerte de medio Continente americano.

Bien hizo el presidente Vladimir Putin en no reciprocar con igual gesto el desplante bufo del saliente presidente Obama. Buena falta harían en Moscú esos 35 diplomáticos estadounidenses para trabajar en una futura visita de Estado del presidente Donald Trump a Rusia. El desplante bufo de Obama hará que los rusos regresen a Washington con algo de retraso, situación que es muy posible que invierta el orden de las futuras pero a todas luces previsibles visitas de Estado.

Putin y Trump saben sin duda lo que se traen entre manos; pero cuando se trata de dos superpotencias capaces de arruinar en cuestión de minutos el destino de la humanidad, los tercermundistas tenemos que ser cuidadosos en extremo, ya que no tenemos acceso a los botones rojos del apocalipsis final.

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