Franklin Rodríguez
No hace falta mucha argumentación. Esta es la prematura conclusión a la que fácilmente se arriba al sostener, que tanto la migración como la actual gestión del presidente Donald Trump, constituyen dos fenómenos globales llamados a coexistir a pesar del claro rechazo del segundo hacia las bondades del primero.
Tal como sostuvimos en un trabajo pasado a propósito de la crisis migratoria en Europa, esta actividad es tan antigua como la historia de la humanidad misma, teniendo hoy en día como principales catalizadores el factor económico, político y humanitario. Lo cierto es que ha sido justamente la parte humanitaria la que ha puesto en vilo a las principales potencias, planteando un dilema social y gubernamental sobre dónde yace el límite entre la solidaridad hacia el prójimo y el rigor en las medidas de seguridad que demanda la nación.
La búsqueda de un entendimiento sobre esta problemática nos lleva a citar textualmente a uno de los más connotados filósofos y sociólogos del siglo XX, Zygmunt Bauman, quien reflexionando sobre los efectos de la globalización y la ola de xenofobia que se desata en Europa y Estados Unidos a raíz de la crisis migratoria mundial (en especial procedentes del Norte de África y Medio Oriente), sostuviera lo siguiente:
“Hay motivos para que los ciudadanos de estas naciones receptoras se sientan inseguros y llenos de ansiedad. Por algo los llamo extraños. Las personas más o menos interpretan lo que van a hacer sus amigos. También saben lo que son capaces de hacer sus enemigos. Pero los extraños no son amigos ni enemigos: simplemente son otros. Y no traen una etiqueta que diga “ámame”, “ódiame”, “devuélveme a casa” o “méteme en un campo de concentración”. Sólo generan incertidumbre total. Y a nadie le gusta la incertidumbre”.
Ciertos políticos (en clara referencia a líderes populistas) tienen un claro interés en exacerbar la ansiedad popular hacia los refugiados. Hace un tiempo, los poderes políticos justificaban su razón de ser por su capacidad para protegernos colectivamente frente a las catástrofes individuales: caer enfermo, perder tu casa… Ahora, sin embargo, el poder político de los Estados-Nación se ve impotente ante las decisiones de los poderes económicos globales. Si el ministro más poderoso no puede garantizarte seguridad frente a los caprichos del destino, ¿cómo justifica su existencia?
Pues generando ansiedad, miedo al terrorismo, miedo al extraño, miedo a la gente que viene aquí a “comerse nuestro pan y a quitarnos nuestros trabajos”. ¡Es un sucedáneo maravilloso! Eso es lo que hacen Marine Le Pen y otros movimientos similares: sacar capital político de exacerbar el miedo al extraño. (elmundo.es 07/11/16).
Como bien indicáramos, este análisis de Bauman, quien lamentablemente falleciera el pasado mes de enero, dejando atrás un admirable legado de estudios de carácter socio cultural (entre los que destaca su famosa tesis sobre la modernidad liquida), tuvo lugar en momentos en que la migración a nivel mundial alcanza cifras record en gran parte potenciada por la crisis en Medio Oriente, donde víctimas de la Guerra Civil siria buscan refugio en naciones que irónicamente son las que han financiado y propiciado la guerra en su país de origen. Entre estos se encuentra Estados Unidos, por lo que es posible hacerse una idea del por qué de la retórica y accionar de Donald Trump.
El actual presidente estadounidense quien asumió un discurso xenófobo y nacionalista desde inicios de su campaña presidencial, se destapó el pasado martes con una orden ejecutiva que busca potenciar los niveles de deportación de inmigrantes ilegales en suelo estadounidense. Dicha medida, la cual se une a la de por si controversial intención de vetar la entrada de migrantes de un puñado de países (bloqueada por la justicia norteamericana), permitirá extender las deportación más allá de los autores de delitos graves, afectando también a quienes cometan cualquier infracción, no importa la magnitud.
Además, las nuevas directrices ejecutivas de la administración Trump, contemplan la expulsión automática (sin necesidad de un juicio) de quienes tengan menos de dos años en condiciones ilegales, cuando antes era un mínimo de 14 días; por otra parte solo podrán ser exentos de deportación quienes hayan ingresado en condición irregular siendo niños; se contratará unos 15,000 nuevos oficiales de migración; entre otras. Dichas medidas sin embargo contrastan con los alegatos de funcionarios gubernamentales, quienes como el portavoz de la presidencia, aseguran que no existe intención de implantar un proceso de deportaciones masivas.
Naturalmente las acciones citadas tuvieron una rápida respuesta por parte de una de las principales naciones afectadas, México, donde el gobierno de Peña Nieto se niega a aceptar disposiciones que considera externas y arbitrarias. No obstante ha habido un silencio inquietante por otros gobiernos, en especial de los países centroamericanos consignados como “Triángulo del Norte” (Honduras, El Salvador, Guatemala), de quienes se piensa podrían estar evitando llamar la atención de Washington, si se toma en cuenta que sus ciudadanos han demostrado por más de 20 años que las grandes inversiones en muros y guardia fronteriza resultan insuficientes a la hora de frenar la inmigración.
Las aversiones en torno a las medidas anti-inmigratorias de Trump también han venido de sectores estadounidenses, donde conglomerados empresariales como Sillicon Valey han mostrado su rechazo, sosteniendo que gran parte de la fuerza laboral y propulsora de innovaciones (en especial de las ciencias y tecnologías) provienen de inmigrantes de primera y segunda generación llegados a Estados Unidos. No es para menos, pues la nación norteamericana es la principal captadora de inmigrantes a nivel mundial con 46,6 millones (20% del total), y a su vez de talento unimano al ser el principal destino de la fuga de cerebros que se registra en Asia y Europa.
En términos de recepción migratoria, Estados Unidos es seguido a distancia por Alemania y Rusia que poseen 12 millones y 11.5 millones respectivamente.
No cabe dudas de que, amén del respeto a los principios humanitarios, cada nación es libre de aplicar las políticas migratorias que entienda pertinentes para salvaguardar su seguridad, equilibrio socio-económico y los intereses políticos de sus autoridades (como reflexionara Bauman). Sin embargo, y partiendo de la realidad que comprende la existencia de 244 millones de migrantes a nivel mundial (20 millones de los cuales son refugiados), es preciso que las principales potencias asuman con seriedad los factores que inciden en esta realidad, lo que incluye las guerras, carencia de empleos, y la gran brecha económica.
Todas estas características de una u otra manera encuentran su origen en medidas y acciones dirigidas por gobiernos, que como los de Estados Unidos, han sido los llamados a propiciar un utópico estado de bienestar e idóneo “Orden Mundial” al que hoy en día apelan las naciones. Contrario a esto, terminaron lastrando dicha posibilidad por los excesos de sectores financieros y la lucha de poder que en términos geopolíticos se ha trasladado de región a región, pasando a ser en gran parte los responsables de que, desde el año 2000 a la fecha, aumentara en más de un 40% la cantidad de migrantes en el mundo.